Siete veces siete

Mi mala memoria hace que casi nunca pueda certificar lo que recuerdo. Debió ser en diciembre de 1987. Tenía quince años. Estudiaba y jugaba al fútbol. Y cuando no jugaba, veía o escuchaba fútbol. Todo el fin de semana. Todas las paredes de mi cuarto salvo el techo estaban empapeladas con posters del Valencia de varias épocas. Era una especie de mausoleo obsesivo que ahora asustaría a cualquier madre. Ahora estaría diagnosticado. Sin embargo, mis padres me dejaron llenar de agujeros de chinchetas las paredes porque aquel niño tímido e introvertido no parecía tener otra pasión. No pedía salir por la noche. No pedía grandes regalos. Solamente era feliz en un campo de fútbol. 


Así que no pudieron negarse cuando pedí el pase de media temporada que quedaba para la temporada 87/88. El mayor fichaje de ese año había sido Ciraolo. Y el gran ídolo de la afición era Alcañiz. Ese era el nivel de mi pasión. 

Mi madre me acompañó a las oficinas donde entré con 4500 pesetas para comprar el pase de media temporada. Y me dieron un balón que aún conservo impoluto con las firmas de los jugadores. Sali con los ojos brillantes porque no esperaba ese balón. 
Tampoco pudieron negarse a dejarme ir sólo a Mestalla con quince años. Sí, en el autobús iba con un grupo de valencianistas de Canet pero en el campo estuve media temporada solo. Sin nadie. Con quince años. En el gol norte. Era imposible negarle a aquel niño de mirada triste su única pasión. 

Recuerdo que el corazón se me aceleraba nada más ver las luces de Mestalla al llegar al Renasa a la entrada a Valencia. Como si yo realmente fuera a jugar. Incluso me disfrazaba de aficionado. Aplaudía las recaudaciones como el que ahora colabora en una especie de crowdfunding de salvación del Valencia que venía de la segunda división. Todavía había almohadillas y odiábamos a Soriano Aladren. Se pitaba a los árbitros catalanes. Mestalla siempre ha sido el espejo de Valencia. 

Mi recuerdo es que la capital había dimitido. Un Valencia de segunda no era suficiente para ellos. Mestalla se llenaba con la gente de pueblo. Más humilde. Blasco Ibañez se llenaba de autobuses y ponía el cartel de cada pueblo en su vidriera. Así sabías que el Valencia era "de poble" y transversal. No atraía arribistas ni presuntuosos porque no había nada de que presumir. Había que luchar para que en enero no perdiéramos todas las esperanzas de cualquier cosas. Había que luchar por sobrevivir. Resucitar un Valencia que habían ahogado hasta llevarlo a segunda, recuperar la autoestima de ese grupo que se negaba a ser del Madrid o del Barcelona. 

No todo es nostalgia. Es descripción. No había nada que ganar. Nadie lo esperaba. Esperaba algún destello, algún triunfo parcial, hacer una buena temporada, que el secretario técnico fichara barato y saliera bien. Que los chavales de casa crecieran entre el cariño de la gente de Mestalla. Silbar a Bossio porque fallaba un pase cuando todavía existía el "stopper". Aplaudir a Arias cuando conseguía pasar de medio campo. O en los mejores tiempos ver un balón largo que caía a los pies de Lubo Penev y descubrir que un patadón podía ser un pase si era él el que estaba cerca. Sabíamos quiénes éramos. Las clases populares de cada pueblo que asistían a Mestalla con la misma devoción que alguién acude a misa y no espera que su iglesia sea la más grande. Mi primo venía de Xàtiva y yo del Puerto. Nos veíamos ese rato. 

No es nostalgia. Es descripción. En aquel fútbol el entrenador era un alineador que no encerraba a sus jugadores en un dibujo táctico. Arriesgar en el uno contra uno era lo normal. Un pase largo diagonal era un pase lógico. El balón todavía circulaba por el aire y se rifaba. Existía un líbero que cubría las carencias de la defensa. Llevar un número en la camiseta significaba algo, un rol, una manera de estar, un tipo de persona. No mirabas igual a  un nueve que a un cuatro. Apenas había publicidad en algunas camisetas. El escudo lucía puro. Había limitación de extranjeros con lo que tu equipo solía ser tu ejército social. Tu identidad deportiva como pueblo. El Barça era més que un club. El València era un sentiment. La grada no exigía nada porque no esperaba nada. La grada asistía y animaba. Se pagaba la entrada como el que compra una rifa. No esperabas nada a cambio más que la posibilidad de que te tocara un día una pequeña alegría. Solamente honradez. Del Valencia bronco y copero solamente esperabas un intangible que reunía ganas, entusiasmo, coraje, convicción, honestidad, humildad y lucha. Nadie esperaba títulos, tenía sueños y esperaba incertidumbre, ilusión. Ganar más partidos de los que se perdía. Mirar más hacia arriba de la tabla que hacia abajo. Esperaba a los de siempre y a alguno nuevo que creyera en lo mismo. 

No es nostalgía. Era un modo de estar y vivir el fútbol. Fanática a veces, serena otras pero realista. Humilde siempre, con la autoestima de quien sabe cuál es su lugar en el mundo, con dignidad pero sin orgullo. 

Sería largo contar cómo aquel niño dejó de ir a Mestalla cuando llegaron los presuntuosos y los arrogantes. Se aburrió de un juego demasiado previsible tras exprimirlo incluso con un título de entrenador de niños bajo el brazo. Llegaron los títulos y todavía se subió a un avión para ir a Milán o a un coche para ir a Madrid a ver finales. Pero ya no era lo mismo porque el Valencia se había convertido en un resultado. No en un ideal. 

Anoche los valencianistas de aquella época todos recordamos lo mismo. El día que el Karlsruhe nos metió siete. Decepción, tristeza, rabia. Sentimientos de quién sabía que le habían robado un sueño, el de seguir vivos en Europa. El de ver más partidos entre semana, contra mejores equipos. Eso era lo único que queríamos, que la emoción no se acabara en Enero. 

Anoche tras saber que el Barça le había metido siete al Valencia pasó mi adolescencia en diapositivas por delante. Un pañuelo de los yomus escondido para que no lo viera mi madre, una bufanda, muchos posters, alguna lágrima, una pasión. 

No se puede cambiar de pasión pero si alguien me preguntara a qué deporte apunta a su hijo jamás le diría el futbol. Porque el futbol ya no es un deporte. Es un videojuego presencial, un monopoly de inversión en jugadores, un parque de atracciones de la idiotez y el ego, un concesionario de imbéciles de alta gama, una incineradora de dinero, una ecuación táctica. El único vínculo es un ticket de compra. 

Quizá anoche lloró algún niño o se quedó sin cenar como me pasaba a mi. Yo lloraba porque había un sueño colectivo que al perder ese partido retrocedía un paso. Seguramente ahora los niños ya no lloran porque su equipo pierde porque saben que es como una película. Algo que no es verdad. Un reality deportivo donde nominan al entrenador o al presidente. Todo es un espectáculo. A veces te gusta y te vas contento y a veces no y exiges que te devuelvan la entrada. Porque ya nadie regala las entradas a cambio de que un sueño colectivo avance. Hace demasiado que murieron los jugadores feos. Ya nadie saluda a sus mitos por el barrio. Ahora nos traen al payaso triste para que llore, al malabarista a que nos prometa perfección, al domador que acabará miedo o al mago que siempre hace el mismo truco. Todo es un circo que al acabar levanta la carpa y se evapora. Porque ya no es tuyo. Ahora no es de nadie aunque alguien sea su propietario. 

Siete veces siete. Tantas veces como maldiciones, como odio eterno al fútbol moderno por habernos robado el alma y haberla apostado en un casino de Singapur. 

copyright © . all rights reserved. designed by Color and Code

grid layout coding by helpblogger.com