Atrapa "su" bandera

Que "Atrapa la bandera" sea una película española podría no superar el límite de la anécdota o ir mucho más allá de lo trascendente. Podría no superar el límite de la anécota porque nada de lo que sucede en la película entronca con lo autóctono. Los personajes están diseñado desde una perspectiva norteamericana, sus facciones son típicamente yankis, los conflictos emocionales que deben afrontar son típicamente anglosajones, la historia sucede allí e incluso los carteles están en inglés. Sin embargo, que esta película tenga DNI resulta más trascendental de lo que de inicio podría parecer. 

"Atrapa la bandera" presenta estándares de calidad de cine industrial norteamericano. Sublima la colonización cultural de historias, narrativas y técnicas hasta el infinito. La factura técnica es impecable como acostumbra a hacer la industria cultural de Hollywood. Incluso podría decirse que más allá de lo necesario porque en determinados objetos el realismo abandona el espacio de los dibujos animados. El guión sigue los designios de la simplificación de tramas que hubiera aconsejado cualquier productor estadounidense. Y el planteamiento de etapas del héroe y conflictos a afrontar es de puro highschool. 

La película entronca con una de las lineas del cine español actual que viaja con determinación hacía afrontar el cine como negocio para vender películas. La otra linea cultiva la técnica al servicio de historias en espejos donde cualquier lugareño podría verse reflejado. Por poner casos extremos la saga de "Torrente" y "La Isla mínima" abordan ese punto de fractura donde la historia todavía es propia aunque la factura técnica sea de escuela de élite o de producto basura. Las dos tienen en común personajes y tramas inteligibles para propios y no para extraños. 

"Atrapa la bandera" viaja a la luna desde el único lugar donde la grandilocuencia es capaz de convivir con el simplismo. Una muestra evidente de las continuas batallas perdidas contra la uniformización industrial de la factoría mundial del cine. Y que, por tanto, será del agrado de las mentes todavía en blanco de las personitas que andan por casa. Porque ellos ya nacieron rodeados de pantallas y enmarcados en historias que suceden a once mil kilómetros de distancia. 

Un rato divertido en familia más apto para chicos destinados a ser ingenieros que para el resto de la familia. Y con el aliciente de que el doblaje lo ha hecho un monologuista que acabó de actor y vive subido en una ola mediática. Para no perderse como desde España también se puede hacer buen cine norteamericano.  

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