El jogo bonito sindical

Desde siempre existen dos manera de mirar un determinado aspecto de la vida. Atenas y Esparta. El Antiguo Testamento y el Nuevo Testamento. Hobbes y Rosseau. Mourinho y Guardiola. La izquierda no iba a ser una excepción.

En entornos de crisis abierta el resultadismo es una tentación demasiado cercana. Cuando una organización entra en modo supervivencia el corto plazo se adueña de todo y la desconfianza sienta sus nidos en todos los campanarios. El liberalismo salvaje consigue que interioricemos reglas en las que solamente gana el que las pone. La historia la escriben los vencedores contra los vencidos para reinterpretar el pasado. Las gafas del futuro son las mismas que miran los retrovisores.

Lo cierto es que la izquierda es un más un cómo que un qué. El fin condiciona los medios porque cuando no se sabe por qué se hacen las cosas se pierde la pasión y el entusiasmo. Y sin entusiasmo y pasión no hay nada pero especialmente no hay izquierda ni sindicalismo.

El sindicalismo es a la izquierda lo que el jogo bonito al fútbol. Estar en el centro de trabajo dentro de la función sindical es más un cómo que un qué pero sobre todo es un porqué. Implica creer, trascender, sentir, pensar, transmitir. Si se produce el giro copernicano por el cuál un sindicalista no se ofrece sino que busca algo, si se prescinde de un mínimo ejemplo, si se desinterpreta la realidad, si se desconfía de la gente, si se busca solamente una papeleta en una urna se perderá el vínculo. Se perderá el porqué. Y con ese porqué se perderá el sentido de cualquier intento de supervivencia. Porque sin un porqué no tiene sentido existir. 

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