Cuando no existía el bullying... o quizá sí....

Creo que esto de los blogs no tiene mucho sentido si uno no pone de su parte. Si uno no se desnuda y abre su vida y su mente para que otras personas entiendan que lo raro es lo normal.

Acaba de empezar el colegio y por cuestiones de pareja y de familia ahora tengo muy cerca personitas que de vez en cuando me retrotraen a mi infancia y me tienen sensibilizado con nuevas situaciones.

El otro día recordé que de pequeño fuí acosado. Iba al colegio de Begoña. Begoña era un colegio donde la violencia era palpable. El Puerto de Sagunto era un pueblo de supervivientes donde la violencia era cotidiana. Las pandillas de wichiteros quedaban con los de Churruca para pegarse. A mi me intentaron robar el reloj varias veces alguna a punta de navaja. A finales de los setenta y los ochenta la violencia era algo con lo que convivir en España pero mi España eran los descampados del Puerto de Sagunto y el colegio de Begoña.

Creo recordar que se llamaba Julio. Y digo "creo" porque mi memoria ha intentado borrarlo todo y apenas recuerdo algunas imágenes mentales que se me han quedado grabadas. Me esperaba al salir de clase. A eso de las cinco. Nunca lo hacía en la puerta del colegio ni dentro del colegio. Me esperaba fuera. Una de las imágenes que guardo es la de un puñetazo en el estómago que me dejó sin respiración. Fue al lado de la misma comisaria de policia. Allí había un Instituto de  Enseñanza Media o lo que quedaba de él donde se podía jugar después de clase. Al volver del colegio tenía que ir a recoger a mi hermana que iba al Convento (no era monja... su colegio se llamaba así comunmente). Así que tenía que pasar por dos o tres calles obligatoriamente. Allí me esperaba. Yo bajaba la cabeza y empezaba a temblar. Me decía algo para provocarme. Yo no contestaba. Miraba al suelo y seguía. Entonces me pegaba. A veces en la cabeza simples cachetes otras puñetazos para tirarme al suelo.


En la nebulosa de mi memoria donde quedó todo tengo la sensación de que duró poco. No quise decir nada en casa. Al menos yo no lo recuerdo. También me daba miedo decir algo en el colegio. En Begoña eran frecuentes las palizas en el mismo patio del colegio. No eran consentidas pero eran frecuentes hasta que llegaba algún profesor que por casualidad pasara por allí. Yo tenía miedo. Bueno terror. Bueno pánico. Además Begoña no era un sitio para niños llorones, cobardes y sensibles. Y yo era bastante cobarde y sensible.

Se pasó sin más. Se aburrió de pegarme. Quizá fue una resistencia pasiva basada en que me quedaba paralizado porque no entendía por qué me odiaba y quería humillarme. Yo no conocí el concepto "caer mal" hasta bien entrada la adolescencia. No entendía nada. No recuerdo casi su cara. Solamente recuerdo el miedo cada tarde. Estar pensando toda la clase en qué camino tomaría hoy para intentar que no me pillara.

La sociedad aparentemente es menos permisiva con la violencia física pero los episodios de crueldad psicológica con los niños raros, diferentes o destacados son cada vez más duros. Los móviles relatan simplemente lo que ya existía. Julio necesitaba sentirse superior a mi o algo así. Es lo único que con el tiempo he llegado a entender. Y déjenme que en mitad de una confesión les haga una reflexión ideológica. El tardocapitalismo convierte todo en objeto de consumo.  Al "otro" también. Y todo el sistema se basa en el binomio sometimiento-sumisión, apropiación-destrucción.

Cuiden mucho de sus hijos. Especialmente de los acosadores. Porque ellos también tienen un padre y una madre que creen que su hijo es un encanto.



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