¿Caperucita y el lobo se seguían en Twitter?

Hoy le he preguntado a Pau qué ha hecho en l'escola dels majors y me ha dicho que han leído el cuento de Caperucita. Los niños son listos y se empapan de todo. Este verano Pau sabía que podía escaquearse de la siesta si se venía con su tio a ver dibujos. Comprenderán ustedes que no me había parado a pensar sobre cuentos infantiles dado que no son un producto que consuma habitualmente. Así que por primera vez me tenía que "chupar" varias veces algunos cuentos infantiles eternos y clásicos.
Y oigan ustedes, menudo desastre. Algunos deberían estar prohibidos. La mayor parte de esos cuentos surgen en sociedades basadas en el miedo, sociedades agrarias donde el lobo era un ser despiadado en lugar de ser una especie en vías de extinción, sociedades competitivas y cerradas con poca movilidad. Miedo a lo desconocido y a los desconocidos. El lobo y los siete cabritillos -por ejemplo- es pánico y aversión al exterior del hogar convirtiendo el espacio público en un lugar inhóspito y selvático.

Estuve viendo unos cuántos. Todos basados en la lucha y la confrontación como elemento de supervivencia, en la desconfianza de lo nuevo o de lo diferente. Me llamó la atención el cuento de la Princesa y el Guisante que todos recordamos. Resulta que la prueba del guisante era para determinar si era una princesa de verdad y entonces poder aceptarla socialmente. El guisante servía para determinar a qué clase social pertenecía una niña perdida en el bosque y decidir cómo se la debía tratar. Infame.

La cosa no se quedó ahí. Después estuvimos viendo el cuento de la lechera. Un cuento que invita a un realismo y conformismo que asustan. No sueñes, no emprendas que diría ahora una ministra, no hagas planes, no pienses en el largo plazo, no planifiques, no te atrevas. Eres lo que eres y lo que seguirás siendo si no te fijas en por donde andas. Puedes perder lo que tienes por querer lo que no tienes.

Que alguien salve a los niños de los cuentos para niños. Y ya no entro en el tema del género porque arden de sexismo constante. Crecí con esos cuentos que todavía tuvieron sentido en la sociedad tardoindustrial española de crecimiento industrial y urbano donde las ciudades servían el plato básico de miedo a lo desconocido y competencia con el vecino por un puesto de trabajo. De hecho crecí con series infantiles de ritmo lento y desgracias constantes que eran la obsesión de la generación de nuestros padres por prepararnos para una vida dura y llena de desgracias. La que habían tenido sus padres en su infancia. Ese padre exigente que solamente quiere que seas fuerte para que sepas defenderte en un mundo cruel.

Pero, buf... son cuentos del siglo XIX o del XX. El final de la era postindustrial obliga a revisar relatos de competencia por colaboración, de miedo por confianza, de estatismo por movilidad, de rigidez por versatilidad. La sociedad en red generada a partir del nacimiento de Internet cambia todo y debería cambiar la educación y sus recursos. Así que, sugiero que alguien explique como fue que Caperucita empezó a seguir al Lobo en Twitter y pudo así saber porqué tenía un smartphone tan grande. Era para seguirte mejor. 

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