¿Por qué elegimos idiotas?

Uno de los mantras del capitalismo es la meritocracia. La meritocracia implica que en términos humanos sucede lo mismo que en términos económicos con mercados eficientes, es decir, que son los elementos más válidos los que ocupan los espacios de decisión más valiosos. 

Es un espejismo más de un sistema en decadencia que está conduciendo a la humanidad hacia el desastre. Thomas Pikkety se ha encargado de demostrar que la riqueza esencialmente es heredada con lo que el sueño de la meritocracia es inconsistente y válido para casos muy excepcionales aunque sean llamativos.

Además muchos estudios demuestran ya la ausencia de mercados eficientes. Se trata de mercados en los que se rompe el concepto de eficiencia deliberadamente porque uno o varios de los elementos del mercado se ven favorecidos. No hay más que mirar el oligopolio energético o el oligopolio mediático. El tardocapitalismo permite eso con demasiada frecuencia.

Paralelamente al capitalismo ha circulado en los últimos cincuenta años la idea de la democracia. Eran dos conceptos que iban de la mano hasta que el capitalismo ha encontrado en regímenes dictatoriales otro campo en el que florecer -quizá con más entusiasmo- como China. La democracia era la traducción política del capitalismo donde los consumidores (votantes) elegían en un mercado eficiente (elecciones) a las personas que debían ocupar los espacios de poder.

Los contagios entre las dos estructuras (económica y política) parecen ya más que evidentes. De un lado está claro que los criterios políticos han invadido los nombramientos en las empresas. Ya no solamente por las puertas giratorias sino porque los criterios para elegir las personas que ocupan cargos de relevancia son criterios semejantes a los políticos (seguidismo, cooptacion, gregarismo y protección del grupo). En términos políticos sin embargo las decisiones de voto se parecen cada vez más a las decisiones de consumo (más emocionales y menos racionales).

En un contexto así en el que en nuestro día a día laboral y político detectamos que los idiotas pueblan las altas esferas y en términos políticos los idiotas reciben gran número de votos ¿por qué elegimos idiotas?

Elegimos idiotas por un simple mecanismo de consumo: elegimos aquellos productos que somos capaces de entender sin demasiado esfuerzo y nos reportan más placer (diversión, entretenimiento, emoción). Cuando la política abandona el campo de la pedagogía se limita a recoger campos estadísticos. Así, el mensaje es más amplio cuanto más sencillo es. Simplificar el mensaje es clave. Pocas ideas y poco elaboradas. Los votos de la gente inteligente son menores cuantitativamente y más dificiles cualitativamente por lo tanto es mejor dirigirse a un público más amplio que pondrá menos pegas. El precio del voto es mucho más barato en el centro de la campana de Gauss. Por puro mecanismos de identificación una persona elegirá a quién considera su semejante, aquella persona que representa mejor sus intereses e inquietudes. Por tanto, eliminen ustedes como elegibles a personas excéntricas, singulares, peculiares o incluso a los geniales porque nadie entenderá su comportamiento. Para resultar elegido por un grupo debe ocuparse un espacio convencional en ese grupo y espolear sus valores grupales.

Esto es más grave en la mitad de la sociedad que tiene una mente conservadora con fuerte aversión al cambio y altos índices de miedo a casi todo. Hacer lo de siempre es propio de idiotas porque no hay nada más permanente que el cambio. Sin embargo, conservar lo de siempre (o lo de antes que es lo mismo) es uno de los motivos de voto más importantes. Y hacer lo de siempre es una estrategia empresarial de primera magnitud.

En las empresas elegimos de manera descendente (de arriba hacia abajo). Pero también elegimos idiotas porque son más útiles. No cuestionan las órdenes, se dedican con abnegación, comparten los valores del grupo de manera acrítica, son fáciles de convencer y de engañar, suelen tener mucho miedo por lo que son fáciles de dirigir. En política elegimos de manera ascendente. Sin embargo elegimos idiotas porque son los que más se nos parecen. Elegimos idiotas porque les entendemos cuando hablan. Elegimos idiotas porque son la garantía de que no habrá grandes cambios porque son incapaces de generarlos. Elegimos idiotas porque estamos idiotas.

Nadie cree ser idiota y no todo el mundo lo es. Pero quizá nuestra manera de relacionarnos nos convierta en idiotas. Quizá  un grupo de personas inteligentes pueda constituir un grupo idiota al convertirse en grupo. Cuando un grupo se reúne se deben realizar actividades y usar un lenguaje que sea común a todo el grupo. Para eso hay que simplificar el mensaje al máximo. Porque un grupo circula a la velocidad a la que circula el más lento del grupo (salvo que se acepte la posibilidad de la desconexión interna del grupo). Por tanto, bastará un idiota en un grupo relativamente amplio para que el grupo se comporte bajo el paradigma de la idiotez por simple gregarismo o incluso solidaridad-lástima. Pensemos en un grupo que va al cine. Necesariamente elegirá una película que le guste a todo el mundo (si eso es posible) y para ello elegirá probablemente la más idiota porque se considera que es la menos lesiva para el grupo. El comportamiento en masa puede convertir individuos inteligentes en grupos idiotas con la simple presencia de una minoría idiota.

Y qué es una empresa o un electorado sino un grupo de personas. ¿Y cuál es el grupo más amplio socialmente? Sí, ha acertado... los idiotas. 

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