Adultescentes


Estamos entre vosotros. Eternamente jóvenes como cualquier buen vampiro. De aspecto indeterminado, sin capa pero con los colmillos afilados. Adultos con vidas adolescentes. Adultescentes. Adultos con trabajos serios y vidas de broma.
Algunos solteros sin hijos que disponemos de tiempo y algo de dinero para gastar. En pareja o sin pareja. Otros familias monoparentales que son solteros y solteras fijos discontinuos. Una semana adultos y otra adultescentes. Que todavía a veces notan algo en el estómago que antes hubieran llamado mariposas y ahora ya no se atreven ni a pensarlo.  Sobre todo cuando conocen a alguien nuevo y especial que quizá se convierta en un espejismo o quizá en un espejo que te devuelve una nueva visión de ti mismo. Subidos a una montaña rusa donde cada día parece el prólogo del siguiente.

Vemos poco la tele porque sabemos que es mentira y para ver mentiras con calidad preferimos el ordenador y las series bajadas o visionadas on line. Retratamos los instantes en fotos constantes, como si quisiéramos parar el tiempo y vivir ese momento varias veces. Cada uno a su estilo para compartirlas con el mundo como el que lanza un mensaje en una botella al mar de la compañía. Selfies imperativos de pura supervivencia fotográfica. Los sábados por la noche todavía son sábados por la noche tanto vivir su ausencia como para conservar una liturgia de ropa, perfume, alguna copa y un barullo de miradas perdidas que buscan unos ojos de los que enamorarse. Porque todavía creemos en aquellos días de gloria en que una camisa nueva nos convertía en un personaje diferente. Adultescentes de domingo por la tarde escondidos en una manta mirando Divinity. Viajeros intrépidos a lugares incómodos persiguiendo los colores de cada país. Impares de butaca de cine. Jueves reprogramados que se convierten en sábados falsos. Gimnasios para levantar pesas sociales. Monólogos de risas de renta variable que la misma noche acaban en llanto de whatsapp. Móviles que te hacen compañía. Reencuentros con gente a la que recuerdas vagamente. Canciones solitarias de carretera con las ventanas abiertas. Bajones de lágrimas demasiado cargadas en la barra de un bar. Cubitos de hielo por la espalda en el último "no" que te llevaste a casa. Cafés que se alargan hasta el infinito. Planes que se deshacen como un ovillo. Improvisaciones de arquitectura clásica.
Adultescentes que han aprendido a ser mitad adultos y mitad adolescentes. Que todavía se dan besos en los parques aunque los parques ya no te den besos. Que todavía compran entradas para festivales los primeros aunque ya no ocupan las primeras filas. Que saben que la resaca puede llegar hasta el lunes. Que duermen menos pero sueñan más. Adultescentes que esperan que mañana les rescaten del naufragio. Que se ciñen a modas que un día odiaron en una carpeta. Adultescentes que viven en la letra de una canción de un grupo indie y siguen rompiendo ventanas de edificios abandonados. Que siguen creyendo que vivir es un verbo transitivo.

Ahí tienen ustedes negocio. Háganlo. No sea cosa que maduren. 

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