Soberbia: las claves de un país de cuartos


Las luces de posición nos indican una selección cansada y una generación de futbolistas que ha tocado techo encabezada por un Casillas simbólico en declive. Las luces cortas nos hablan de un fútbol sobrexplotado televisivamente que obliga a sus protagonistas a multiplicarse cada semana en un deporte por definición traumático en lesiones. Pero si ponemos las luces largas veremos claramente al final del camino la suberbia. Allí está. Siempre está. En las entrañas de la España futbolística. En las entrañas de las Españas. 

La soberbia española forma parte de su historia. España tiene un problema. Fue un imperio. Y eso castiga a sus herederos. La soberbia española está en la base de todos sus problemas. Porque la soberbia es más que un pecado capital. Es la capital de los pecados. La nave nodriza de la pereza innovadora y tecnológica, la ira del conservadurismo católico, la avaricia del ladrillo. La soberbia es la hipotenusa para todos los catetos. 

La Selección Española ha muerto de soberbia. Y no precisamente la del grupo de jugadores y técnicos. La soberbia española no es un pecado original sino una derivada. Aparece con el éxito de la humildad. La humildad construye un nido que el cuco de la soberbia aprovecha para apropiarse. Los jugadores no daban más de sí y además al final de todo, el fútbol es un juego al que hay que saber jugar. Y para jugarlo hay que tener hambre de fútbol, y nuestros futbolistas son bulímicos de fútbol. Tienen que vomitar todo lo que juegan para poder seguir jugando. 

La soberbia venía del entorno, del palco, de los medios, de la calle, de las casas. Soberbia. Complejo de superioridad futbolístico. Complejo de nuevo rico recién llegado a la elegancia. Pura soberbia que desprecia al rival diciendo que venía un "repaso a Chile" o que preocupaba la "dureza" del juego holandés. Soberbia por osmósis. Una atmósfera llena de moléculas de soberbia. 

No es sólo fútbol. La soberbia está en la base de las incoherencias peninsulares. Está en la base de la Rebelión Catalana (què vol aquesta gent tan ufana i tan superba). La soberbia está en la base de la "Casta": una élite extractiva que nos oprime y nos limita como país. Una soberbia que nace con el Imperio del Siglo de Oro español y que no nos abandona. 

La soberbia se extiende por todas las Españas pero tiene su Ulster en la Estrella de la Muerte suspendida sobre aquella capital concebida en medio de la nada y a la que se ha hecho girar todo. Los herederos de la Corte. Una presencia que va más allá de las buenas gentes que habitan la meseta. Están allí. Son "los otros". Una pandilla de hidalgos caballeros que conservan su altanería a pesar de haberse venido a menos. El Imperio centripetó el universo sobre un centro que situaba el resto de Españas en el pódium de la plata. Una mirada desde arriba que aún hoy pervive y que origina todos los problemas identitarios de España. Siguen allí esperando que lleguen las riquezas de allende los mares para administrarlas y devolver lo que les sobre. Y no aceptan que la nostalgia es un sabor que ya no volverá desde hace siglos. 

Obsesionados por la grandeza olvidan la riqueza y la sencillez de este país. Incapaces de eliminar el bloqueo de maýusculas para hablar en minúsculas de las cosas. La soberbia llevó a la autarquía franquista que sumergió en la pobreza a un país que pudo no ser pobre. La soberbia que impidió diagnosticar la crisis y que seguía obsesionada con entrar de invitado permanente en el G20. La soberbia que no deja votar la monarquía. La soberbia que no deja votar a nadie. 

La soberbia no es patrimonio de nadie porque forma parte del todo. Como la soberbia de la tradición izquierdosa española de iluminados que riñen al electorado en lugar de explicar los detalles. La soberbía que les hace hablar para listos. Hay soberbia donde mires. Organizaciones que mueren de soberbia, de no saber aceptar los ataques y las críticas y enrocarse en un tablero con la partida perdida. 

Aceptemos quienes somos. Una nación más del mundo. Ni una, ni grande ni demasiado libre. Por el abandono de las armas de la grandilocuencia y su reinserción en la sociedad del bienestar. La España de la gente común que se levanta a trabajar con la expectativa de ganarse la vida y no ganarse una vida. No somos más que nadie ni menos que nadie pero no somos nadie. Jugamos a lo que podemos. Al pase corto de la España del día a día que se deja de momentos históricos. La España de los pequeños estadistas que hacen de seleccionadores. Una España permeable que entiende lenguas que no habla en el mismo vestuario. Una España sin contubernios de molinos de viento. Dejar lo mejor para conseguir lo bueno. Una España competitiva que soslaye a la España ganadora. Una España de cuartos que de vez en cuando se cuela en semifinales con imaginación y toque. 

Fuimos a Brasil exigiendo que todo el mundo nos nombrará como favoritos. Despreciamos a los rivales. Dimos por hecho un mundial largo y con recorrido. Necesitamos un escarmiento. La humildad surge del fracaso. La única manera de ser grandes es ser verdaderamente pequeños. 

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