Libertad provisional


Nadie advirtió de la heroína. Nadie dijo lo que era. Nadie dijo para qué servía. Nadie dijo que te podía arruinar la vida. Incluso la suya. La del hijo pequeño atormentado por el éxito de todo el mundo. Los ochenta fueron una época demasiado rápida. Todo pasaba a demasiada velocidad. Todo era demasiado nuevo para ser asumido. La heroína también. Pero era la droga de la tranquilidad. La droga de la calma. Y conseguir algo de calma a buen precio era demasiado fácil.

Cuando la heroína tomó el control de su vida su vida andaba ya muy descontrolada. Necesitaba más y más y fue metiéndose en más líos. Robar en los coches. Empezó a robar en las casas. En una de esas casas pensó que no había nadie. Pero había alguien. Y en la lucha. Se lo cargó. Lo mató. Sin saber bien quien había hecho eso. Como si la vida fuera una película que miras desde una butaca. Como si lo hubiera hecho otro. Se lo cargó.

Detenido y condenado a veinte años. Desde los veinticinco hasta los cuarenta y cinco. Veinte años dentro de una cárcel. Haciendo bis a bis con prostitutas como única forma de tener sexo. Acabó los estudios que había dejado. Filosofia. Una carrera inútil para una vida inútil. Sin más contacto con el exterior que una tele donde iba viendo como evolucionaba el mundo mientras él se quedaba rezagado. El mundo había ido tan rápido que tuvo que drogarse para soportarlo. Y esa droga hizo que se parara el tiempo.

Tardó un año en deshacerse del caballo pero ya no era yonki. Ya no se metía nada. Nada salvo libros a todas horas. La única manera de vivir otros mundos cuando sigues atrapado. Cautivo.

Sus padres habían muerto. Los dos. Él era el pequeño. Sus hermanos administraban su herencia. Se habían hecho con el resto del patrimonio pero le dejaron una casa cerca del mar. En un lugar donde el tiempo parecía haberse detenido. El único mar sin urbanizar que quedaba.

En las pocas horas que disponía de Internet había ido planeando todo. Ya había contactado con un arquitecto para el proyecto. Tenía un presupuesto. Había hablado con su hermano y el dinero estaba disponible para cuando saliera.

El primer día que salió por la puerta todavía llevaba unos vaqueros acampanados. Vino su hermano mayor a recogerlo. Le dejó en la casa de la playa. Dijo que quería estar un tiempo solo para reflexionar sobre lo que iba a hacer con su vida. O bueno, la parte de vida que no había malgastado.

Tocan a la puerta. Es el arquitecto. Trae los planos. Donde está el comedor ha proyectado la celda. Debe tener una decoración austera. Sin grandes alardes. El color de base será el blanco. La valla metálica de fuera habría que sustituirla por un muro de cuatro metros con alambradas arriba. Las puertas solamente se podrán abrir por fuera. Imprescindible algún tipo de montacargas para hacer llegar la comida.

Suena el timbre de nuevo. Es la empresa de seguridad. En el contrato específica claramente que solamente podrá salir una hora al día a estirar las piernas por el patio. Ninguna otra cláusula. El empleado impedirá cualquier tipo de huida. Solamente permitirá una vista a la semana en una sala habilitada. El arquitecto ha previsto esa sala donde estaba la habitación.

La correspondencia debe ser revisada de manera manual. Lo pone claramente en el apartado tres del contrato. Pero últimamente solamente llegan libros.

El arquitecto ha previsto una ventana que da al mar. 

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