Seven. Los siete pecados capitales de la política en Sagunto


Lujuria. El onanismo de la mayor parte de los partidos políticos que han roto todos sus puentes de diálogo y les impide establecer pactos duraderos de afinidad o consanguinidad. Aunque lujuria es también la ambigüedad sexual calculada a izquierda y derecha de tres de los partidos que se presentan como Podemos, Ciudadanos y UPyD que juegan a la bisexualidad, política el travestismo ideológico o incluso la ambigüedad hermafrodita.

Gula. El PSOE se autodevora con tanto entusiasmo que en Sagunto es un partido ideológicamente antropofágico, centrípeto y con intolerancias alimenticias varias. Un partido declarado en huelga de hambre en un mundo de nuevos vegetarianos ideológicos. Fagocitando facciones acabará por empezar una dieta estricta de votantes si sigue presentando un menú tan clásico como el gazpacho y la paella.

Avaricia. Compromís sigue enganchado al éxito hipotético y todavía no ha engullido su propio rol en una escalada ambiciosa de vértigos impredecibles. Si no deja de flotar con el paraguas de Mary Poppins y busca complicidades acabará encogido en la chimenea del deshollinador. Acumular amigos de mis enemigos no siempre proporciona amigos. Ser algo nuevo implica dejar algo atrás. Las muñecas rusas políticas pueden esconder proyectos pequeños.

Ira. Para ira la de Podemos que maneja la guadaña como nadie. Se predica verdugo y justiciero de cualquier proceso constituyente. Cobrador el frac de facturas pendientes. Vengador de la Casta. Mosquetero virtual. El Iñigo Montoya de la democracia prometida.


Pereza. La del Partido Popular es una pereza de cambio. La derecha de Sagunto se ha hecho más derechona que nunca y se ha tumbado en el colchón de las tradiciones y los espacios más rancios pasados por un filtro de Instagram. Pereza de salir de la zona de gestión, de la tecnificación de la rutina como lugar de encuentro, de tumbarse en la playa a tomar el gris de una nube de inercia, a la luz de una estrella que se apagó.

Envidia. La de Izquierda Unida que ha visto como han usurpado sus ideas, atenazado sus nidos electorales, secuestrado sus pasiones y seducido sus entusiasmos desde otros partidos nacidos del nicho de la novedad. Envidia de una oratoria renovada, de saber que se puede abandonar la nostalgia revolucionaria para descubrir una épica evolucionaria. Envidia de haberse quedado sin pelo para dejarse coleta. De quedarse sin pintura para los grafitis. Envidia de haber cedido la otra acera de una calle que era suya.

Soberbia. La de Segregación Porteña. Incapaz de reconocerse en un marco sin espejo. Inconsciente de su hidalguía. Extemporánea de su propio proyecto. Altiva en lo incondicional. Orgullosa de morir en los intentos. Rodeada por su propio foso y atacada por su propio dragón. Perdida en un mapa que ya no le lleva a ninguna parte. Mandando postales a un código preexistente. Como un yanki en la corte del Rey Arturo. Como Obelix fuera de su marmita.





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