Castelló no es de Castelló

Tras dejar la alcaldía de Sagunto la carrera política de Alfredo Castelló ya discurre por otros derroteros. Parece una figura emergente si nos atenemos a los últimos nombramientos. Ya lo fue en la era Camps como asesor de presidencia lo que deja clara la inteligencia política de nuestro analizado porque son dos etapas completamente diferentes y sobrevive a ambas. El manejo del timing es impecable. Entró en el PP cuando era un partido casi marginal y surfeó en la cresta de la ola hasta las más altas cotas de éxito municipal. Y justo antes de gestionar una hipotética derrota coge la tabla de surf y se va a otras playas.

Dicho esto queda como introducción para -reconociendo la inteligencia política de Castelló- analizar que sus primeros pasos con papeles protagonistas en la política valenciana me parecen desacertados y mal seleccionados. Y como dicen los americanos, solamente existe una ocasión para causar una primera buena impresión.

Está claro que en los partidos de primera linea la profesionalización del marqueting político es seria y bien estructurada. Especialmente cuando son partidos de derecha donde la disciplina en la distribución de las -pocas- ideas circulantes y la potenciación de la cohesión interna con fuentes casi militares de éxito. Parece bastante evidente que se le ha asignado a Castelló el rol de avanzadilla de desgaste y el de creador de agenda. Su primera función básicamente consiste en atacar al contrario y mostrar sus debilidadades para dejar al candidato el rol propositivo de sensatez y limpieza. En términos futbolísticos es un stopper que reparte en el centro del campo. Y ni en el campo ni en la política es una buena posición para Castelló. La segunda función es la figura del creador de agenda. Vendría a ser semejante a la del que en el bou de corda tiene que llevar el bou a casa de su novia. Su misión es atraer el máximo de atención hacia el tema donde el Partido Popular cree ser fuerte para que este tema entre en la agenda de pensamiento -y decisión- del electorado.

En la primera función Castelló podría lucirse. En la segunda función el rol asignado es un desastre. Una de las funciones asignadas a Castelló es bastante simple para el electorado de derechas. Las mentes conservadoras están extraordinariamente preocupadas por las amenazas externas. En eso la mentalidad agraria valenciana es un acicate. En este contexto la creación de la figura del infiltrado traidor es una estructura mental que facilita el voto emocional. Una de las únicas posibilidades de salvar los muebles para el PP es potenciar al máximo el voto emocional postmaterialista porque el voto racional tiene poco recorrido. En ese ámbito han decidido intentar levantar el fantasma identitario del "pancatalanismo". Lo tienen dificil ya que la mayor parte de las legislaturas de Camps se dedicaron a apaciguar el tema y de hecho -aunque como defiende Vicent Flor el blaverisme es el paradigma dominante- el tema anda ciertamante menos tenso y más racionalizado.

No entraré en el éxito -escaso para mi gusto- que esta estrategia puede proporcionar al PP porque el electorado valenciano ha demostrado de sobra su voto en la sombra pero sí creo que la decisión de enrolar a Castelló en ese viaje es un error descomunal.

Castelló es del Puerto de Sagunto -crisol de razas (ironía off-). El Puerto de Sagunto es un espacio pluridentitario. Podría decirse que incluso ajeado del valencianismo de cualquier tipo incluido el blavero. Su mentalidad es urbana e industrial y nada agrarizada. La del pueblo y la de Castelló.

Pero si eso no fuera suficiente, Castelló fue el gestor de un pacto -inverosímil para la época- primero con la Unitat del Poble Valencià en 1997 y después con el Bloc Nacionalista Valencià en posteriores legislaturas. Si no recuerdo mal bajo sus gobiernos han venido a Sagunto, Lluís Llach, Al Tall, Maria del Mar Bonet... no sé si me dejo a alguien. Su primer gobierno fue el creador del Gabinet de Promoció del Valencià i dels Premis Literaris Ciutat de Sagunt. Ambos proyectos en perfecta armonía con la filología internacional respecto al modelo lingüístico del valenciano-catalán.

Podría quedarme ahí pero creo que es adecuado señalar que instalar a Castelló en el rol de tensionador identitario saldrá mal básicamente porque sus mejores experiencias y habilidades durante sus mandatos políticos se han centrado en hacer todo lo contrario: manejar la distensión identitaria o la tensión reactiva del segregacionismo porteño frente al hidalguismo saguntino.

Me cuesta entender la asignación de rol y me cuesta entender el entusiasmo emprendido en ello por parte de Castelló. Básicamente porque Castelló no es de Castelló, es decir, que ahora mismo no es su propio personaje. 

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