Un poster de cien pesetas



Desde que escribo el radioblog hace ya más de cinco años miro la realidad de otra manera. Tanto que a veces construyo un mensaje místico y la gente me mira raro. La gente que me conoce desde que nací -como mi hermana- bromea sobre el hecho de que veo poesía donde solamente parece haber desobediencia de mi sobrino de dos años. Es verdad. Me he vuelto loco. Soy un insensato. Veo espejismos. Deberían internarme pronto porque en ocasiones veo muertos como el niño de El Sexto Sentido. En ocasiones, leo sombras, huelo recuerdos y escucho perfumes.

El sábado fui a casa de mis padres. Mi madre me había dicho que arriba había una caja con recuerdos de ex novias. Soy fetichista. Me da miedo tirar lo bonito del pasado. Aunque no se preocupen. Ya he aprendido a hacerlo. También me dijo que había unos pósteres. Era el día que el paquete de acciones del Valencia se tenía que vender al mejor postor. Mi Valencia entraba en pública subasta. Es así de cutre.

Los que me conocieron de niño sabrán que yo era un fanático del Valencia. En aquella época del año 86 no era fácil conseguir material del Valencia. Conseguir una bufanda, un banderín, un poster, una camiseta era difícil. Yo era un niño aplicado. Empollón. Y mi único vicio era el Valencia. Ni siquiera las golosinas. El Valencia. Un compañero de clase tenía un poster gigante de la Supercopa del 80. Sempere, Carrete, Tendillo, Arias, Botubot, Subirats, Saura, Morena, Castellanos, Kempes y Pablo. Negocié con él por 100 pesetas. En aquella época era toda mi paga semanal. Y me lo quedé. Ocupaba un lugar privilegiado en una habitación llena de posters por todas partes excepto el techo. Era casi un templo valencianista. Supongo que asustaba un poco al entrar.

Con 15 años me dejaron sacarme mi primer pase de media temporada. Era una época en la que la liga se acababa en diciembre. Quiero decir que el Valencia ya no pintaba nada en diciembre. Me costó 4.500 pesetas. Pero me permitió ir a Mestalla sólo. Un niño de 15 años que iba sólo al fútbol. ¿Se lo imaginan ahora? No me lo prohibían porque sabían que era mi única ilusión. No me gustaba salir. Solamente estudiaba, leía, jugaba al fútbol y era del Valencia.

El sábado aparecieron por arte de magia todos los posters y banderines de mi habitación. Todas las carpetas que me hice para ir al instituto. Algunos recortes de periódico. Todo. El Valencia era tan mi vida que un día después de una eliminación de copa contra el Mallorca dije que no cenaba. Lo que me valió una buena bronca por idiota.

El sábado se me cayó encima toda mi ilusión. Saben esa sensación de que una estantería se te cae encima llena de libros? Pues a mi se me cayeron encima mi pañuelo de los Yomus, mis bufandas, mis muñequeras.. pero sobre todo se me cayó encima la ilusión de aquel niño que miraba la luz de Mestalla como el que mira la nave nodriza de un ataque extraterrestre. El niño que vencía la timidez para que le firmaran autógrafos. El niño que construyó un ídolo y que acababa de mirar hacia abajo y ver el barro.

Después crecí y me desvinculé. Me decepcioné como en casi todo. La vida se ha convertido en una pérdida de hojas del árbol de la ingenuidad. Todavía busco cosas nuevas con las que me decepcionaré en el futuro. Me da igual. Necesito idealizar para seguir vivo.

El sábado vendieron mi adolescencia. Por eso encontré los posters. Para saber que habían vendido mis sueños. Mi adolescencia pasó en Mestalla. No sé quien es Peter Lim. No tengo ni idea. Pero sé que no es del Valencia como yo lo era. Mi parte racional y lógica culpa a la afición del Valencia. Siempre dimitida. Con el dinero de mi comunión compré las primeras acciones del Valencia. Yo, un niñato de veinte años. Mientras los ricos y hamburguesados de Valencia hacían el ridículo en sus compras accinoariales. Y después cuando me volvieron a pedir que comprara, volví a comprar sabiendo que tiraba el dinero y cuando hacía años que no iba a Mestalla.

Han comprado al Valencia. Incluso deberíamos alegrarnos porque podía haber sido peor. Caer en manos de fondos buitres. Pero no van a poder comprar mi caja de pósters. Aquel poster me costó 100 pesetas. Todo lo que tenía. Ahora no tiene precio. Bueno, quizá sí. Ahora ya no sé de qué equipo soy. Me he quedado huérfano. Seré del que  recomponga mi sentido de un campo de fútbol. Un lugar en el que interpretar la vida.

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