Ahora o nunca

La cámara recoge todo lo que uno tiene delante. Es inevitable. Cualquier película es deudora de su momento social e inevitablemente lo transpira. Haciendo zapping el domingo mismo apareció “Yo soy el vaquilla”, una de aquellas películas de los ochenta que nos hacen recordar fácilmente de dónde venimos incluso a pesar de la mala calidad de su factura. El espejo social se sitúa detrás de los actores e incluso detrás de la historia y aparecen un conjunto de sombras que se convierten en los verdaderos mitos de la caverna.



Quizá por eso soprende que los guionistas de “Ahora o nunca” hayan conseguido transgredir ese principio básico. La película con buenos niveles de taquilla sigue la estela de “Ocho apellidos vascos” con Dani Rovira y Clara Lago más una historia de amor por medio. Pero como en muchas secuelas olvidan el alma del origen. Ocho apellidos vascos también fue un conjunto de gags a mayor gloria de un Dani Rovira haciendo de Dani Rovira. También fue un refrito de estereotipos y lugares comunes de la middle class de este país. También recogió la lluvia de inspiraciones externas como “Bienvenidos al norte”. Pero "Ocho apellidos vascos" tuvo el valor de atacar cuestiones centrales y ponerlas por primera vez en clave de humor. Se atrevió a bromear sobre el conflicto vasco y lo hizo con conocimiento de causa.

“Ahora o nunca” consigue incluso lo que no consiguió aquel cine de los sesenta con Alfredo Landa y José Luis López Vázquez; consigue esquivar un época y convertirse tan solo en la traslación de varios fenómenos televisivos a la gran pantalla. Los personajes caen en paracaídas sin saber ni de qué trabajan. La historia se ata con típicos complejos de inferioridad idiomáticos, bullicio made in Spain, algunos retoques de Erasmus y una Gymkana que acaba por ser un galimatías. "Ahora o nunca" consigue reflejar una España idílica que sigue adelante sin mirar hacia abajo.

La comedia española de bajo perfil se está convirtiendo en el refugio económico para muchos profesionales. "Ahora o nunca" presenta imprevistos toques de calidad en la fotografía o la banda sonora. La historia intenta servir a todos los públicos y aunque consigue arrancar varias sonrisas es precisamente eso lo único que consigue: arrancarlas. La tele se ha convertido en el trampolín de la piscina grande, el anzuelo del big fish. Tanto es así que en algunas películas convendría casi poner anuncios para hacer un descanso.

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