Elogio de la indecisión


Si decidir es tomar decisiones, indecidir debe ser tomar indecisiones.
Las margaritas tienen sentido cuando tienen todas sus hojas. 
Un cruce de caminos es un camino indeciso que no sabe donde ir.  
Las preguntas a veces nacen sin respuesta. 

Indecidir te permite tener cualquier edad salvo la tuya. Indecidir te deja ser cualquier cosa que no serás nunca. Indecidir es seguir un rumbo indefinido. Indecidir es comprar todo y no vender nada. Indecidir es no renunciar a nada que es renunciar a casi todo. Indecidir es convivir con la duda, sentarte en la piedra antes de tropezar otra vez con ella.

La indecisión es un beso a medias, un amor incompleto, una huida eterna, un análisis interminable. 

No me libero de mi incapacidad para decidir. Me aferro a todo lo que todavía es posible. Me aferro a un antiguo mapa que tracé con tinta invisible. Desde entonces intento decidir siempre lo mismo y me convertí en indeciso. Aunque no pensar no signifique pensar en nada.

La indecisión es una panorámica eterna. Un jeroglífico sin mensaje. Una ilusión óptica. Las decisiones te atropellan y te deciden. Te someten mientras tu sigues pensando que el mundo gira en tus manos. La indecisión es una bomba del futuro que te explota en el presente. Una bola de cristal en la que todo es posible salvo exactamente lo que sucederá. 

Afronto mi indecisión como una cadena perpetua a soñar con algo perfecto. Personificar un mito. No decidir me permite pensar que aún estoy a tiempo de encontrar la gran belleza y de dar el gran salto.

Cualquier indecisión tiene un precio. El precio de tener ante ti todo lo que no dejas atrás. Decidir te obliga a asumir el peso de tus decisiones. Indecidir te obliga a asumir el de tus indecisiones. Y el peso de lo segundo es infinitamente superior al del primero.

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