Los viejos lugares comunes

Cuando el profesor Robles recibe la noticia de que se tiene que jubilar nada presagiaba el concepto de obsolescencia programada para las mentes humana. Su llegada a España fue un salto en trampolín hacia la moderna realidad líquida. Su hijo se había convertido en su espacio antitético. Se había convertido en un títere del dinero.

La butaca de un cine fue en una determinada época uno de esos lugares comunes que todavía vinculaban a las personas. Ahora se habla de nativos digitales pero hubo una época en que hubo nativos catódicos. El cine ha languidecido como lugar común, espacio compartido emocional y lazo que une a gentes en generaciones marcadas por películas. Aquellos adolescentes de los ochenta fuimos los primeros en crecer bajo la colonización cultural del sistema mundo capitalista norteamericano con la llegada masiva de sitcoms y cine de nueva factura internacional.

Aún así el cine se resiste a abandonar la hoguera de las conversaciones. Una muestra evidente de ello son los resurgimientos, las reediciones o incluso los aniversarios que configura una mística, mítica y métrica compartida.

Hace unos días se reestrenaba Blade Runner y sus naves ardiendo más allá de Orión. Su acción transcurre en 2019 donde un planeta en declive es la coartada para la eterna lucha entre lo humano y sus replicantes. La divinidad y la rebelión del sacrilegio del otorgamiento de la vida. Blade Runner es un lugar común para muchos de los poetas de bandas sonoras, una estrofa donde quedarte a dormir, un discurso para sentarte a las puertas de Tannhäuser.

Este año se cumple el 25 aniversario de Pretty Woman -sí, ya son 25- la película que demostró que las narraciones cambian de personajes pero no de historias. La cenicienta con botas que nunca besaba junto a un Grey más prudente de una época bañada en tonos más pastel.

No quiero dejarme un último lugar común de cuando el cine Oma reunía a todos los niños de un pueblo incrustado en una fábrica. Hace un par de meses todavía era posible ver en pantalla grande la última versión de Cinema Paradiso. Supongo que el pobre profesor Robles no podría evitar derramar una lágrima al ver quemar aquel cine italiano y saber que su hijo no es más que la metáfora de cualquier lugar común de antaño. También del cine. Entre tantas lágrimas en la lluvía, todavía queda espacio para un cuento de hadas en el que te marchas tras 99 días esperando a tu amada. Ya nadie espera tanto.

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