Prohibido pisar el césped


La primera vez que vi ese cartel fue en los jardines de Nova Canet. Debía correr el año 86 quizá. Los Jardines de Nova Canet se habían convertido en la envidia de los del Puerto. También los chalets de Nova Canet se habían convertido en la envidia de los del Puerto. No hacía ni dos años que habían cerrado la Fábrica. El urbanismo del pueblo de al lado se convertía en la primera advertencia para los porteños de por donde iban los tiros de la próxima prosperidad para los del Fondo de Promoción. El espejo en el que escribir las ambiciones sobre el vaho.

Lo leí. Ponía "Prohibido pisar el cesped". Para un niño que empezaba a jugar al fútbol por primera vez en campos de hierba tras haber recorrido el campo de La Forja, y el de la  Calle Asturias aquello era un sinsentido ¿Cómo que no pisar el cesped? ¿Y para qué ponen cesped entonces? Con el tiempo lo entendí. En aquel entonces era decir que aquello era algo muy preciado. Nuestra primera pequeña cosa de ricos. Tras el Mundial del 82 y las inversiones expansionistas del primer gobierno del PSOE, era como decir: Cuidado, que ya hacemos cosas de ricos. Tenemos césped pero no lo piséis que se gasta y no tenemos más.

La segunda vez que lo leí fue cuando acabaron el Triángulo Umbral. Ya era más mayor y más analítico y reflexivo. Esta vez no me pillaron desprevenido. Para el que no lo sepa los de la parte de arriba del Puerto hemos crecido en ese descampado. Donde está ahora el colegio Tïerno Galván se cazaban mariposas porque la vegetación estaba más crecida. El resto del Triángulo era un descampao de tierra donde yo me habré hecho unos centenares de heridas en las rodillas que milagrosamente no se infectaron. Allí se organizaban partidos de fútbol de manera espontánea que se acababan con el pito de las dos o con el de las nueve. Las porterías eran dos piedras y el larguero dependía de la altura del portero. Básicamente allí formé mi personalidad. Lleno de polvo y sucio. Cambiando de zapatillas cada mes porque las destrozaba. Cosa que no hacía mucha gracia a mi madre.

Como digo la segunda vez que ví el cartel de "Prohibido pisar el cesped" ya era mayor. Lo suficiente para saber que aquel triángulo en el que yo jugaba fue privado y ganado a una empresa con el esfuerzo de los vecinos. Como tantas otras cosas en el Puerto que se ganaron con el sudor del movimiento vecinal. Corríjanme los historiadores si me equivoco.

Y nada más inaugurarlo pusieron aquellos cartelitos. Prohibido pisar el césped. Y yo me acordé de mi mismo cuando era pequeño. Lleno de polvo y sediento de un vaso de agua. Ahora había hierba y los niños no podían jugar en ella. Ni siquiera la podían pisar. Teníamos la hierba para mirarla. Para admirarla. Para decir que la tenemos. Para decir lo bonito que queda. Como esas rotondas preciosas que nadie pisa nunca. No tenemos la hierba para sentarnos y tocar la guitarra, o tomar el sol, o jugar a las cartas o jugar a pillar. No, la tenemos para prohibirla.
Obviamente la realidad se ha impuesto a su supuesto y los niños juegan a la pelota en la hierba del Triángulo sin que nadie les multe. Pero la hierba no deja de ser una metáfora de la cantidad de cosas que han costado mucho de ganar y que cuando las ganamos las metemos en una urna de cristal para no volver a tocarlas.
Algo así está pasando con la democracia. La quieren guardar en una urna de cristal para que no pisemos el césped.

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