El tamaño importa... también en banca.


Ahora mismo estamos incubando los problemas del futuro de la misma forma que ahora sufrimos los problemas del pasado.
Es fácil auditar el pasado. Y muy díficil prevenir el futuro. 

 La expansión bancaria de un país tan disperso en entidades forjó una subasta de precios a la baja y una política de riesgos laxa para captar todo el dinero que daba la construcción. Eso llevó a necesidades de capital más altas que se buscaron después por las buenas o por las malas. Y en esa montaña rusa los vigilantes de la banca miraban hacia otro lado. 

Derrocado el régimen de confianza entre clientes y bancos (teoría del ladrillo/colchón) resulta llamativo que los problemas que actualmente incubamos sigan siendo invisibles los ojos de la élite dirigente. En el presente nos dedicamos a resolver, vigilar y controlar los excesos del pasado mediante nuevas normativas como la calificación por letras (como la energética) de los productos bancarios y la misma MIFID que protege más a los bancos frente a futuras demandas que a los clientes frente a los abusos bancarios. 

Durante la década de los noventa las entidades se redujeron desde la absoluta dispersión a un mercado amplio y diverso donde existía una sana competencia en proximidad, productos y precios. Esto duró poco y fue más teórico que práctico. Pronto se disparó la locura del crédito. En todo caso quedó un número de entidades suficiente para garantizar una cierta competencia. 

La explosión bancaria española ha evaporado muchas entidades. Y ello nos lleva a un problema central: la dimensión bancaria. La consecuencia básica de tener pocas entidades de gran tamaño es que de producirse una nueva crisis bancaria cualquier banco será sistémico y por tanto imposible de dejarlo caer y habrá que rescatarlo públicamente. Ello obligará a socializar las pérdidas mientras se privatizan las ganancias. Un jaque mate de los directivos de banca que gozan de la inmortalidad en su gestión mediante contratos blindados o puertas secretas nada giratorias. 

Esta dimensión se está adquiriendo mediante dos métodos básicamente: la fusión de entidades de tamaño parecido y la dilución de entidades en otras más grandes mediante adquisición. 
En el primer caso se produce una especie de adolescencia empresarial. El cuerpo se desarrolla demasiado rápido y el cerebro no domina las dimensiones del cuerpo lo que produce ineficiencias por falta de know how y protocolos. Si a ello añadimos que el paradigma dominante ahora es la centralización de decisiones y el control férreo jerárquico hace más difícil ese cambio repentino de tamaño. El choque de culturas empresariales es difícil de resolver y las identidades bancarias tardan años en diluirse. 

El segundo caso es también peliagudo porque se produce un efecto de ancianización. La organización más grande tiene que hacer digestiones constantes de culturas empresariales. Esta hinchazón abdominal concentra la energía en la digestión y genera artrosis y una enorme pérdida de agilidad. El paradigma de control requiere cada vez más controladores en una estructura piramidal. Y como cualquier estructura acaba por caer cuando la cima es más ancha que la base. Como "els castellers catalans" es posible sostener varias unidades de carga por encima pero una más puede derribar el castell. Hay que acertar con la dimensión y con el ritmo de digestiones. Llegados a este punto se produce una cierta anarquía jerárquica donde se produce un dumping de decisiones o concurso de ideas constantes para regenerar el tejido de la nueva cultura empresarial resultante. Una especie de centrífugado de maneras de entender la banca. Ese caos organizado pasa desapercibido pero es un error de dimensión. El antiguo cerebro intenta inútilmente mandar sobre órganos trasplantados. Hay demasiadas decisiones que tomar para tan pocos decisores. Los embudos se multiplican y los agujeros negros de decisión aparecen por doquier. Las decisiones se dilatan o no se producen lo que multiplica las incidencias en una cadena de montaje de dinero. 

Tener pocos bancos y muy grandes es un problema de dimensión tanto para la sociedad como para las plantillas de banca. La posibilidad de constitución de un oligopolio de facto no hará ningún bien social aunque permita la supervivencia de algunas siglas durante algunos años. 
Acertar con la dimensión es probablemente la decisión estratégica más dificil. Saber exactamente donde está el coste marginal de ineficiencia. Decidir si adhiriendo una entidad más habremos llegado a nuestra umbral de incompetencia. Y eso puede estar pasando ahora mismo. 

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