Patos para listos

El Puerto de Sagunto tiene poco más de un siglo. La tradición de soltar patos no puede ir más allá por tanto. Es una tradición pensada para un pueblo de clase obrera donde comer carne constituía un privilegio casi festivo. 
Los diversos espectáculos con animales, la diversión a costa del sufrimiento animal, constituyen uno de los mejores ejemplos de la plaga que supone hoy en día la especie humana para el planeta. Conceptualmente el ser humano ha querido constatar su superioridad mediante diversos procedimientos. Más allá de la alimentación (la caza como deporte ya es perversa) el ser humano ha instalado festejos que son rituales de dominio sobre el resto de las especies. Así surgen la mayoría de ellos, espectáculos de domesticación en circos o de sufrimiento en la calle, incluso las matanzas de cerdos eran una tradición en algunos pueblos (por ejemplo el de mis abuelos). 
Los espectáculos con animales son la mejor metáfora del problema que está generando la especie humana. Los taurinos lo son especialmente. Por un lado suponen conceptualmente el sometimiento de un animal noble y fuerte al poder del ser humano. Por otro lado filósoficamente suponen la demostración -llegada desde la Ilustración- del yo racional (ser humano) capaz de dominar a sus instintos animales (el toro). Ambas teorías se han demostrado falsas y perjudiciales para el equilibro natural de este planeta. El ser humano es diferente pero no superior. Intentar demostrar esa superioridad sin respeto y con perversión ha hecho que despreciemos a nuestro propio planeta hasta acelerar su envejecimiento. La otra teoría también se ha demostrado falsa. Somos racionales y emocionales, incluso a veces más emocionales que racionales, más instintivos que lógicos. 
Acabar con tradiciones absurdas como tirar patos al agua para establecer una anodina lucha por cogerlos no deja de ser una demostración más del problema conceptual que tenemos como humanos. Divertirnos con el sometimiento es perverso. Y además conduce al abismo. 

Deudocracia


Grecia es tan importante como lo fue Latinoamérica en los ochenta. El capitalismo salvaje necesita laboratorios, escarmientos y demostraciones de poder. Recuerdo de pequeño oír en el telediario hablar de la "deuda externa" y de la "condonación de la deuda externa" siempre relacionada con países latinoamericanos. Poco después con la acampada del 0,7% de los noventa volví a oir el concepto "deuda externa" relacionada con los países africanos. Finalmente, en mi viaje a la India viví en directo el proceso que ahora explotará en Asia.

Primero te invitan a una raya de crédito. Otro día te invitan a otra. Entonces decides pillar más de esos créditos. Es fácil. Te los ofrecen por todas partes. Con eso vives un tiempo gastando sin problemas. Siempre hay un poco más de crédito. Y entonces zas, se van a otra parte y te dejan con un montón de deudas.

Y en ese momento lo sabes. Tu mono de crédito se retroalimenta. Para devolver el de ahora necesitas otro. Y tu soberanía, tu autonomía y tu vida se van por el sumidero de los intereses y la prima de riesgo. Nadie te prestara porque ya te han prestado demasiado. Y entonces te tienen donde querían. Si quieres más tendrás que hacer lo que ellos digan.

Algunos ingenuamente pensábamos que la tecnocracia había sustituido a la democracia. Son insaciables y van más allá. Ahora son simplemente los acreedores los que deciden como tienes que vivir y respirar. Es pura deudocracia. Ellos deciden porque si no... no te dan más crédito. El dinero lo pudre todo. Por eso, yo me he hecho Varufucker. Troika go home. 

Good Friday y el sometimiento por infantilización

La anulación de la voluntad es una de las premisas de cualquier religión/secta u organización que pretenda preservar su cohesión jerarquizada de manera sostenida. Se trata de fomentar la obediencia ciega porque ello garantiza el statu quo vigente de manera que nadie cuestione las instrucciones y valores que provienen de la unidad central. 



En Caixabank se ha puesto de moda el sometimiento por infantilización. En otros post hablamos de la instalación del vector de la desconfianza que la crisis había llevado a todas las organizaciones en España. De poder hacer cualquier cosa en la oficina a no poder hacer nada sin un montón de laberintos de filtros posibles. Lo llaman bancarización aunque a mi me gusta más bunkerización. La instalación de la desconfianza lleva aparejada la robotización de las unidades de producción. Si es la unidad central la que debe controlarlo todo y no sus células de red entonces las células de red deben ser automáticas, intercambiables y obedientes. De este último aspecto nos encargaremos hoy.

La obediencia ciega se consigue básicamente con miedo. Pero existen mecanismos mentales ensayados para obtener los automatismos necesarios. En mi banco el miedo actualmente proviene de diversos vectores como la dialéctica de las reuniones o la rotación laboral excesiva y caprichosa de cargos fruto de una parabanca intensiva en dedicación y tiempo que denosta la inteligencia social y emocional adquirida con la experiencia. Sin pretender acumular temas la última moda en Caixabank se llama Good Friday. Se trata de un experimento comercial consistente en salir todos los viernes por parejas de cargos de subdirección de todas las oficinas para visitar comercios y empresas. Con un detalle infantil: hay que hacerse un selfie y enviarlo.

No es el primer antecedente de infantilización. No hace mucho una DAN tenía que hacer una especie de "Carrusel  Deportivo" y enviar cada seguro que contrataba una mañana. Después se le reenviaba a los demás como un "Minuto y resultado". En otra DAN se hizo una competición parecida a las que hacía Torrebruno de Tigres contra Leones. Divididos por grupos competían vendiendo seguros a tres euros por un premio ridículo. Pero quizá el momento más excelso de la infatilización fue la gala de entrega de premios a las mejores oficinas de este año. Para tal evento se distribuyeron pañuelos y gafas de gran tamaño (como las de Pepe Gafez de "Al ataque", si te acuerdas). Su titular era "Gafas para pensar a lo grande". Los pañuelos eran azules y querían hacer una especie de homenaje al momento fallero. Los pañuelos solamente consiguieron que gente vestida de gala apareciera fatal en todas las fotos. Las gafas sirvieron para que durante un breve minuto mientras empezaba a hablar el DT/líder espiritual un fotógrafo hiciera una foto a un montón de adultos bancarios convertidos en niños. La actutid del speaker acabó por llevar todo aquello al terreno de Barrio Sésamo.

¿Por qué ahora sucede esto? Es sencillo. Las oficinas han quedado reducidas a meros autómatas de gestión comercial. Se las considera inmaduras para pensar por sí mismas. Por tanto, son niños bancarios a los que hay que entretener con juegos comerciales diversos. Todo ello sin olvidar la espectacularización y americanización creciente de casi todo en la sociedad de la diversión eterna. El "Good Friday" es la última moda. Hasta el nombre es grotesco y sin sentido porque el origen es Black Friday y se trata de un día de condiciones muy ventajosas para los clientes. Aquí no hay ninguna condición ventajosa. Aquí solamente se sale y se hace un selfie. Rompiedo agendas, compromisos, firmas, vacaciones, en definitiva los ritmos vitales de cada oficina. Todo eso da igual porque la obediencia ciega de órdenes absurdas es el mejor síntoma de control mental. La unidad central puede estar contenta. 

Ahora o nunca

La cámara recoge todo lo que uno tiene delante. Es inevitable. Cualquier película es deudora de su momento social e inevitablemente lo transpira. Haciendo zapping el domingo mismo apareció “Yo soy el vaquilla”, una de aquellas películas de los ochenta que nos hacen recordar fácilmente de dónde venimos incluso a pesar de la mala calidad de su factura. El espejo social se sitúa detrás de los actores e incluso detrás de la historia y aparecen un conjunto de sombras que se convierten en los verdaderos mitos de la caverna.



Quizá por eso soprende que los guionistas de “Ahora o nunca” hayan conseguido transgredir ese principio básico. La película con buenos niveles de taquilla sigue la estela de “Ocho apellidos vascos” con Dani Rovira y Clara Lago más una historia de amor por medio. Pero como en muchas secuelas olvidan el alma del origen. Ocho apellidos vascos también fue un conjunto de gags a mayor gloria de un Dani Rovira haciendo de Dani Rovira. También fue un refrito de estereotipos y lugares comunes de la middle class de este país. También recogió la lluvia de inspiraciones externas como “Bienvenidos al norte”. Pero "Ocho apellidos vascos" tuvo el valor de atacar cuestiones centrales y ponerlas por primera vez en clave de humor. Se atrevió a bromear sobre el conflicto vasco y lo hizo con conocimiento de causa.

“Ahora o nunca” consigue incluso lo que no consiguió aquel cine de los sesenta con Alfredo Landa y José Luis López Vázquez; consigue esquivar un época y convertirse tan solo en la traslación de varios fenómenos televisivos a la gran pantalla. Los personajes caen en paracaídas sin saber ni de qué trabajan. La historia se ata con típicos complejos de inferioridad idiomáticos, bullicio made in Spain, algunos retoques de Erasmus y una Gymkana que acaba por ser un galimatías. "Ahora o nunca" consigue reflejar una España idílica que sigue adelante sin mirar hacia abajo.

La comedia española de bajo perfil se está convirtiendo en el refugio económico para muchos profesionales. "Ahora o nunca" presenta imprevistos toques de calidad en la fotografía o la banda sonora. La historia intenta servir a todos los públicos y aunque consigue arrancar varias sonrisas es precisamente eso lo único que consigue: arrancarlas. La tele se ha convertido en el trampolín de la piscina grande, el anzuelo del big fish. Tanto es así que en algunas películas convendría casi poner anuncios para hacer un descanso.

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