Ballestas

La aparición en La Isla Mínima de un fotógrafo de El Caso me llevó directamente a mi infancia. Lo que más me cautivaba de la portada del quiosco de al lado de casa de mi iaia Pepa no eran los tebeos, ni siquiera el Lib, el Private o Interviu. Era "El Caso".

Tanto es así que en la universidad cursé todas las asignaturas que pude de Derecho Penal y Criminología. Leía constantemente en las revistas que había por casa sobre los crímenes más famosos de la historia de España. Incluso cuando me he decidido a escribir algo parecido a una novela el protagonista es un asesino en serie.

No pretendo trivializar nada, ni faltar al respeto a ninguna víctima pero necesito quitarme la venda del dolor y del duelo, saltarme los análisis de película de acción, dinamitar la horca yanki que asfixia tantos análisis urgentes de tertulias necias y oídos sordos.

Tarantino usa la violencia en sus películas. Muchos la rechazan por gratuita. Yo comulgo con Tarantino en que la violencia obscena es la única que se puede espectacularizar. Porque yo cada día veo violencia invisible. Violencia enmascarada. Una violencia que consiste en ocupar un espacio de opresión, un papel asignado, un guión que te conduce a golpear sin tocar a otras personas, a andar por encima de sus cabezas para llegar a la cima desde donde te empujaran en el fuutro. Ocurre cada día en los centros de trabajo. Poca gente más parece verla. También en las escuelas, violencia en la televisión y violencia en el deporte. Todos los guiones de mis cortometrajes hasta ahora tratan de desenmascarar la violencia disfrazada de espectáculo.

La violencia suele tener que ver con algún tipo de frustración reprimida de manera individual o colectiva. La frustración nace de las expectativas. Nadie parece querer admitir que coger una ballesta es un síntoma. El síntoma de las expectativas falsas, de promesas de grandilocuencia, de un ejército de ganadores hipotéticos, de coleccionistas de "me gusta", de legiones de seguidores anónimos, de rencor anónimo, de convertir al prójimo en un producto de consumo, de éxito fácil de plató, de protagonismos perennes, de la sobreprotección consumista de la infancia, de aspirar a un tener y no a un ser, de la jibarización de la infancia, de la apología de la juventud, del miedo a la vejez, de la evasión lúdica del espectáculo permanente, de las genios que aparecen al frotar un botellón, de las pócimas mágicas con tónica que nos alejan de nosotros mismos, del gregarismo de festival de verano, del trampolín de un balcón de Magalug, de la alarma constante, de la liquidación del amor y las semanas fantásticas de una pareja en rebajas constantes, de la urgencia a largo plazo. De una promesa incumplida que una generación le hizo a otra.

La ballesta podría ser el símbolo de un fraude generacional, una promesa de un mundo fácil que un padre le hizo a sus hijos mientras alquilaba su presente y vendía su futuro. La ballesta podría ser el símbolo de una locura colectiva pero privatizada. De la ira del salón del casa. De las revoluciones de mando a distancia. De querer pasar a una historia idílica donde la responsabilidad no se une a los actos. Donde todo parece posible. Porque se vive en una pantalla.

Suerte y magía. 

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