La paradoja del cine mixto, industrial, comercial y artesanal en La Dama de oro

Una de las decisiones más complejas que ha de adoptar un creador es a quien dirigir su obra. En el cine esta decisión se ha convertido en trascendental. Es decisivo saber a qué público va dirigida tu película. Saber cuánta gente puede abarcar. 

 Sin embargo, el cine sigue siendo el arte de contar historias con una cámara, el arte de dirigir la mirada, de domesticar el ojo. Y no a todo al mundo le interesan las mismas historias aunque haya historias que son eternas. 

 Los americanos son los reyes del negocio. Los indios la cara b del cine de masas y los europeos seguimos pensando que el cine es una sala oscura donde se acude a mirarse en un espejo, a mirar por una mirilla nuestra propia vida, a cerrar los ojos y navegar en el interior de otras personas. Seguimos pensando en el cine como artesanía, como el espacio de intimidad de un autor que se desnuda, de varios personajes que se abren en canal, una melodía constante de suaves conflictos que atenazan la existencia de cualquier ser humano. 

 America es el país de los sueños. Quizá por eso hayan convertido los sueños en una industria. El cine industrial es clónico. Semejante. Plano. Diversión en looping. Una simple montaña rusa rítmica de persecuciones o emociones. Chico gusta a chica pero hay un obstáculo. Héroe necesita salvar a víctima y supera pruebas. Unas pocas historias repetidas hasta la saciedad como una fábrica de jeans customizados con la misma base. 

El cine comercial es pretencioso. Ambiciona la artesanía pero no profundiza. Se ocupa de la lágrima, del latido, de la excitación, de la seducción. Sus personajes no asaltan ni un solo espacio, un solo dilema, si es que llega a surgir el conflicto. Los buenos son muy buenos. Los malos son muy malos.

La dama de Oro sigue aún en sus pantallas. Es un producto extraño en el que realmente se abordan conflictos internos severos pero se hace siempre desde la épica de unos violines que desafinan constantemente. Una nueva recreación del genocidio nazi a mayor gloria del sistema mundo americano surgido tras la segunda guerra mundial que legitima la justicia universal convertida en temor universal. Sin embargo, el toque inglés le otorga algo, le otorga algo de intimidad, algo de hieratismo, una sacudida de sencillez que no acaba de estropear el edulcorante americano. 
 Y así emerge una especie de cine mixto, que vale la pena probar.

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