Pan y Debates

En la antigua Roma los gobernantes sabían que el pueblo debía estar entretenido y alimentado para conseguir la paz social mientras ellos podían tomar las decisiones más importantes. El dominio de la masa se ha sofisticado con el tiempo pero permanece en su esencia. Garantizada la comida en la sociedad frugal lo lógico es ocuparse del entretenimiento.

Los deportes ocupan el mejor espacio del entretenimiento para todos los públicos pero hay un segmento social que se resiste. Todavía hay gente que se acerca a la televisión con el halo de verdad que el medio sugiere. Para ellos se construye sutilmente un espectáculo con perfume intelectual. Un nuevo circo para listos.

Anoche en el espectáculo de debate de la Sexta Alfonso Rojo fue expulsado por decirle a Ada Colau que estaba "gorda para el hambre que se pasa en España". Una ocurrencia poco ocurrente fruto de una estrategia desbocada de Pan y Debates.



De pequeño recuerdo ver algunos programas de La Clave. La Clave era un programa de debate con formato de cineforum. Se escogía un tema y se visionaba una película tras la cual se producía un debate. En total, película y debate podían llegar a durar cinco horas. Lo recuerdo porque las cintas de vídeo de mi padre eran de tres horas. La disposición de los participantes era al azar. Los presentes eran argumentos de autoridad. Las intervenciones eran largas y densas. Preparadas y de largo de recorrido. El presentador apenas moderaba y escuchaba con atención. Era una España mucho más tensa que ahora y un ritmo televisivo mucho más calmado.

Pronto descubrieron que el debate también podía ser espectacular, es decir, basado en un espectáculo.
El programa de Hermida empezó una década después. La disposición eran en círculo. Seguía siendo al azar. Las personas que aparecían ya lo hacían por su capacidad dialéctica. Eran protagonistas de la dialéctica y no del tema a tratar. Sofistas de cualquier tema. Fueron los primeros cosmólogos (saben de todo) pero los turnos de palabras seguían siendo amplios. El presentador se convertía en protagonista. La interrupción era poco frecuente. El espectador se sentaba a escuchar un coro de opiniones que todavía conservaba cierta musicalidad en la diferencia. El objetivo de las primeras televisiones privadas era demostrar que había pluralidad tras las mayorías absolutas del PSOE.
Pronto nació la tertuliocracia. Las tertulias son extrañamente un patrimonio de la derecha. Y digo extrañamente porque el debate debería ser una obligación de la izquierda mediática. Es increible lo fácil que es encontrar tertulianos inconsistentes que defienden tesis insostenibles. Aznar le debe su primera victoria electoral al nacimiento de las tertulias. Las tertulias someten a los gobiernos a un examen de microscopio que nadie es capaz de soportar. Reducen tanto el margen de error que cualquier error es demasiado grande. Convierten la anécdota en categoría. Y efectivamente consiguieron crear una agenda política mediática que pocas veces coincide con el curso político.

El debate es un programa low cost que permite una identificación directa. Minimiza costes y maximiza beneficios. Así llegamos a nuestro hoy en día. El debate es un espectáculo que nos lleva a Roma. La disposición actual más asentada es la de dos bandos enfrentados. A la izquierda de la cámara y a la derecha de la cámara. Los gladiadores de los diferentes equipos salen a defender posiciones previsibles. Se pertrechan de consignas vagas pero chocantes. La creación de bandos frentistas es una apuesta clara por la sensación de dos opciones, bipartidismo, la alternancia y la polarización. El espectáculo se adorna con salidas de tono, argumentos simplificados, giros ocurrentes, interrupciones constantes y un presentador que adopta el rol de arbitraje sancionando las faltas.

Ya nadie soportaría el viejo ritmo narrativo. Ahora queremos un ritmo trepidante. Que pasen cosas todo el tiempo. En realidad esos debates son puro fútbol. Uno va a ver a su equipo y espera que gane. Así se consagran los gladiadores estrella como Antón Losada o surgen promesas como Pablo Iglesias cuyo único mérito es hacer frente a los gladiadores de la derecha mediática.

En la televisión el espectáculo se adueña de todo. Debería aparecer un cartel que dijera que usted está entrando en un cine. O mejor, en  un circo, donde un señor que se lleva bien con los animales acaba metido en una jaula, con una música especial, un foco de luz y disfrazado de algo. Un domador quizá sea un veterinario espectacularizado.

Y así los listos están entretenidos. Se creen que eso es un parlamento pequeñito y que su equipo juega mejor. Y se van a dormir pensando que tienen razón mientras la cadena vende unos cuantos anuncios adecuados a ese segmento. Quizá el nuevo Mercedes.


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