Ingeniarselas en Alemania

Los mitos mediáticos se construyen  con pies de barro pero sin pies de plomo. Los estereotipos son rápidos pero ineficientes. La movilidad exterior es a la inmigración lo que las gafas de pasta a la miopía. Buscarte la vida supone un gran trabajo. 

Cuando alguien piensa en españoles por Alemania nace un retrato robot de joven aventurado o desesperado, de alta y reciente formación, sin más maletas que las de la ropa. Saltando las concertinas lingüísticas cuyas heridas se curan mes a mes. Alemania parece un lugar al que llegar con la cabeza agachada  y pidiendo perdón por una deuda que nos prestaron para hacer negocio. Los tópicos de siempre se mezclan con la pura necesidad de seguir con una vida valiente y honrada. Las decisiones se acaban por tomar el día que la indecisión no es una opción.

Luis Cesar Herranz tiene cuarenta años. Rompe cualquier mito mediático sobre los españoles que han salido a trabajar fuera. No es viejo pero tampoco es joven. Viaja con la maleta llena de pegamento que le sigue uniendo al Puerto de Sagunto. Es uno de los porteños por el mundo que los informativos han sacado de nuestras casas. Hace veinte andaba por Nova Canet con una Rieju de 49 cc. que le convertía en alguien diferente. Tan diferente como su trayectoría profesional.
Estudiante de notas brillantes opta por una ingeniería. Durante la década prodigiosa del ladrillo intenta encontrar su espacio profesional. Va buscando sus circunstancias gassetianas hasta que las circunstancias le atropellan.

Marido y padre de una hija y un hijo que ahora tienen 13 y 10 años ha marchado a Alemania en busca de las oportunidades laborales que su país le niega. Ha metido en la maleta el esfuerzo y la formación de varios años para ofrecérselos al país de calcetines blancos y sandalias.

En 2008 es despedido por la ingeniería en la que trabajaba. Dos años después encuentra trabajo entre los incipientes brotes verdes del atrevimiento de empresas que salen a buscarse la vida. Viaja a la República de Georgia para llevar a cabo el proyecto en el que trabajaba desde España. Pero los brotes verdes acaban pudriéndose y de nuevo se ve en la cola del paro. Le niegan el futuro pero nadie le puede negar el pasado.

Con una familia anclada al mar mediterráneo insiste en pescar en caladeros de toda España un empleo que le permita seguir adelante. Un antiguo compañero de empresa y de empresas le sugiere aprender alemán como oportunidad de futuro. El alemán no es precisamente fácil probablemente porque Alemania no es tampoco un país sencillo.

Los titulares de la prensa valenciana hablan de un convenio con una región alemana. Todo suena lejano hasta que un tal Thyssen reduce la distancia entre el Camp de Morvedre y Alemania. Esa agencia será el contacto de Luis Cesar para mirar por la mirilla de la puerta de Düsseldorf. La red de conocidos acaba por atraparte y enredarte. Otro amigo le insiste en mirar hacia el norte para encontrar un rumbo más definido. Se aferra a la esperanza española pero mira de reojo hacia Alemania. Empieza a usar nuevas redes sociales alemanas. Sus currículums dicen adiós a una España que nunca contesta y parten hacia una Alemanía cortés y certera. Alemania siempre contesta. Hace algunas entrevistas por Skype. Aquella novedad que pasó de ser un juego de Erasmus a una necesidad perentoria. Y finalmente una pequeña ingeniería se fija en él y le propone una semana de prueba.

El pensamiento suele ser rival del atrevimiento. Luis Cesar viaja cargado a partes iguales de inquietud y esperanza hacia la región de Renania Westfalia.. Se coge su coche y se hace 1.800 km para llegar a un mundo nuevo y tan solitario como rodeado de diez millones de habitantes. Le proporcionan alquiler de casa durante un tiempo mientras se integra o se desintegra en su nuevo proyecto. Dice que cobra un poquito más. Los impuestos son más altos. Los alemanes son respetuosos. Tan respestuosos que respetan el horario y los ritmos de trabajo. Su densidad de trabajo es más profunda pero más estable. Parecen un motor diesel. Hablan menos aunque dicen cosas parecidas. Todavía la nieve no ha salido a saludarle.

Luis Cesar es uno de los más mayores de su nueva empresa. Demasiado mayor para ser novato. El trabajo acaba a las cinco. Trata de insertar una comida española en media hora alemana. Cuando sale intenta subir los peldaños de la escalera de un nuevo idioma. Acumula horas para venir a ver a su familia una vez al mes. Compra tiempo al tiempo para tener tiempo. Ha roto la bola de cristal del futuro. No quiere mirar por si no le gusta lo que ve. De momento se las ingenia en Alemania.

www.carleslopezcerezuela.com

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