Mestalla, el palco de una época


El Valencia se vende. Cualquiera que haya tenido una infancia sin sociedades anónimas deportivas es incapaz de entender el significado completo de esa frase. No se puede vender un patrimonio colectivo. No se puede vender una ilusión compartida. Pero se vende. Porque el dinero ha corrompido todo. Ha entrado en todas partes. Especialmente en las emociones. Saben que las emociones son rentables porque implican un gasto superior al lógico. Saben que comprar una ilusión vale mucho más de lo que cuesta. 

Hay pocos estudios serios sobre el fútbol como metáfora de la vida. El más serio quizá sea Futbol contra el enemigo de Simon Kuper. Hay más pero no son suficientes. En nuestro ámbito más cercano apenas algunos datos se pueden encontrar en el libro de Vicent Flor "Noves Glòries a Espanya". El fútbol siempre es un espejo social, el lugar en el que se construye la gran metáfora. Y así se ha comportado Mestalla, como el gran palco de una época. El lugar donde surgía la caricatura exagerada de una época que acaba esta misma semana.

Siempre lo fue. En la República el Levante gana una competición que nadie le reconoce. En Valencia se juega con el sonido del himno de Riego. Lo que pasa en los estadios de fútbol siempre fue un espejo social. Pero Valencia tiene sus matices. Mestalla no hizo transición democrática. Mestalla no se democratizó. Se apaciguó solamente. Es uno de los caracteres básicos de la afición valencianista: su perfil conservador y fácilmente acaudillable. El fichaje de Roberto y su posterior conversión a Robert explica mucho más que algunos resultados electorales de lo que pasaba en la Valencia de la Batalla. Aquel Valencia anterior de Ramos Costa que llevó al Valencia por Europa de la mano del mejor jugador del mundo. El que había ganado un campeonato en un país donde se torturaba a gente a menos de un kilómetro de los estadios. Llamar "matador" a Kempes en ese contexto resultaba grotesco cuando no ambiguo. Pero Mestalla es exigente con resultados y poco exigente con los valores.

El proceso de "champan y mujeres" de estilo rusoniano -no de Rosseau sino de Rus- que culminaba con la Supercopa del 80 llevó al Valencia a descender a segunda división unos años después. Allí surgió la generación del desencanto. Una generación de valencianistas que crecieron entre el sacrificio y la lealtad. Se aferraron a un industrial de la Vall d'Uixó que inició la reconversión industrial del Valencia. Era una época donde gobernaba el PSOE y la derecha panxaplenista vivía en un segundo plano. Dejaron Mestalla para que el Valencia lo salvaran desde las comarcas. La capital dimitía. Un industrial de la Vall cogía las riendas mientras los espectadores aplaudían cada vez que se decía la recaudación exacta por taquilla. Mestalla ya era el palco de una época.

Los años noventa son época de giro económico en  V de Valencia. Tuzón deja de servir a una afición que quiere a Romario. Un jugador tan metafórico como el sonido de la grada. No corría mucho pero era efectivo. Golfo y figura hasta la sepultura. Así gustan en Mestalla. La filosofía de la época era otra. Así que "la mejor afición del mundo" necesitaba a los mejores jugadores del mundo. Y aparecen los primeros arribistas. Los arribistas huelen el éxito y se abalanzan sobre él para saborearlo y apropiarlo. Pero desconocen la regla básica de cualquier buen negocio bursátil, el último euro que se lo lleve otro.

Empieza la vorágine. Allí se puso la S de Se vende. La primera letra del cartel de la inmobiliaria de Mestalla. A la primera emisión de acciones de la Sociedad Anónima Valencia CdF acude poco accionista minorista. La gente entiende el valor de una entrada pero no el valor de un entramado civil. La burguesía valenciana nunca se ha caracterizado por su lealtad económica con su entorno. Son más bien avaros. Muchos pequeños accionistas de las clases populares que compran lo justo para que el precio del pase sea más barato. Aún así el Valencia sigue siendo de los valencianistas. Miran de reojo a Madrid y Barcelona que no fueron obligados a ser sociedades anónimas. Pero poco. La afición del Valencia es más de calentar el asiento que la cabeza. Fue la primera dimisión de la "mejor afición del mundo".

El Valencia se sanea. Sanear tiene un punto de sacrificio pero también de éxito. El club se viene arriba deportivamente. Algunos escarceos conceptuales aparecen. El speaker ahora ya habla en valenciano sin que pase nada. Ya no se dice la recaudación. Probablemente porque tampoco se dice el sueldo del presidente por megafonía. Aparece el pantalón negro como revisión histórica. Para entonces el Valencia ya se ha transformado en algo diferente. La traición de Judas el Montenegrino se sube a lomos de una agresión a Paco Roig en el  Bernabeu. Mestalla ya no recibe al Madrid como antes. Tampoco al Barcelona. Hay una cierta simetría extraña. De nuevo cuño. El pantalón negro ha cambiado el color de los atributos valencianistas.
El Valencia llega a la final de la Copa del Rey en el Bernabeu y se encomienda a Noé para sobrevivir al diluvio universal. Solamente se salvó una pareja de cada especie de aficionado valencianista. El Valencia ya no volvió a ser el mismo. Y no para mal deportivamente pero socialmente ya tal que diría Rajoy ante una pregunta incómoda.

Empieza la década prodigiosa del ladrillo y empieza la década prodigiosa del Valencia. Mestalla bulle. Su palco es el lugar de paso obligatorio para cualquiera que quiera ser importante en Valencia. Gürtel debió tener un pase fijo. Una zona de acampañada en Mestalla. Llanera se deja la pasta en publicidad en su efímera existencia. Llegan los títulos. La fiebre sube. El aficionado valencianista es fácil de euforizar. Se emborracha con facilidad, con un par de copas. Tiene la memoria de un pez tropical. Apenas una década desde el sufrimiento. El síndrome de los nuevos ricos. Se amplia el estadio para dejar pasar a los nuevos valencianistas. Los que huelen la pólvora de la mascletá de títulos. Los de Tuzón siguen ahí. Pero callados. Los pañuelos blancos suenan los mocos de los entrenadores pero nunca limpian los asientos de los dirigentes. Por la presidencia pasan lustrosos -más que ilustres- personajes. Todavía quedan vestigios de seriedad de raiz tuzoniana. Pero Rafa Benitez es demasiado soso para la "nueva mejor afición del mundo".
La nueva afición quiere más. Como los yonkies del crédito quieren más. Quieren repoblar todo el litoral de apartamentos. Quieren convertir el Pais Valenciano en el Pais de Vacaciones. Y así es la única manera en la que se entiende que un señor mayor le compre a su hijo un club para que juegue. Y al mismo tiempo que Fabra inventa un aeropuerto sin aviones, Soler inventa un estadio sin partidos.

No podía ser un estadio cualquiera. Toda la afición lo entendió. Básicamente porque todos estaban haciendo negocio con sus casas. Sus casas les gustaban pero querían tener una mejor. El crédito blando se la ponía dura a toda la casta dirigente valenciana. No podía ser un estadio cualquiera. Tenía que ser el mejor estadio del mundo para albergar a la mejor afición del mundo. Y ahí lo dejaron. Sin más afirmaciones subsiguientes. Un estadio con techo en un lugar donde la pluja no sap ploure (la lluvía no sabe llover). Con un parking para más gente de la que va en coche al fútbol.
Bajo la sociedad anónima se empezaba a esconder gente que venía a hacer negocio. La ciudad deportiva de Paterna y el emblemático Mestalla. Entonces era un estadio pretendidamente desgastado que no hace ni un mes albergaba la principal competición en campo ajeno, la final de la Copa del Rey. El campo que no servía. El campo que había que superar.

Para entonces Mestalla ya no era un espejo sino una lupa de la realidad valenciana. La aumentaba y la deformaba. Los palcos de las empresas llenaban de personajes funestos cada título. Soler hijo jugaba con su club como un niño con un equipo nuevo. Jugaba a contentar a una afición de poco criterio que acudía en masa a aplaudir a jugadores con fichas estratosféricas que salían poco tiempo después a precio de saldo. Pero el negocio era otro. Se compró una casa sin vender la otra. Una obra a medio acabar. Así es Levante, ese lugar feliz donde la luz y el amor dejaron un montón de obras a medio acabar. Llanera quiebra como quiebra todo el andamiaje. La afición del Valencia nunca fue paciente. Los nuevos valencianistas no van al campo a aburrirse. Quieren lo que compraron. Pero hasta que llegue el dia de la cremà Camps paseaba sus trajes por el palco. Y Rita miraba al Cabañal desde el otro lado de Blasco Ibañez. Cada título era el marco perfecto para la Valencia de los eventos. Cada título es la comprobación de que somos una referencia para toda España. El eje de la prosperidad funciona. No somos buenos. Somos los mejores. Mestalla se enfervoriza con el mensaje. Los precios de los pases suben. El mercado negro de las acciones es una pequeña burbuja en el jacuzzi de la deuda del club. Usted haga como yo y no se meta en política que dijo el dictador. Y así era Mestalla, un lugar donde nadie se metía en la política del club. Ampliaciones de capital que demostraban que el aficionado seguía dimitido. Nadie quería ocuparse de la parte aburrida. Mejor llegar a tribuna y criticar a Quique Sanchez Flores que mirar al palco y sentarse a evaluar un presupuesto.

Con todo el humo vendido se acabó la fiesta. Bancaja se convierte en Bankia y la deuda parece un poco menos nuestra. Pero es nuestra. Mestalla miraba con cara de pena hacía Madrid pidiendo perdón por haber sido malos. No fue culpa nuestra. Nos dieron el crédito. Pero no hay deshaucio. Fútbol es fútbol. La Plataforma de Afectados de la Hipoteca nunca hará un escrache en Mestalla. No hace falta. En otra gran metáfora social del austericidio, la Generalitat asume la deuda como avalista. Convertimos deuda privada en deuda pública. Y después business as usual. Aquí paz y allí gloria. Nunca mejor dicho. El Valencia entra en liquidación. Se vende por parcelas. Se vende como sea. Se va Silva, Villa, Jordi Alba. Solamente Albelda nos recuerda que algo va mal. Que no es normal que a David le reviente la cara un Goliath holandés que vino como tantos otros a expoliar al asediado.

El Valencia está de rebajas. Cada año un goteo inagotable que se va sosteniendo con un cierto efecto memoria del tuzonismo más radical. Pero los asientos de Mestalla también se vacían. Los hooligans de la diversión ya no se divierten. Y prefieren verlo en casa. O no verlo. El futbol es así.

Capítulos finales. Masclets que retumban en la plaza del Ayuntamiento como el eco de la acampada del 15M. Un país en quiebra. Un club quebrado. Un banco es dueño del club. Primero lo gestionaron los inmobiliarios y ahora un banco malo. Fotografías con polaroid de la época. Presuntos planes de secuestro para cobrar entre "amiguitos del alma". Valencia is different. Se desconcha el calatravismo futbolístico que lleno de magnos espacios vacíos la ciudad.

Mientras tanto aquí no se enteraba ni Peter del asunto. Bueno, Peter sí. Peter sí que se enteraba. Sabía que en España los precios han bajado mucho de la mano de los salarios. La fórmula de la competitividad es trabajar más por menos. España es un país de oportunidades y saldos. Los mercados asustaron a la prima de riesgo y ahora ya nos tienen donde querían. Metidos en nuestro campo y corriendo detrás de la pelota. Peter sí que se enteró. Pero desde Singapur es difícil oír la melodía de una banda de música antes del partido. En Singapur dan miedo las tracas de fallas. En Singapur se hacen negocios. Y eso es lo que ha cambiado. Ahora el Valencia es un negocio como una franquicia de la NBA. Los sentimientos no cotizan en bolsa. Ahora ser del Valencia empieza a ser como ser de Apple. Una fiebre comercial. Volverán las oscuras golondrinas pero tendrán que ir al Nou Mestalla. Allí tienen más sitio para anidar.

Se acaba una época y empieza otra. Los negocios se hacen en el palco mientras los tifos se hacen en la grada. Todo bien separadito para que no hayan contagios. Los valencianos y los valencianistas son un colectivo capaz de perderlo todo sin inmutarse. Sin sistema financiero, sin autonomía política real y sin equipo de fútbol propio. La valencianista es una sociedad anónima, tan anónima que nadie es capaz de reconocerla. Tan anónima que es incapaz de responsabilizarse. Una sociedad anónima y bastante limitada.

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