El puente de los espías

La factura de Spielberg siempre es impecable. Es un sello de garantía, una especie de ISO del cine. Así es la última película de la factoría: "El puente de los espías". Su título no deja ya lugar a dudas. Así que no desvelamos nada si contamos que sale un puente y hay espías y que ambas cosas admiten lecturas variadas. El puente como resolución de un conflicto y los espías como peones del mismo. 

Los peajes del cine industrial americano implican que existe un guión mental prescrito del que es difícil huir. Y parece que los hermanos Coen lo han intentado solamente por capas. Es un guión preescrito durante décadas, una especie de catalejo de visión en túnel que obvia todo lo que queda fuera de su mirada. Especialmente eso ocurre si se habla de la guerra fría. El guionista acaba por ser prisionero de una determinada construcción histórica que implica simplificación y maniqueísmo. Si uno entiende estos axiomas de la narrativa visual estadounidense y es capaz de aislarse de determinados clichés de propaganda innecesarios a estas alturas de la vida podrá adentrarse en un maravilloso cuento de espías de buena arquitectura visual y narrativa.
Los hermanos Coen hilan una historia que incluye bases dramáticas de sobremesa americana pero sin embargo, detrás se ven sombras alargada que hablan de la individualidad frente a la masa, el miedo frente a la calma, el arte frente a la guerra, el diálogo frente a la violencia y el contacto frente al rechazo.
La primera capa quizá huela demasiado a vainilla donde un abogado americano se ve inmerso en una trama de espías en mitad de la guerra fría. El secuestro habitual del hombre americano (superhéroe cotidiano en épocas de miedo) llamado por la historia de la grandilocuencia y por otro todo un conjunto de arquitecturas visuales entre muros, vallas y puentes donde el espacio se convierte en un personaje más de la película.
El dibujo de "los malos" parece caricaturesco, incluso el de los buenos también lo parece por momentos. Pero el espectador lo llevará con paciencia y cierto gozo. Al fin y al cabo es entretenimiento. No es la verdad porque la verdad puede estropear una buena película.

Lo que ocurre es que más allá de todas sus grietas de cosmovisión su aspecto general es el de una trama que te seduce y te lleva navegando de un lugar a otro saltando de una casilla a otra de un juego al que quieres jugar. Te quedas pegado a tu asiento y miras fijamente a una pantalla muerto de curiosidad por saber qué le pasará a ese personaje del que te acabas de hacer amigo. Y ferviente admirador. 

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