Secretos

Del ya viejo escándalo de la tarjetas negras de Caja Madrid apenas nos queda la resaca de levantarnos demasiado tarde y con dolor de cabeza. Cierras los ojos y recuerdas el último trago de rabia que te tomaste.
El periodismo también tiene límites. Y el Quinto poder está obligado a recordárselos. Lo legal no siempre es legítimo y la libertad de información no es la coartada para la cirugía mediática. El periodismo de izquierdas patina mucho últimamente construyendo una enorme lupa sobre la basura de una etapa. Una basura que cuanto más la miras más huele.

Era suficiente con meter el micro en las cifras generales. Era suficiente con meter la grabadora en la opacidad fiscal. Era suficiente con filtraciones de compra de voluntades. Esos eran los pilares de esa información. El resto fue amarillismo de arquitectura justificativa.

No era necesario bajar al detalle de cuándo se compraba o donde. Y especialmente no era necesario bajar al detalle completo de lo que se compraba de un modo tan exhaustivo. Bastaba con saber que los gastos de esas tarjetas, eran ajenos a la finalidad bancaria, no eran declarados y con ello se pretendía comprar decisiones.

Soy un ferviente defensor de los secretos. Tengo secretos desde pequeño. Cuanto más mundo interior tienes más secretos conservas. Y vas creando secretos nuevos. Llega un momento en que sabes leer secretos en la oscuridad. Sabes ver unas lineas rojas que unen personas y momentos. Parece que nadie más las ve pero tú las sabes leer. Son los secretos. Amores y odios con la propiedad conmutativa. Perfumes falsos que huelen a pasado. Cosas que nunca pasaron. Árboles caídos en mitad de un bosque. A veces mi trabajo consiste en moverme entre los secretos para resolver de manera secreta cosas que resultan evidentes.

Los secretos deben existir. Son las alcantarillas de nuestras sociedades. Desahogan el esfinter social de lo insoportable. Me pregunto cuántos secretos se desvelaron por la simple finalidad del exceso de la primicia, la erótica de la exclusiva.  Los secretos son la base de nuestra convivencia. Secreto es que cada uno sepa lo suficiente para ser feliz. Secreto es trabajar con información útil y relevante. El secreto es lo que salva muchas parejas. Secreto es aquel beso que se te escapó un día que solo significó que tus labios querían contar una historia que no podías contar a tu marido. Secreto es un recuerdo que guardas. Secreto es la amante que tienes en tu armario. Secreto es lo que pudo ser y no fue. Secreto es evitar compartir un dolor solitario. Secretas son las lágrimas en la lluvía y  rayos C que brillan en la oscuridad a las puertas de Tamhausen desde que le llegó la hora de morir a Nexus VI.
El periodismo no puede acabar con los secretos. Hay partes ocultas que forman parte de la vida. Como la noche y sus historias. Sus disfraces. Como la luna que hace subir la marea para esconder parte de la tierra.
Alguién podrá decir que la obscenidad es superior cuando se gasta en según qué cosas. Pero incluso en el más canalla de los canallas tiene derecho a subsistir un secreto. El secreto de para quien era ese gasto en una lenceria, o una floristeria, o un gasto a las cinco de la mañana que quizá lo único que prueba es un ataque de soledad.
No es una defensa del despilfarro. Ni de la golfería. Es simplemente recordar que el cuchillo debe llegar hasta el fondo del corazón si es necesario pero una vez muerta la víctima, ya no son necesarias el resto de las puñaladas.
Si un día les cuento un secreto, hagan el favor de guardarmelo para cuando lo necesite.

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