El electorado como problema

La visibilidad de un problema arraigado en España como el populismo, iniciado por el PSOE en 1982, continuado por el PP y ahora cultivado por Podemos nos permite poder hablar por fin del electorado como un problema democrático. No es políticamente correcto ponerlo encima de la mesa pero todos sabemos que el electorado es un problema democrático porque toma decisiones de poca base ideológica, intuitivas, emotivas, sensitivas. 



La esperanza de la ilustración izquierdosa de la Cultura de la Transición de ciudadanos interesados en la política e informados sobre ella se cayó directamente en el lodazal de las televisiones privadas. La televisión como nadie ha sabido desinformar y llevar todo al espectáculo. El entretenimiento (Divertirse hasta morir) lo puebla casi todo y coloniza incluso los espacios de debate político.

Admitámoslo, España se divide en dos facciones de ocho millones de fanáticos cada una que vota siempre lo mismo. Así que España la gobiernan el resto. Y el resto son los indecisos que por vocación no saben qué decidir y deciden cada vez una cosa básandose en los mismos criterios por los que compran una casa o un coche: una sensación, una imágen mental, una emoción.

Decía Pablo Iglesías en una entrevista que ellos tenían claro desde el principio que el debate político ya no se hacía en el Parlamento, se hacía en las televisiones. Por eso iniciaron La Tuerka y por eso tanto esfuerzo en dominar la telegenia.

It was a long time ago. 

Todo empezó en la primera retransmisión de radio de una sesión del parlamento inglés. Un Lord inglés a la salida de esa primera retransmisión se quejaba de que los intervinientes habían cambiado el tono, habían actuado, habían adornado de manera innecesaria el discurso. Era como si hubieran dejado de hablar para el parlamento y hubieran empezado a hablar para alguien abstracto y etéreo, la masa, el electorado.

Muchos años después Kennedy y Nixon se enfrentaban en el primer debate televisado por la presidencia de los Estados Unidos. Nixon partía con mucha ventaja. Al debate llegó algo tocado por una indisposición. Las encuestas dieron datos para la reflexión. Quienes habían escuchado el debate por la radio dijeron que Nixon había ganado. Sin embargo quienes vieron el debate por la televisión abrumadoramente dieron ganador a Kennedy quien se ganó al país mirando a cámara mientras hablaba.

La televisión dio el giro más importante para convertir al electorado en un problema. Porque el electorado se ve invadido por la imagen. Y la imagen no es exactamente la belleza del candidato. Es su gesto, su lenguaje corporal, su capacidad oratoria, su ingenio en sacar una sonrisa, su mirada al infinito. Pero también es la marca generada por su partido que también se construye mediáticamente. Todo se pone al servición de la seducción de masas.

La dicatura fascista en España dejó paso a un pequeño puente de pedagogía política. La gente se acercó a la novedad, la novedad que salía en la tele claro (donde se gestó el discurso oficial de la Cultura de la Transición). Y en pocos años se abrazó a su primer amor de adolescencia política: Felipe González. El asalto institucional de toda una generación que buscaba "el cambio" (¿de que me sonará a mi esta canción?) dejó sin "maestros de política" a las calles. Los recién movilizados de pronto se encontraron con cargos institucionales ante la caída del antiguo régimen al más puro estilo de la escena final de "El club de la lucha". Sin maestros no hay alumnos ni escuelas así que la política dejó de enseñarse en las calles y pasó a enseñarse en las instituciones y la televisión. Sobre las instituciones poco tengo que contarles de como ha ido. Sobre la televisión estoy en ello.

En el camino, cualidades enormemente importantes como la capacidad de análisis, la visión a largo plazo, la pedagogía o la capacidad para soportar amplias cargas de trabajo quedaron subyugadas al carisma social, la sonrisa, la poesía ideológica o el descaro según el momento. El imperio de la imagen enterraba la inteligencia o la adornaba tanto que suponía un disfraz. Y aún así la gente volvía a votar con el estómago para tirar a González gracias al bigote y gesto serio de Aznar que prometía poner algo de orden al "cachondeo" de país que había dejado el PSOE. Fue la primera época de las tertulias (memorable repasar la que organizaba Jesús Hermida).

Y ustedes se preguntarán que hace un tonto como Rajoy en esa historia. En realidad Rajoy pasaba por allí mientras la televisión mandaba al foso de los leones a Zapatero. Se le cayó el cetro real y Rajoy se lo encontró como si fuera el anillo de poder.

El electorado vota lo que le da la gana. Lo que pasa es que le suele dar la gana según las tecnologías disponibles. Y la televisión es dueña y señora todavía como fuente de información política (miren las encuestas del CIS).

Y el problema es que para hacer política de verdad hay que ganar las elecciones. Y para ganar las elecciones hay que tener votantes. Y para seducir votantes hay que decir cosas que les gusten. Y para decir cosas que les gusten no siempre puedes decir la verdad. Intentando gustarle al electorado dedicas una energía que no dedicas a pensar en los problemas. Porque sin electorado no hay política. Un político es un esclavo del electorado. Sin votos no sobrevive. Los votos lo son todo. No se te ocurra llevarle al contraria al electorado. El electorado escribirá tu programa mediante encuestas. El electorado es ya un problema.

El electorado no sabe lo que quiere, escoge entre lo que hay. Es la política del mando a distancia. Cuando no me gusta lo que me ponen cambio de canal pero sigo viendo la tele. Siempre escoge entre lo que hay y lo que hay es monopolio de la televisión. Sin televisión no existes. El resto de medios de información van a rebufo, chupando rueda. El electorado es seducido en base a un espectáculo de la política de gladiadores. La política se está quedando reducida a un videojuego de persuasión masiva donde el mensaje es el medio. 

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