¿Es el selfie una enfermedad?

El arte de la fotografía consigue capturar un instante y hacerlo trascendente. Desde que surgió el arte de la fotografía hay dos versiones de un mismo fenómeno. El que mira y lo que es mirado. Durante décadas lo relevante fue la particular visión de quien mira. Su manera de mirar el mundo era la palanca que movía el arte de la fotografía. El protagonista del hecho fotográfico era el/la fotógraf@ y su mirada. Su uso de la luz, su prisma, su capacidad para insertarse en una historia, su perspectiva, lo que dejaba dentro de su enfoque y lo que dejaba fuera. Sin embargo, el protagonista, el actuante, el impulsor del hecho fotográfico cedía todo el foco de manera generosa al encuadre, a la captura de la luz que sucedía frente a su objetivo, a una historia humana externa, a una alteridad diferente de él/ella mism@. 

De algún modo la relación que se establecía entre el/la fotografiante y el/la fotografiad@ era excluyente. A veces, el/la fotografiad@ pagaba por comprar una manera de ser mirado pero siempre desde lo ajeno a uno mismo. Pagaba a otro por plasmar la imagen que había construido de la otra parte contratante de aquella primera parte.

No hay más que visitar cualquier museo para darse cuenta de que durante todas las épocas se ha intentado captar esencias parecidas. Los bodegones son las actuales fotos de comida. Una manera de ilustrar la clase social a la que se pertenece por los alimentos a los que se puede acceder. Los retratos también abundan desde la insensata pretensión de trascender a la propia muerte, de olvidarse del paso del tiempo, de sentirse instalado en un instante concreto, con un aura diseñada. Pero siempre hubo que desear y exigir la mirada de otro. Incluso hubo que merecerlo. Un bien escaso como el retrato obligaba a una relación bidireccional entre quien mira y quien es mirado. Dos lados de una paleta de color. Eso obligaba a un acto comunicativo, incluso una expectativa curiosa de saber cómo la mirada de otro le reinterpreta a uno mismo.

Los autoretratos existieron siempre. Pero de algún modo eran residuales, pretenciosos. El artista difícilmente se vanagloriaba de su propia existencia. Más bien no podía evitar plasmar la belleza, el dolor, la alegría, la devoción religiosa, el hecho histórico o en muchas ocasiones aquello por lo que se le pagara. El artista lo era por su manera de concebir el mundo. El centro de la mirada fotográfica y del retrato estaban en ejes diferentes convivían en el mismo espacio pero uno de los dos era deliberadamente invisible.

Si uno pasea por cualquier museo se da cuenta de que el retrato no es más que una voluntad de trascendencia a la muerte. Fue patrimonio de los ricos hasta fechas muy recientes en que las cámaras fotográficas fueron asequibles para los comunes, para las clases populares. Cualquier museo está lleno de cuadros vanidosos de ricos ignorantes que quisieron sobrevivir a sus propias vidas. El dinero pagaba el arte y el dinero después lo protegía.

Después vino la época en que el acceso a las cámaras permitía coleccionar momentos. Debían ser muy escogidos y había que esperar durante semanas el resultado. Nadie se jugaría una mirada improvisada sin certificado de excelencia con la cámara del revés. La cámara te permitía coleccionar postales de tu vida recordando exactamente como entraron por tu ojo, recordando tu propio ángulo. "Yo lo ví así", el mejor eslógan de cualquier cámara dejaba paso al "yo estuve allí". Y en el camino se perdió una cierta generosidad observadora. La generosidad de pensar que el resto del mundo puede ser el protagonista de mi vida aunque solamente yo trace una linea transversal sobre ella.

Sin embargo, hubo un día en que la cámara giró. Y el dueño del retrato pasó a ser también el retratado. El sueño de los invisibles se hizo realidad. La codicia de la apariencia denostó a la belleza en una horrenda tempestad de vanidad narcisista. Así nació el selfie. El giro del objetivo olvidó la mirada inquieta de quién hace la fotografía. El autor pasa a ser irrelevante. Se le deja la responsabilidad a un palo si es necesario. Lo único relevante empieza a ser la aparición en la foto. La aparición en la foto como testimonio de presencia en algún viaje para ostentar lo que otrora era privilegio de los ricos. La aparición en la foto como espejo de Narciso en el que enamorarnos de la mejor versión de nosotros mismos. Se quebró la necesidad de pedirle a otra persona que nos haga una foto, de cederle el privilegio de decidir cómo nos mira. Ahora cada uno escoge la manera en la que debe ser mirado. Patrimonializa su imagen y la construye desde el final de su brazo, quizá alargado por una ortopedia artística.

Lo importante no es como miraste al mundo en ese viaje sino como el mundo te miró a ti mientras viajabas. Lo importante no es recordar aquel instante sino demostrar que en aquel instante estabas allí; frente a la cámara y no detrás de ella.

El día que giró la cámara pasaron muchas cosas. Se construyó un área protegida, el regalo de la propia presencia en cada foto, la permanente obsesión por afirmar la propia existencia, se construyó lo esencial de un individualismo extremo, un onanismo fotográfico que se practica sin pudor en cualquier parte. De otro tiempo es la época en que la presencia solitaria en una foto denunciaba una soledad extrema. Ahora destila un mayor protagonismo. Incluso la cámara puede servir de espejo mágico cuya respuesta nunca será Blancanieves.

El arte fotográfico sigue su curso desde la certeza de que sigue siendo la alteridad su esencia. Que la cámara no es un espejo sino un cristal tras el que mirar el mundo, incluso bajo el que guarecerse.

Sin embargo, el día que giró la cámara el sol empezó a girar alrededor de la tierra. Y lo importante pasó a ser accesorio, lo auténtico un simple sucedáneo. Lo mediocre salió de la basura para ponerse en el escaparate porque ya nadie necesitaba el filtro del talento para merecer ser fotografiado. En un ejercicio de vanidad extrema que coloniza el pensamiento ahora todo el mundo puede sentirse el centro del mundo. Solamente tiene que estirar el brazo.



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