Ya no me fío de mi jefe. La fractura interna bancaria.


Las plantillas ya no se fían de sus cargos directivos. Las órdenes insensatas, de colocación de productos tóxicos, las prácticas que atentan contra el sentido común, han acabado por imponer una barrera de desconfianza entre las oficinas y los cargos directivos. Desde los pisos altos la realidad se ve de otra manera o directamente no se ve. El ejercicio de la parabanca vendiendo productos de todo tipo marca una desorientación evidente de la dignidad profesional pero también el ejercicio financiero de borrachera hipotecaria, después el frenazo desbordante del crédito, después las campañas asfixiantes de productos de corto recorrido, todo ello ha llevado a una fractura interna entre las plantillas y su casta dirigente, algunas veces hereditaria incluso por vía no sanguínea.

España en general tiene un problema de liderazgo de todo tipo, político pero también empresarial. Las reformas laborales se suceden pero las reformas empresariales nunca se acometen. Los directivos de las principales empresas -como los políticos del Regimen del 78- intentan interpretar una realidad que les es ajena y que no entienden. De alguna manera aplican criterios del pasado a problemas del futuro lo que es más o menos como conducir mirando el retrovisor.

Cuando entré en La Caixa a finales del siglo pasado era frecuente escuchar la frase "la gente de Barcelona saben bien lo que hace". Era la época de la expansión y ya se detectaban algunas incoherencias como la decisión alegre de abrir oficinas con un tamaño reducido. Eran una especie de quioscos bancarios que ahora dan lugar a los supermercados bancarios. Sea como sea, la admiración y pleitesía por las direcciones directivas formaban parte de la cultura empresarial. Esto ya no sucede. Ya nadie dice esa frase sino la contraria. Los jefes no se enteran porque solamente escuchan a un coro de aduladores pero esta admiración ascendente ha dejado paso a una gran desconfianza.

Ese problema de liderazgo las empresas lo están intentando resolver con una medicina que agrava el problema social: la robotización. Los esquemas de control sobre las plantillas mediante una industrialización en cadena del fenómeno bancario intentan crear robots de venta bancaria estándar. Con ellos se prohibe la "banca de autor" o "banca artesanal" donde el equipo de la oficina conseguía dejar una huella emocional en el servicio al cliente. La banca se cauteriza, se hace neutra, robótica, clónica pero sobre todo dominada y controlada. Eso es desconocer las nuevas dinámicas de la sociedad en red. El problema no solamente afecta a las plantillas -que ya afectaría a muchas personas- sino que es una enfermedad social porque la banca mediante este control férreo puede permitirse colocar productos tóxicos cuando se juegue la supervivencia; o simplemente la viabilidad. El fenómeno de las preferentes se explica así: las plantillas son obligadas a comercializar un producto de manera tóxica mediante una presión psicológica basada en el miedo al despido.

Y ni las plantillas ni la sociedad tienen instrumentos de prevención y defensa ante estas actitudes, ni las tiene el cliente o la sociedad a la que servimos como profesionales de banca.

La Comisión del Mercado de Valores ha sido ineficaz (ahora pretende reformar a toro pasado), las consultorías y auditorías han sido inútiles, las agencias de calificación han fallado estrepitosamente y solamente los juzgados están poniendo algunas cosas en su sitio (clausulas suelo?). Pero la justicia llega tarde y sobre todo después. Necesitamos escudos defensivos para la sociedad y para su primer escalón: las plantillas de banca. Profesionales cualificados capaces de detectar excesos e infecciones víricas de instrumentos financieros que generan intolerancia social. Los profesionales de banca necesitamos defensas más allá de lo laboral y sindical. Necesitamos instrumentos de defensa de la dignidad profesional. 

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