Breve historia de la mordaza


Uno de los mitos de la transición más transitados es el mito de la plena libertad de expresión surgida de la legislación del Regimen del 78. El espejo del contenido general de la libertad de expresión en el Reino de España que ha sido amplia y fructífera se empañaba frecuentemente con la temperatura de la persecución de la transgresión. La libertad de expresión es evidente que siempre ha tenido límites marcados por los marcos referenciales de la transición. De eso no se podía hablar ni hacer broma. 

El marco de pensamiento monárquico fue el primero en recibir la censura del Regimen del 78. La figura de la Corona y el Rey como símbolo de la continuidad entre el régimen franquista y la democracia recién nacida fue uno de los primeros obstáculos para la libertad de expresión. Ya en los años 90 Quim Monzó fue llamado a capítulo por hacer un monólogo bastante inocente sobre las funciones de ser Rey de España. El republicanismo era tabú. El Rey simbolizaba el lazo con la historia reciente, el gatopardismo que mantenía a la élite franquista parada. De ahí la mistificación de la intervención del Rey parando a lo golpistas -el régimen anterior- para reconducirlos a la siguiente pantalla del mismo juego de dominio por parte de una élite extractiva ahora llamada Casta. Así, quemar una bandera en Estados Unidos supone un ejercicio de libertad de expresión. Quemar una bandera en España supone un ultraje a la nación.

Otro de los lugares comunes con perímetro en la libertad de expresión fue el tema identitario. Se pretendió dejar cerrado el tema en una cafetería (Café para todos) aunque fue manifiestamente falso desde el primer día (Euskadi y Navarra tomaron té). Pero la violencia etarra permitía un alud de conflictualización del tema nacionalista. Y la estrategia fue mucho más allá de la persecución del terrorismo. El Regimen del 78 cercenó la libertad de expresión creando tipos penales específicos para la legitimación de comportamientos circundantes al terrorismo que aún hoy perviven. La persecución de los delitos se acompañaba de una lucha periférica contra una escalera en la que era dificil distinguir los peldaños. Había que hilar demasiado fino para una democracia tan joven y un Código Penal tan inexperto y versátil. Todo se mezclaba judicialmente para amordazar la disidencia abertzale en su globalidad. Las actuaciones judiciales perseguían las pistolas y las ideas intentando crear un conglomerado que impedía cualquier solución política y te conducía directamente a la solución judicial. En aquella época eran frecuentes los atentados y las detenciones con lo que las ideas periféricas quedaban también en el ámbito de lo punible. El paso del tiempo permite ver en formato de radiografía este tipo de actitudes del Regimen del 78 una vez nos hemos alejado del dolor y sin estar salpicados por la sangre que el terrorismo etarra infringió a una sociedad a la que intentaba obligar a pensar mediante el exceso y la barbarie. Pero las anomalías jurídicas y judiciales estaban ahí.

Los intentos de la Casta del 78 de dominar el marco de discurso político (de qué se puede hablar y de qué no) están sobrepasados. Pero siguen intentando gestionarlo reduciendo el perímetro de seguridad mediante la represión legal y social. La disidencia crece y el Régimen se defiende. En los últimos diez días varios episodios subrayan los últimos coletazos de un Régimen que solamente se sostiene por la fuerza. Ejerciendo la fuerza de una mayoría ficticia y reprimiendo por la fuerza cualquier rebelión.

Podemos ir por etapas. Volvamos al "problema vasco". Esta semana la Audiencia Nacional ha declarado inocentes a cuarenta jóvenes de Segui acusado por el juez de instrucción Grande Marlaska de haber organizado una auténtica trama criminal y actuar de "academia de terroristas". Y no solamente eso sino que observa como verosímiles las versiones de tortura recibidas por los jóvenes por parte de la Policia y la Guardia Civil. Es todavía la herencia de un clima de criminalización de las ideas salpicadas de sangre que proviene de décadas anteriores. Pero el cerco sigue cerrándose.

También esta semana dos profesoras han solicitado el indulto para no entrar en la cárcel al ser condenadas a tres años de prisión por participar en un piquete que lanzó un cubo de pintura a una piscina y haber zarandeado al gerente. Ellas niegan haber participado pero incluso habiendo participado parece asombrosa una condena de tres años de cárcel y más si las comparamos con estafas económicas como la de las preferentes o políticas como las múltiples imputaciones de políticos corruptos por toda España. El motivo de tanta desproporción lo señalaba el fiscal en sus acusaciones "la pena debe ser ejemplar". Sin duda, la ejemplaridad en el castigo de la disidencia es pura pedagogía del Regimen del 78. El número de multas por asistir a manifestaciones, un derecho constitucionalmente recogido, se ha multiplicado por cinco. No puede ser casualidad. El Régimen se defiende.

No se han detenido ahí el gran límite monárquico a movilizado a todo el Régimen para ponerse a tomar el sol con una camisa nueva. Se han movilizado todos los medios al alcance. Se ha silenciado a un PSOE moribundo mediante el uso de un zombie político como Rubalcaba. El miedo se adueña del Régimen tras ver como en las europeas el bipartidismo -su abono natural- quedaba por debajo del 50%. La metafórica censura de la portada de El Jueves, histórico símbolo de la disidencia autorizada y sarcástica- marca un telón rápido a una obra de teatro en la que los personajes ya no resultan creíbles.

No se han quedado ahí tampoco. Quieren dominar los espacios públicos patrimonalizándolos. De "la calle es mía" de Fraga pasamos a "las instituciones son mías" de Juan Cotino, heredero por linea dinástica del orden público. Esta misma semana se conocía la sanción a Mónica Oltra por haber desoído tres advertencias en menos de quince segundos mientras los hooligans diputados del PP montaban una algarabía. Oltra se había molestado al ver como un Conseller usaba el sistema Camps ("es usted una persona muy amable y muy simpática") de desvíar la atención para contestar una pregunta sobre la pobreza infantil. La estrategia de Cotino fue buscada aunque no muy meditada. En quince segundo había martirizado a Oltra. La había subido a los altares de la desobediencia. Para silenciar la voz de la rebeldía se hacía un pleno secreto a puerta cerrada. El Régimen se sitúa como  un gato panza arriba. Araña pero no se mueve.
También la bandera republicana ha sido objeto de persecución. Una situación que en otra época hubiera sido considerada friky ahora preocupa y mucho. Se amenaza a quien coloque o enseñe banderas republicanas en instituciones o despachos. Tienen miedo.

Los círculos concéntricos se van cerrando. Las muñecas rusas se acaban. Ya no es suficiente con acallar el movimiento abertzale como concepto abierto. Ya no es suficiente con cercenar la libertad sindical y la protesta de los trabajadores cuando consideran agredidos sus derechos. Ya no es suficiente con callar a la oposición que denuncia y pone luz a los chanchullos de la Casta. Ya nada es suficiente. El último paso es amordazar el voto. Negar el sufragio. La rebelión catalana no es más que una petición de calidad democrática mostrada al mundo. La prueba del algodón del final de la transición. Atreverse a votar algo que rompería los consensos de la Transacción Democrática. En realidad el referéndum por la república es otra rama del mismo tronco. Tienen miedo al voto. El último reducto que les queda para acallar el pitido final del árbitro que da por finalizado el Regimen del 78. 

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