Esperanza construida

Alguna vez les he hablado del concepto de indefensión aprendida. Este término psicológico se utiliza para el proceso mental por el cual una persona llega a la convicción de que haga lo que haga no existe posibilidad de alterar una situación aversiva con lo que se sitúa en una permanente pasividad. Esta sociedad ha cultivado la indefensión aprendida en amplios sectores de la sociedad generando una cultura del aprendizaje tóxica. Vayamos a la observación de lo cotidiano. Hace poco una amiga me comentaba preocupada que su hija de once años le decía que ir a las manifestaciones o votar una u otra opción no tiene sentido. Como diría mi madre eso lo ha aprendido en algún sitio y no fue en su casa.
La indefensión aprendida no es siempre tan obvia. En algún caso se disfraza incluso con una mística de autoayuda. La mayor parte de la literatura de autoayuda se está basando en el carpe diem y la resiliencia. Son dos conceptos filosóficamente complejos que si se asimilan de manera superficial conducen al hedonismo y la pasividad. Es absolutamente cierto que el instante presente debe ser disfrutado y que es imprescindible adaptarse a los cambios irreversibles como la muerte de alguien querido. Pero no es menos cierto que disfrutar del presente implica una cierta lucha por el futuro y que nunca hay que adaptarse a una situación injusta e inhumana.
Si subimos un escalón más existe una indefensión aprendida como especie. Decía el doctor Pedro Cavadas, uno de esos valencianos que nadie sabe que lo son - la antitesis de Calatrava el arquitecto estafador- que los humanos no tenemos sentido de especie y que estamos preparados genéticamente para competir y atacarnos por una posición preponderante. Y relaciono esta idea con dos conversaciones de sobremesa. En una de ellas un familiar decía que el cuerpo de la mujer se adaptará a esta idea que hemos tenido de tener los hijos cada vez más tarde y la maternidad irá más allá de los cuarenta no como excepción. Ese pensamiento tiene dos vías. La primera es una confianza infinita en la ciencia y la segunda una concepción biológica sin límites. La misma respuesta recibí cuando en una conversación con amigos de la adolescencia dije que la energía barata derivada del petroleo se acababa. Alguna cosa inventarán, me dijo mi contertulio, lo que justificaba una actitud pasiva y presentista.
La cuestión es que encontramos mil excusas para no hacer nada, algunas de ellas burdas pero otras tremendamente sofisticadas y sútiles, para no ocuparnos de lo colectivo, para mirar como vacas como pasa el tren, para vivir en el instante preciso, para ir viendo, para dedicarnos solamente a actividades placenteras, para ceñirnos al optimismo patológico. Mientras tanto, las cosas nos las van haciendo un grupo reducido de humanos y empresas, en una delegación absurda basada en la desconfianza.
Yo sigo en mis trece, convencido de aquello que decía un proverbio africano, gente pequeña, haciendo cosas pequeñas, en lugares pequeños, son los que cambian el mundo. Es mi manera de huir de la indefensión aprendida y acercarme a la esperanza construida. 

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