Ganar, ganar y ganar


En el año 1986 se creaba en el Puerto de Sagunto el primer equipo alevín federado. Era el Acero alevín para el que tuve el orgullo de ser seleccionado. Fuimos campeones de grupo lo que nos daba la posibilidad de jugar una eliminatoria que si ganábamos nos hacía jugar en el Luis Casanova. Sin público pero oigan ustedes.. era en el Luis Casanova, actual Mestalla.

Así que recuerdo cada instante de la llegada a los campos de Paterna para jugar la previa a ese posible partido que nunca jugué. Nos enfrentábamos al Silla donde un tal Luisito había marcado más de 100 goles. Y me tocaba marcarlo a mi. Perdimos ese partido 4-2 -si mal no recuerdo- pero yo jamás he olvidado esa experiencia. Después del partido pude pedirle autógrafos a los jugadores de un Valencia descendido a segunda división. En aquella época ser del Valencia era ser del Valencia con todo lo que el verbo ser implica. Era el Valencia de Tuzón que organizaba una liga de fútbol base que sirvió de andamiaje futbolístico a los niños de toda la provincia que soñábamos con jugar el fútbol.

Mi infancia son recuerdos entre dos porterías. No les puedo decir ni siquiera que son recuerdos de un campo de fútbol. Son recuerdos de dos porterías que a veces eran piedras y a veces eran carteras con libros amontonadas. La mayor parte de mis lecciones de vida las he aprendido en un campo de fútbol para lo bueno y para lo malo. En un vestuario aprendí la disciplina de entrenar, la generosidad del sacrificio para el lucimiento ajeno, a cumplir con la función que tenía, a respetar a quien tiene un objetivo diferente, a olvidar lo que pasa dentro del campo, aprendí a perder muchas veces, aprendí a ganar de vez en cuando. Y también aprendí a repartir estopa cuando la cosa se ponía chunga, o a jugarmelo todo pasando de central a delantero centro viendo como el equipo depositaba su confianza en mi cabeza. Y debí aprender antes que si confiaba en mí mismo podía hacer más cosas de las que yo pensaba como cuándo pedí tirar un penalty en la tanda de penalties. El niño tímido que se autoafirmaba. Ojalá hubiera sido siempre en la vida como era dentro del campo.

Tanto me influyó el fútbol en la vida que quise hacerme educador futbolístico y cogí todo el dinero que había en mi libreta de Caja Sagunto para gastármelo en un título de entrenador de fútbol que compartí con Arias o Lluís Pascual aquel portero del Vila-Real.. Para ganarme un dinero muy escaso me hice monitor de fútbol sala en el Colegio Mediterraneo donde peleé por abrir el primer equipo de chicos. Una de las primeras lecciones que quisé dar fue que me hicieran una redacción de por qué les gustaba el fútbol sala. No bastaba con venir y pegarle al balón. Yo quería que pensaran y escribieran. Eso para los chicos. Las chicas directamente me dieron una lección a mi. Poco después de pasar por clase diciendo que habría equipo de chicos de fútbol en el cole una decena de chicas firmaron una carta al director del colegio en el que pedían formar también un equipo de chicas. Así que no me pude negar.

Pensé que el deporte era la mejor excusa para dar la educación deportiva o vital que yo me tuve que inventar. En los descampados del Puerto de Sagunto de esa época se aprendía por casualidad, pero yo tenía la oportunidad de educar niños y niñas mientras ellos y ellas creían que hacían lo que más les gustaba.

Ahora paso frecuentemente por los campos de Paterna por cuestiones de trabajo. Cada vez que miraba esos campos recordaba aquel niño que pidió que le firmaran en su bolsa de deporte porque se le había olvidado llevar posters. Una bolsa de deporte que siempre tenía un escudo del Valencia que definía mi identidad y ha definido mi manera de entender cualquier trabajo en equipo.

Ayer pasé por Paterna otra vez como cada semana. Han pintado de negro las paredes de los campos. Desde la autovía se puede leer un cartel enorme que dice "Ganar, ganar, ganar".

Querida Mafalda, me voy contigo, paren el mundo... que yo me bajo.

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