Luna llena


Se conocieron en un crucero por el Mar de H. Ella venía del país Azul del cielo. Él venía del país Rojo de los volcanes interiores. Ella estaba de vacaciones de amor furtivo. Había comprado un todo incluido de besos y caricias. Él venía de una tortura de nostalgia y pedía asilo político para poder huir del látigo de los recuerdos.
En realidad fue la luna quien los presentó. La luna llena. Se comunicaban a través de estrellas fugaces que indicaban siempre un lugar y una hora. Allí hacían el amor salvajemente aullando a la luna. Pero ella tenía que volver a casa antes de que amaneciera. La luz del sol hacía visibles sus circunstancias y hacía bajar la marea de una magia inventada e invencible. La contraseña era "abre" y él sabía que debía viajar hacia un mundo secreto. Debía obedecer al pie de la letra todas las instrucciones de un sobre lacrado que le había llegado por correo electrónico. Dejaba la puerta de su mente entreabierta para que sucediera cualquier cosa que jamás formaría parte de ningún diario secreto. Así fue cada luna llena durante un año. Como un hombreverso y una mujercaricia se transformaban cuando la luna llena salía. Siempre de noche, siempre en penumbra, donde las cosas parecen verdad.

Un día de Otoño amaneció durante la noche. El sol se enteró de que la luna le engañaba con una historia de amor tan tierna. El enfado del sol hizo que se la llevara al Polo Norte. Allí pasaba seis meses. Y después se la llevaba al Polo Sur otros seis meses. Ya llevaba tres años sin ver la luna.

Desde el secuestro de ella él odiaba al sol. Solamente salía a la calle al atardecer y volvía antes del amanecer. Cada vez que había luna llena aullaba versos. Había estudiado astrología para conocer las señales del universo. Todas las señales se producen durante la noche. El sol es árido. Lo quema todo. Emite demasiada luz para entender los secretos. Todo es demasiado claro. Demasiado lógico.
Se había especializado en vaticinar amores incompletos. Perseguía como un loco a la luna llena. La odiaba tanto por recordarle su gran amor como la amaba por habérselo dejado vivir. Pasaba la noche entera mirándola y estampando su recuerdo. Reprochándole que no le ayudara a traerla de vuelta. Haciendo preguntas innecesarias.

Una noche volvió a la playa donde habían hecho el amor por primera vez. Cerró los ojos para ver la luz de la luna con intensidad. Y recordó su piel pálida. Suave. Los huesos de su cadera. Recordó que nunca supo en realidad quien era. Solamente que estaba hecha para él. Se ajustaba como un guante. Estar dentro de ella era vestirse. Estar fuera de ella era estar desnudo frente al mundo. Estallar dentro de ella era un castillo de fuegos artificiales. Chocar contra sus nalgas era marcar el tic tac de un despertador de la vida. Sus corazones latían acompasados. Su boca quitaba la sed. Cualquier sed.

Maldito sol. Maldita luz. Ella vivía condenada a la claridad. Él vívía condenado a la oscuridad. Atrapados en el mismo planeta. Ella era cómplice del silencio. Él era el mago de las palabras.

Abrió los ojos y seguía en la playa. En esa realidad fantástica en la que se había convertido su vida desde que le secuestraron la magia y nunca pidieron rescate. Hubiera pagado todo. Se hubiera quedado sin nada.

La marea bajaba. Una ola se retiraba hacia el mar. Se retiraba cobarde en su lucha con la arena. La luz de la luna esa noche era clara y precisa. Por eso pudo leer claramente que en la arena alguien había escrito "abre".

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