¿Cómo se cargaron las cajas de ahorro? Capítulo IV. El harakiri de la Obra Social

Los corsarios de la cajas de ahorro ya estaban dentro. Pero había un aspecto de las cajas al que no tenían acceso: la obra social. En este caso la banca voraz contaba con un aliado inesperado: la megalomanía.

La Obra Social de las cajas de ahorro tenía tres dimensiones. El primero era una especie de obra social de barrio mediante la cual los directores de las oficinas disponían de un dinero cada año para patrocinar o ayudar a pequeñas asociaciones, equipos de fútbol, iniciativas festivas con las que la caja colaboraba. De esta manera las cajas de ahorro se arraigaban e imbricaban con su entorno, el barrio con el que convivían y al que intentaban solventar necesidades financieras. La segunda pata era la obra social organizada de carácter asistencial. Se trabajaba con proyectos de carácter social para incrementar la calidad de vida de segmentos de población desfavorecidos o marginados. Finalmente aparecía la obra social de carácter cultural donde se mezclaban los mecenazgos con las exposiciones.

En el contexto temporal en el que las cajas sufren los ataques piratas se produce la explosión del ladrillo y eso afecta a la obra social de las cajas. De un lado, la pata cultural se sobredimensiona. Los egos directivos de las cajas solamente pueden presumir de una cosa: de su obra social. Eso conduce a la mayor parte de las cajas a poner luz a su obra social. Y para que una obra social pueda ser visible lo mejor son los inmuebles. La obra social se convierte -siguiendo la inercia social- en una constructora de espacios culturales adquiridos y puestos en valor por las cajas. Mientras tanto, las otras dos patas: labor social y proximidad se van reduciendo o congelando.

Además de todo ello surge la publicidad como medio de explicar y poner en valor la obra social. Los gastos de publicidad se asocian al nuevo concepto en voga de reputación social corporativa y permiten a algunas cajas presumir de su propio concepto. En ese momento la obra social deja de ser  una consecuencia lógica y empieza a convertirse en una coartada para casi todo. La obra social pasa de ser la fase final de un proceso a ser el prólogo de la actividad bancaria, la puerta de entrada al cliente. De ser algo asumido a ser algo presumido.

Actualmente las obras sociales están redirigidas a las fundaciones bancarias que han sobrevivido de algunas antiguas cajas. La mayor parte de ellas han desaparecido. Las que quedan en pie se han convertido en un reclamo publicitario, un discurso combinado llamado dividendo social, un entramado de reputación social corporativa, o incluso a veces solamente  un vestigio nostálgico de lo que representaron las instituciones más importantes de capitalismo social de la historia económica de España.

Cajeros que jugaron a ser banqueros necesitaban grandes inauguraciones y pirámides faraónicas que satisficieran su deseo de pasar a la posteridad. Mientras tanto, lo pequeño, la ayuda al barrio, a la fiesta, al equipo deportivo, se diluía cada vez más, las raíces se cortaban para que las flores lucieran más bonitas. La sociedad empezaba a detectar que las cajas ya no estaban cerca, se habían refugiado en grandes pirámides de faraones financieros. Las cajas ya no eran lo que fueron. Un árbol sin raices es demasiado fácil de arrancar por el viento.

Los bancos encontraron la complicidad de las cajas para acabar con el "dividendo social". La clave estaba en la palabra dividendo. Si no hay dividendo, éste nunca puede ser social. El liberalismo corsario necesitaba un harakiri, el sable de la imitación, la megalomanía y la ambición fueron el arma perfecta. Ahora solamente faltaba acabar con el arraigo y la confianza que las cajas despertaban entre sus clientes.

copyright © . all rights reserved. designed by Color and Code

grid layout coding by helpblogger.com