El reto de compartir pantalla

El alud tecnológico de los últimos años nos aboca a una sobrexposición inexplorada en la que nadie tiene la brújula para saber qué hacer. Por primera vez en la historia una generación sabe más que las anteriores sobre cuestiones tecnológicas. Los padres y madres no saben establecer pautas educativas, los docentes tampoco parecen encontrar el timón, nadie sabe cómo educar a las nuevas criaturas digitales ante una transformación de este calado. 

La televisión fue un reto relativamente sencillo de afrontar. A España llegó tarde y su asimilación pronto recibió pautas de comportamiento. Indiscutiblemente fue el primer "calmante" para niños inquietos que transcurrió unido a la entrada masiva de la mujer al mercado laboral. Criar requiere un esfuerzo y la nueva sociedad líquida busca descansos, vacaciones y una reducción de costes y adicción tecnológica se los proporciona. Sin embargo, la tele comparada con la actual situación parece el vaso de agua en el que nunca se ahogó nadie.

En una casa solía haber una televisión, como mucho dos. La televisión invadió el hogar ocupando su centro. Aún hoy los comedores se diseñan en función de la colocación de la televisión. Al contrario que la radio requería la atención total  (al menos conceptualmente luego ya tal). Sin embargo, frente a la situación actual la televisión presentó una novedad en positivo: sentó las bases de la "opinión pública" o mejor dicho la llevó a las clases populares. Los usuarios de la primera televisión tenían una "agenda pública" de temas sobre los que hablar. Tenían algo en común: una serie, un partido de fútbol a una hora determinada, una hora del telediario. Era un sistema de pantalla compartida que obligaba a toda la familia a firmar un acuerdo de consenso por el cual la programación era inclusiva y debía encontrar un denominador común por turnos y contenidos.

La pantalla compartida actuaba de manera bidireccional, es decir, los guionistas ya sabían que había una familia con diferentes inquietudes frente a la pantalla lo que les obligaba a hacer un esfuerzo multicapa para que ningún miembro pudiera acabar excluido. Así surgían programas familiares como Un, dos, tres por ejemplo que reunía en un concurso de gincana tradicional a humoristas, actuaciones musicales, cultura básica... Ocurría algo semejante con los programas infantiles. Si analizamos Verano Azul veremos que es una historia protagonizada por niños que deben afrontar situaciones propias de su edad y no tan propias (la muerte de Chanquete). En la serie comparten presencia los adultos (sus padres) con sus propias tramas y conflictos. Julia era soltera, Piraña era gordito, Pancho era de extracción social baja. La serie tenia un planteamiento, una trama y una conclusión. No se podía hacer Verano Azul 2. Al menos no con los mismos personajes. Sería otra cosa.

La pantalla compartida permitía fijar reglas básicas que incluso sorteaban las reglas de los rombos. Los padres sabían cuándo la tele estaba encendida y cuando no. Dominaban el mando a distancia. Pronto hubo horas a las cuales la tele debía estar apagada. Es cierto que las fronteras eran difusas. En determinadas casas hay televisión en la cocina lo que impide o facilita la conversación según se mire. En otras hay televisión en la habitación lo impide o facilita dormir según se mire. En todo caso, los padres aprendieron pronto unas pocas reglas básicas como la de irse a la cama y dejar de ver la tele primero con Vamos a la cama, después con Casimiro. La sociedad domesticó la televisión con relatividad facilidad. La introdujo en su vida cotidiana con algunas pautas fijadas y acordadas aunque con fronteras difusas.

La pantalla compartida permitió a toda una generación -mientras los contenidos se filtraban o no- crecer viendo contenidos claramente para adultos. Canción triste de Hill Street era una serie que dificilmente podía ser para niños, MASH transcurría en una guerra, Lou Grant formaba parte de una televisión social de los ochenta donde los conflictos se exponían de manera abierta y descarnada. Incluso las primeras sit-com se ocupaban de establecer el nuevo modelo de paternidad-maternidad dialogante con infinidad de series protagonizadas por familias.

La pantalla compartida se desdibujó con la llegada de las televisiones privadas y sus nichos de mercado. Especialmente Telecinco rompió y rompe todos los consensos con su nicho de mercado de embrutecer la dignidad humana frente a la cámara. Pero aún así seguía existiendo un vínculo sólido entre los programas de máxima audiencia que cada televisión lograba (Médico de Familia por ejemplo o Compañeros por ejemplo). En ellos todavía se conservaba el consenso básico del guión multicapa y la televisión inclusiva para diferentes edades.

La televisión digital dinamitó definitivamente la pantalla compartida. Ahora un éxito de share puede ser un diez por ciento de cuota de pantalla lo que significa que solamente uno de cada diez mira ese programa en ese momento. Los canales generalistas han olvidado la multicapa salvo honradas excepciones (El Homiguero sería una de ellas con todos sus errores) y la televisión inclusiva. Hacen programa para targets de público muy concretos aunque amplios. Los canales infantiles se mantienen con audiencias ridículas pero siguen ahí para servir a los "padres forzosos" de placebo y descanso ante la práctica de la crianza extrema como deporte rey y religión de hoy en día. La pantalla compartida ha muerto.

Consecuencias de la muerte de la pantalla compartida 

No compartir pantalla supone vivir en mundos ajenos. Una escena habitual hoy en día puede ser una sala con cuatro personas mirando una pantalla propia mientras la pantalla común permanece encendida por si alguien se despista. No compartir pantalla significa desconocer los contenidos que le llegan a la otra persona. Entre adultos lo más que puede pasar es que alguien haga de su pantalla un sayo y desemboque en incomunicación o infidelidad pero el mundo de la infancia y la adolescencia se tiene que enfrentar a un reto enorme sin ninguna ayuda de los adultos.

Niños de edades tempranas tienen frente a ellos pantallas individuales con contenidos exclusivamente diseñados para esas edades bajo ningún criterio pedagógico sino empresarial. El capitalismo no tiene escrúpulos y sabe que hay un mercado fácil de convencer y con alto poder de decisión de consumo: los niños y especialmente los adolescentes. Una generación crecida en la escasez no le va a negar nada a sus hijos en la era de la abundancia. Para ello las empresas cuentan con un arsenal de información. Una tablet se puede usar solamente si tienes una cuenta de google o apple. Tu rastro de información es enormemente valioso para saber por zonas y por edades los gustos de consumo, las estancias mediante geolocalizacion, absolutamente todo sobre ti y tus hijos. No compartir pantalla supone abrirles la puerta a las empresas para que bombardeen a tus hijos.

Pero no compartir pantalla tiene más consecuencias. Analizadas unas cuantas series infantiles los adultos han desaparecido y los conflictos también. Los padres de ahora tuvieron que afrontar en su infancia la búsqueda de la madre de un huérfano o que su protagonista tuviera una amiga paralítica. Ahora ya no. Los adultos no existen, los niños-jóvenes tienen vidas autónomas sin ningún tipo de problema social. Disney se encarga de ello. Las tramas son básicamente sociales y autoconclusivas, es decir, cada episodio se agota en sí mismo (te acuerdas de Friends?). Así que son replicables al extremo, carentes de conflictos que no sean sociales (me gusta? le gusto? formo parte del grupo? soy lider? follower?). Nadie tiene problemas en un mundo donde cada decorado está pensado para destilar colores adictivos.

Y a mi ¿cómo me véis? 

Sin embargo, todavía hay más profundidad en la tumba de la pantalla compartida. La nueva pantalla -el móvil- no es una pantalla pasiva sino activa. En ella creamos contenidos así que nuestros adolescentes se tienen que enfrentar a un reto como nunca nadie lo hizo: cómo son mirados por el mundo nada menos. Nadie está preparado para un asalto así en este combate contra la tecnología. Nadie parece saber como sacar a los yonkis del móvil de su pantalla. El problema no es de educación a los jóvenes. Tampoco la generación senior parece tener ni idea de cómo manejarse con la tecnología en cuanto a instrucciones de cortesía y educación cívica básica (sonido del móvil demasiado alto, coger llamadas en lugares inoportunos, esperar comunicación inmediata en programas de mensajería.... ) Esta sociedad está domesticando una tecnología basándose en los jóvenes cuya madurez no es la mejor para hacerlo ante la evidente dimisión del mundo adulto.

Los niños y jóvenes han desertado de la televisión ante sus evidentes limitaciones. Ahora pueden ver en cualquier momento cualquier contenido en cualquier lugar y además comentarlo. Nadie controla nada. No hay pautas horarias, tampoco las hay de espacio (coche, calle, visita, montaña, playa...) Solamente los centros educativos parecen haber conseguido bunkerizarse un poco ante la invasión de la pantalla individualista.

Y así crecen entre series que plantean vidas de color de rosa que no tendrán o ni siquieran tienen, practicando el típico y tópico aspiracionismo de clase media, sexualizando cualquier interacción de género con series tan groseramente adultas como La que se avecina y derivados y sobre todo sometidos a un bombardeo de mercadotecnia donde las necesidades sociales acaban por bombardear la pirámide de Maslow y descojonarse de ella en su cima. Entre youtubers de flojera intelectual que expanden la semilla de la diversión eterna (la vida es un videojuego y esta es la siguiente pantalla) y bloggeras de moda que descifran el elixir de la atracción eterna. Este es y será el paradigma dominante porque las reglas han cambiado. Ahora los alumnos enseñan a los profesores porque esta materia no se aprende en los colegios y las familias están tan desbordadas como desestructuradas tecnológicamente.

El reto de hoy en día es mirar la misma pantalla, compartir un contenido de manera simultánea. Toda  una locura anticiclica. Hagan lo que puedan. No se dejen acorralar en solitario. La pantalla les mira y lo sabe todo de ustedes. Sobrevivan. Y dispérsense cuando acaben de leer este artículo. Si alguien consiguió superar los 140 primeros caracteres. 

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