La gestión de la disidencia y el mobbing ideológico

Una de las características del Régimen del 78 es su apuesta clara por partidos y sindicatos controlados por élites dirigentes estables. En aquel contexto tenía sentido buscar organizaciones muy cohesionados a base de lo que se ha dado en llamar "disciplina de partido". En ese sistema organizativo, que afecta tanto a partidos políticos como sindicatos y organizaciones empresariales, nace el concepto "aparato". El "aparato" es la infraesctructura de poder, el colectivo hegemónico que domina todos los aspectos del funcionamiento de la organización (nombramientos y dinero). Aquella voluntad de simplificar y disciplinar las masas ante la disgregación ideológica tenía mucha lógica en un momento de algo que podía "descontrolarse" y la cultura de la transición estaba tremendamente preocupada por cualquier "desenfreno" que hiciera perder el control de la situación. Para todos parecía una cuestión de cierta supervivencia cualquier teoría del control de las masas y producir partidos y sindicatos dirigidos y controlados por élites era fundamental. 



Sin embargo, con la putrefacción del Régimen del 78 que ahora empezamos a oler las mismas intenciones en contextos diferentes están enjaulando la posibilidad de avances conceptuales y ideológicos para el concepto de partido, de sindicato o incluso de país. Los aparatos se han instalado en la portería de cada organización y guardan las llaves de todo a buen recaudo impidiendo cualquier tipo de renovación. Esa imposibilidad de renovar desde dentro es la que está haciendo surgir nuevos movimientos sociales, nuevos partidos políticos como Podemos, Ciudadanos o Equo y nuevos experimentos políticos como Guanyem o Compromís o sindicales como Somos.

Esos nuevos movimientos surgen de la impermeabilidad de la que dota el Regimen del 78 a partidos políticos y sindicatos de cualquier signo ideológico. Cuando la cúpula se blinda es casi imposible de desalojar. Es más, en ese momento se inicia un proceso de "mobbing ideológico" que deriva en una diáspora de evasión que a veces cristaliza fuera. Es el caso de Podemos donde varios de sus miembros salen rebotados organizativamente de Izquierda Unida aunque ya venían rebotados ideológicamente de la falsedad de la socialdemocracia española y la rigidez del comunismo latente.

Por eso creo que es importante para una organización detectar sus caso de "mobbing ideológico" dado que habitualmente se producen sobre personas con la capacidad para generar alternativas. Si el mobbing ideológico de los aparatos es exitoso se quedará en el plano individual y el afectado simplemente huirá pero a veces los excluidos acaban por conocerse y así surgen escisiones que conflictualizan y desgastan o nuevas alternativas que directamente pueden acabar con el proyecto.


Así pues ¿existe el mobbing ideológico? Es evidente que sí aunque tradicionalmente se ha asociado como simplemente uno de los daños colaterales de toda lucha de poder entre "primates politicos". En un entorno como el actual convendría analizar el fenómeno desde una perspectiva nueva ya que las nuevas tecnologías y la nueva sociedad en red facilitan el contacto entre disidentes y la crisis de representatividad abre la puerta a nuevas alternativas.


  • Todo mobbing ideológico empieza con una captación de talento.  La organización detecta una célula que puede ser aprovechada (o saqueada según se mire). La organización intenta aprovechar la energía proporcionada por la célula sea en tiempo, en notoriedad o en capacidades. 
  • La nueva célula alcanza su nivel de intolerancia. Cualquier persona que llega a un colectivo para "cambiar las cosas desde dentro" choca con intolerancias y rechazos a dejar de hacer "lo de siempre". Ese choque se consiente mientras la energía proporcionada es superior y sobre todo mientras el estatus de la célula no pone en peligro el poder del aparato organizativo. Pongan aquí los nombres que quieran. Cuando la nueva célula entra en órganos y estamentos de la organización donde la difusión de su mensaje puede romper el equilibrio actual y generar un nuevo equilibrio el aparato se pone en marcha. 
  • Empieza la fase de guerra subterránea. Si el mensaje de desequilibrio es consistente y puede tener adeptos el aparato no suele ofrecer resistencia directa sino indirecta. Usará las redes informales (conversaciones privadas) para tejer una tela de araña de desacreditación personal y argumental del disidente. 
  • La guerra subterránea no dejará de funcionar hasta llegar al estado de "la pluralidad". El aparato ya ha estigmatizado al elemento disidente con diversas etiquetas. De esa manera cualquiera de sus intervenciones y actos está condicionado por esas etiquetas (friki?radical? utópico? idealista? loco?). Se le sigue permitiendo la expresión libre pero se le sitúa en el ámbito de "la pluralidad". Está bien que haya diversas opiniones siempre que ninguna de ellas ponga en cuestión el discurso dominante precocinado. 
  • Se espera el momento oportuno para hacer un "click". Tras ese click la guerra subterránea deja paso al vaciado de funciones y la espiral de silencio. El elemento disidente es desplazado de los centros de la organización a la periferia y sus opiniones son apagadas eliminando su aaudiencia Al estigmatizar y conflictualizar al disidente (traidor, mala imagen externa, falta de corporatividad...) se rompen sus redes de apoyo. Se vacían sus círculos concéntricos desde fuera hacia dentro hasta llegar al centro. Los aparatos políticos dominan la presencia en las listas, los presupuestos y la asignación de asesores. Los aparatos sindicales dominan la asignación de presupuestos y las horas sindicales. Te ahogan sin dinero, sin horas o sin presencia. 
  • Finalmente llega la fase de aislamiento y liquidación. Cuando el disidente ha sido estigmatizado, aislado y cauterizado se le liquida. Se procede a la estirpación. Para esa época la organización es inmune al intento renovador. El valor refugio para el resto de componenentes es la lealtad y la instalación en lo corporativo. El "efecto bystander" hará el resto. Nadie se pone en peligro a sí mismo para salvar a alguien en organizaciones ideológicas en fase de supervivencia. 

La lucha final del disidente es un juego bidireccional de estrategia. Aceptar la caridad del aparato o romper con la organización con los costes personales que eso comporta. Y una vez tomada la decisión de romper hacer un estudio de energía disponible para determinar si se mantienen suficiente batería para tejer una organización nueva. Sabiendo que el Régimen del 78 quiso que los partidos y sindicatos fueran controlados por élites dirigentes la única opción es romper con el Régimen del 78 y construir organizaciones horizontales donde los equilibrios se renueven constantemente y sea tremendamente complicado aplicar procesos de "mobbing ideológico" que no estén basados en el poder conservado sino en el poder adquirido. 

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