Beatriz y su lugar en el mundo


Seguramente nunca formará parte de una estadística de "movilidad exterior" a la búsqueda de un empleo convencional en Londres o Alemania. No quiere mejorar su ingles. Seguramente rompe con todos los estereotipos de su generación. Tritura todas las etiquetas. Seguramente nunca aparecerá sonriente en un capítulo de Españoles por el mundo. Quizá solamente aparecerá un día entre las personas que formaron parte del equipo de Gente del mundo para el mundo. 

Beatriz. Venticuatro años. Licenciada en Ciencias del Mar. Una licenciatura por exigencias del guión social cuyo papel interpretó de manera brillante durante toda su trayectoria académica. Pero ya de pequeña se le encendió una luz. Se abrió una puerta que llevaba oasis más utópicos en medio del desierto del futuro para una generación desorientada. Los ventipocos son una época de incertidumbre salvo para Beatriz que pronto fue encontrando certezas como migas de pan que fue dejando para sembrar el futuro.

La luz de la antorcha de la inquietud social fue siempre circulando paralela al guión establecido. Participó activamente desde los quince años de la labor de proximidad del voluntariado de la mano de los Salesianos de Valencia. Y algo empezó a moverse en su interior para acudir cada verano ya al voluntariado más internacional. En la universidad la semilla acaba por germinar durante las clases de Antropología. Alli imagina como convertir un concepto en una experiencia de vida.

De la mano de los más humildes encuentra un rompecabezas con sentido. Se enamora de Latinomérica como concepto de vida. Escucha los cantos de sirena de la sencillez, las olas de la tranquilidad y la acogida del abrazo colectivo de aquellos lugares.

Acabado el guión empieza la película. Decide dar a sus estudios un toque social y mezcla sus dos grandes pasiones: hace las prácticas en Colombia. Sus raíces se tornan tentáculos que se pegan como ventosas a la nueva tierra. Se convierte en inmigrante sin más papeles que una hoja de ruta. El beso de la película, ese momento en que sube la música de violines en la cabeza de cualquier persona,  llega durante el voluntariado de 2013 en Ecuador. Viaja a Guayaquil a un barrio a colaborar en un proyecto salesiano de ayuda a los chicos de la calle. Un centro de acogida donde se ofrece un camino nuevo, una segunda oportunidad. Es un barrio de afroresidentes. Se llama Nigeria. Un barrio inseguro. Donde poca gente entra. Beatriz cuenta que sus guardaespaldas eran los niños. Si vas con niños -dice- puedes moverte con cierta seguridad.

Beatriz ha vuelto a España hace poco. Es su manera de subirse al trampolín antes de dar el gran salto. Desde allí mira a su alrededor. Sus amigos y amigas hace tiempo que saben que está "un poco loca" de esa locura deliciosa que consigue cambiar pequeños mundos. Los adultos -dice- son los que más prejucios tienen. Los adultos suelen tener más miedo al futuro. Una paradoja que invierte el sentido del futuro a su cantidad.

"Un lugar en el mundo" es una película sobre utopías. Beatriz parece haber encontrado su lugar en el mundo. Convence a cualquiera con el brillo en los ojos con el que habla de su próximo proyecto. Sobrepasa tus prejuicios. Vuela raso sobre ellos. Sin miedo a tocar tierra. Es difícil decirle a una hija que no siga su corazón así que su padre se limita a admirarla desde cerca aunque se vaya muy lejos.

Se marcha al Sur de México en breve. Al pie de la sierra. Trabajará con comunidades indígenas. Ha comprado un billete hacia sus sueños. Planeara hasta aterrizar del todo. En mitad de un campo de agricultura y piscicultura sostenible. En un lugar donde lo sostenible es la única esperanza.

Niega ser una cooperante. Ella no coopera. Convive. Comparte. No entiende de proyectos ni de eficacias. Parece querer encontrar su propio sentido, querer a los que nadie quiere, ofrecer una vida de servicio. Esta vez es México. Mañana puede ser un lugar donde nadie la espera pero hay que llevar algún tipo de esperanza.

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