El baile de las princesas


Desde que había aprobado el título de Trovador Oficial quiso dedicarse a la consultoría poética. Personalizando versos low cost y regalándolos sin el IVA de producto de lujo. Pero se ganaba la vida organizando grandes eventos como las guerras de almohadas y las olimpiadas de burbujas. También componía canciones infantiles para adultos caducados. Siempre bajo presupuesto previo que acababa desviado en miles de sueños.

Afrontaba el nuevo proyecto con ilusión. Organizar un baile de princesas. Sin embargo, había algo que le preocupaba: se enamoraba de sus clientas y acababa por regalar siempre su talento.
Estudió detenidamente la lista de invitadas para evitar los inconvenientes derivados del amor platónico en el ejercicio de la profesión.

La primera de la lista era la Princesa del Guisante. Era capaz de descubrir un guisante bajo siete colchones. Desconfiaba de los trovadores y de la poesía en general. Era caprichosa al extremo y despiadada con el error. Su habilidad para encontrar defectos la convertía en una princesa inaccesible aunque tan bella como un ángel pálido caído del cielo.
La Princesa Sin Espejo dudaba tanto sobre su belleza que necesitaba cada semana un espejo nuevo que la reafirmara en su convicción. A pesar de que el paso del tiempo hacía cada vez más difícil la respuesta siempre había un espejo mágico dispuesto a decirle la respuesta que ella esperaba. También asistiría al baile.
La Princesa Cenicienta. Desde que perdió el zapato sale descalza cada fin de semana a encontrar un príncipe que la lleve a palacio y la convierta en la reina de un reino sin horizonte.
La Princesa Prometida que acudía al baile a pesar de haber sido desposada con el Rey de la Lógica. Aprovechaba que era un baile de disfraces para lucir máscara.
La Princesa Destronada también acudiría al baile. Odiaba tanto a los príncipes como a los vasallos desde que su prometido se marchara con una campesina y renunciara a todo por locura. Castigaba a todo el que se acercara a ella y lo torturaba en el potro de los deseos.

Eran demasiadas princesas en un solo baile. El proyecto era ambicioso. Debía preparar juegos y bailes para que todas estuvieran contentas y abrieran sus corazones a los caballeros que quisieran cortejarlas.

Preparó una pista de baile, una zona spa con un estanque y un laberinto de Espejos. Bueno, también compuso una canción acústica.

Por fin llegó el día del baile. Y llegaron todas con su disfraz de princesa.  Subidas a unos tacones para ver el mundo desde más arriba. Disfrazadas de estrella fugaz. Peinadas con caprichos. Perfumadas de halagos. También llegaron príncipes venidos de todos los reinos vecinos. Algunos de azul desteñido, otros en un añil pretencioso, todos con rayos violeta en la piel para parecer más principescos.

El Laberinto de los Espejos confirmó lo que el trovador ya sabía. Ninguna de las princesas se paró en el espejo neutro. Todas se quisieron mirar en el que las hacía más delgadas, más gordas, más altas o más bajas. El espejo neutro fue ocupado por los príncipes ensímismados en su propia belleza.

Sin embargo, las princesas y los príncipes parecían felices mientras escuchaban electrolatino. Algunas acudían al estanque a relajarse y se dormían con el croar de las ranas. Y así quedaban, dormidas durante horas. Como si fueran adictas a ese sonido. Como si prefirieran las ranas a los príncipes. Como si ya fueran incapaces de distinguirlos.

El Trovador, por su parte, había logrado su objetivo. No se había enamorado de ninguna princesa y ya tenía preparada la factura al completo. Había preparado un conjuro. Llevaba un guisante en el bolsillo, un trozo de espejo roto, las llaves de una calabaza, un as en la manga y una pluma robasecretos en la bolsa.

Eran casi las doce y las princesas se empezaron a descalzar para llenar la estancia de zapatos. Las ranas bostezaban preguntando la hora. Solamente quedaba la canción.

El trovador se calzó su guitarra y empezó a tocar. Los príncipes se hacían fotos en el espejo del baño. Solamente una de las sirvientas se acercó a escucharle mientras las princesas seguían escuchando el croar de las ranas en el estanque. Se sentó frente a él. Escuchó toda la canción. Aplaudió al acabar. Y así los dos solos se miraron un momento antes de que la Princesa Cenicienta la llamara.

Le dejó su tarjeta antes de irse. Decía más o menos así.

Hada Madrina. 
Grandes Eventos, Personal Shopper, Experta en protocolo y relaciones públicas, Master en igualdad. Teléfono... 





copyright © . all rights reserved. designed by Color and Code

grid layout coding by helpblogger.com