¿Por qué Rajoy salió indemne del debate o por qué los debates son tan aburridos?

Una de las preguntas más importantes a resolver del debate a cuatro es saber como es posible que Rajoy saliera indemne de su primer debate tras cuatro años y seis meses de gobierno en el que la rabia ciudadana ha alcanzado tal nivel que dos partidos que no existían hace poco más de un año intervengan en el propio debate. 



La respuesta tiene que ver con la nueva concepción del tiempo que nos ofrece la sobrexposición informativa y la inmediatez de las redes sociales. El pasado dura mucho menos de lo que pensamos. El pasado apenas es ayer. Y el futuro apenas es mañana. Vivimos en un constante hoy informativo. Con esta nueva concepción temporal los medios apenas nos recuerdan casi nada. La perspectiva diacrónica apenas existe. Bajo esta idea un gobernante se presenta con sus datos de ayer y no con un bagaje de cuatro años. Si dominas los ritmos y consigues llegar con buen maquillaje de datos macroeconómicos puedes llegar a esconder tres años y medio de sufrimiento. Haz un buen final de partido y la gente olvidará lo mal que jugaste el resto. Los efectos mentales de la sobreinformación social y mediática nos hacen vivir en un surfing de actualidad constante donde solamente sirve la siguiente ola. Así, es dificil hacer balance en un debate. Cualquier persona que use argumentaciones que vayan más allá de un año perderá la atención de los espectadores. Y atención, esa es la siguiente clave. 

Espectacularizar el aburrimiento. El retorno de la telecracia o videocracia -como ustedes prefieran- resulta más que evidente. Incluso el más torpe (el plasma de Rajoy) lo ha entendido. Ceder tribunas de actualidad y pedestales con altavoz no fue una buena idea. Rivera e Iglesias se encontraron subidos en un púlpito mediático con un rebaño deseando oír algo que comulgara con su rabia. Pero señores y señoras, la televisión tiene sus propias reglas. Usted no puede ir a jugar al rugby con un bate de baseball. La televisión es espectáculo y necesita cautivar una atención constante para ser un negocio. Y a ello se dedica en cuerpo y alma: a espectacularizarlo todo, incluso el aburrimiento. Ese es el caso del debate. De tanto espectacuralizarlo consiguieron que fuera aburrido. 
Una de las claves de la salida ilesa de Rajoy de un debate donde debió salir humillado y avergonzado es el formato televisivo. Ningún experto en comunicación política le podrá garantizar ganar un debate pero cualquier mente avezada sabrá como destruirlo hasta llevarlo al aburrimiento más absoluto. Solamente hay que seguir algunas reglas básicas: 

  • Domine el timing. Un debate suele durar unas dos horas. Si usted suma los anuncios le dará dos horas y media. Empiece a las diez y coloque los temas donde usted es más fuerte al principio. Los de mayor debilidad al final. Para cuando llegue al final la mayor parte de la gente habrá abandonado por ausencia o presencia ausente. Acabe de madrugada el debate y conseguirá votantes durmiendo. 
  • Domine la escenografia. Situe a los contendientes como púlpitos que pontifican frente a la cámara. Porque el mundo de la televisión es la mirada a través de la cámara. Y los políticos deben estar frente a ellas. Así se monta el espectáculo. Si usted es listo sabrá que si se coloca en un lado solamente tendrá la presión del contacto visual de un contendiente. El resto está detrás de un obstáculo, el que usted tiene a su lado. Una escenografia frente a frente en cuatro esquinas obliga a la interpelación. Pero eso es más dificil de transmitir y editar. Y la tele no está para esas cosas. 
  • Esconda a los candidatos tras un atril. Sin atril están expuestos. Desnudos ante el escrutinio de todo su espacio y capacidad comunicativa. No hay manera de esconderse. El atril permite olvidarte de la mitad de tu cuerpo. Permite que las manos acaben en una zona de confort y sobre todo permite un montón de cosas escritas del muestrario catalógo ideológico de tu equipo de entrenamiento de debate que te ayudarán a reforzar o contrargumentar. La memoria y la improvisación acaban enterradas bajo el atril. Es una gran ventaja para quien debate mal. 
  • Divida en bloques temáticos. Así es la televisión. De eso vive. De dividir el tiempo. Los bloques temáticos obligan a crear un perímetro temático. Del resto ya no me tengo que preocupar. No habrá sorpresas. Eso facilita el trabajo de los preparadores de candidatos de plástico. No es más que un trivial de la política. Quesito naranja, quesito verde. Te aprendes las posibles y previsibles réplicas y ya está. No hay tiempo para más. Es un candidato teledirigido. No hay sorpresas. No hay nada imprevisto. Quizá algún detalle o pérdida de control por secuestro límbico. Poca cosa. Algún titubeo, algún delatador corporal. 
  • Haga pausas para publicidad. Así todo el mundo descansa y sobre todo su business se mantiene intacto. Los espectadores asumen las pausas como algo intrínseco a la televisión. Y ya de paso usted hace caja. Todos hacen caja. Los preparadores del debate salen y reconducen a sus candidatos al plano lógico analítico. No sea cosa que haya alguna pérdida de control. No sea cosa que algún candidato resulte natural. Que suceda alguna exaltación. Pablo, sigue comedido, acuérdate de la cagada de la cal viva. Mariano, sé fuerte. Nada mejor que una interrupción para evitar cualquier desborde. 
La televisión consigue hacer espectáculo de la nada. Te roba la espontaneidad. Te comprime hacia la agenda que le conviene. 

Construya el marco cognitivo adecuado. Lo han conseguido. Han creado el marco adecuado para que pensemos que el debate a cuatro era un debate propositivo de cara a unas elecciones normales. Como si no fueran las segundas. Como si no hubiéramos vivido en la gran depresión. O como si la batalla ideológica del tardocapitalismo no estuviera ocurriendo en este mundo. 
Un debate debería servir básicamente para dos cosas. Analizar el bagaje de gobierno y presentar altenativas diferentes. Sin embargo, el bagaje desaparece porque los bloques temáticos obligan a hablar de un pasado muy reciente y la creación de un marco propositivo. Si ocupas demasiado tiempo en el análisis del bagaje te dirán que vives en el pasado, que eres muy negativo, que eso ya pasó y ahora hay que afrontar la realidad como viene. Y así se cargan la mitad de la carga pedagógica de un debate a favor del espectáculo. Y te queda la proposición y alguna crítica reconocible, lo más reciente posible por favor. La memoria es muy aburrida. 

Salir en el descanso. Una de las claves de la salida indemne de Rajoy es la sensación de salir en el descanso. En realidad este es la segunda parte de otro debate donde Rajoy sale en el descanso. Y de alguien que sale en el descanso a sustituir a Saénz de Santamaria solamente se espera que sea un revulsivo. Los mayores reproches ya se quedaron en el primer debate. Repetirse seria un error. Salir en la segunda parte implica que ya se ha jugado la primera y han pasado cosas. Un debate de investidura. Una historia de amor entre PSOE y Ciudadanos. Y la actualidad manda. La novedad es la fuente de la televisión. Todo eso que ha sucedido rompe los vectores de interpelación y crea nuevos, nuevos amigos y nuevos enemigos fruto de la táctica del resultadismo. 
  • Iglesias está interesado en temporizar la creación de un pacto. Y para ello necesita la templanza de un gobernante por lo que apenas se lanzará a la yugular de Rajoy. 
  • Rivera tiene el encargo de desgastar a Iglesias para favorecer a su pareja de hecho el PSOE por lo que apenas interpelará a Rajoy. 
  • Sanchez tiene la obligación de disparar a Rajoy para favorecer a su chico Rivera pero no puede dedicar mucho tiempo si quiere distanciarse de Podemos. 
La cuestión es que el candidato que gobernó durante más de cuatro años asiste tranquilamente a una mezcla entre monólogos e interpelaciones cruzadas que olvidan la pactabilidad. El debate olvida subrayar la absoluta soledad del PP que ahora mismo es un partido tóxico con el que nadie quiere pactar. Todo el mundo parece olvidar que esa soledad se debe a algún motivo. Y nadie la subraya. 

Construcción de una interacción argumental conservadora. Uno aprende de los debates anteriores. Y uno sabe lo que dicen las encuestas. Y las encuestas dicen que todos votaremos lo mismo. El debate se convierte en un partido con cuatro porteros. Lo único que quieren es que no les marquen un gol. Saben que los errores se pagan caros (no digas indecente) en explicaciones y condicionan el resto de la campaña. Los estrategas dibujan una interacción argumental sin errores no forzados. Lugares comunes (los autónomos como rey midas de la clase media), los pobres energéticos, las puertas giratorias. Ningún vértice en la agenda. Ni un proceso constituyente, ni el asalto a la casta, ni nacionalizaciones de empresas. Ahora todo es más normal, más de Ikea, diseño ideológico low cost. Todos debemos parecer sensatos para que nadie huya de alguna locura. 

Fusile los contenidos. Si usted domina bien los bloques temáticos sabrá que la economía se ha convertido en un contenido holístico. Todo es economía. Economía es economía pero economía también son políticas sociales, y también política exterior, y también corrupción. Economía is everywhere. Como Dios; está en todas parte. Los economistas salen en la tele como estrellas mediáticas a explicarnos porqué estamos tan jodidos. La información económica lo peta salvo en Telecinco que siguen con sus sucesos de sangre y muerte. Y lo mejor que tiene la economía sin duda son dos casos para un perdedor de debates: estadísticas y vocabulario. Porque la economía no deja de ser una disciplina científica llevada al circo de la tele. Inundar el debate de estadísticas y palabros es la mejor manera de que nadie parezca ganador. 

Modere con tres periodistas. Para un debate realmente aburrido usted necesita una dirección conjunta. A poco que hablen son tres y se comerán una parte del tiempo y dispersaran los contenidos con su afán de protagonismo. Porque algo tendrán que decir ¿no? Para decirle luego a sus jefes que ellos estaban allí. Eso favorece al más débil. Además un periodista es fruto de una formación en pirámide invertida. Te exhorta a que le hables en titulares, te obliga a que les proporciones brevedad lo que te obliga a lanzar mil mensajes pequeños en lugar de diez grandes mensajes. Y cada idea sin profudizar es un eslogan publicitario, la etiqueta del tomate frito que nadie lee. Algo que nadie puede contrastar como si los L-Casei Inmunitas funcionan o un yogurt ayuda a tu tránsito intestinal. No puedes vivir pegado a la wikipedia. 

Y no olvide dominar la narrativa visual. Abuse de los planos generales. Niegue los planos de escucha. Esconda los vectores visuales. Obligue a hablar con letreritos. Incluso no tasar los tiempos le permitirá al candidato del plasma esconderse en el silencio salvo que la marea suba demasiado. Si ya se pelean entre ellos yo me voy de aquí y ustedes ni se enteran. 


Y todo eso sin entrar en las estrategias discursivas. Simplemente para demostrar que el continente condiciona el contenido. Que si decides donde, cuando y a qué se juega lo tienes más fácil para ganar. O mejor dicho, para empatar. Si usted diseña un debate aburrido, un tipo aburrido lo tendrá más fácil que nadie. Así salió Rajoy indemne tras un empate a cero sin goles y apenas oportunidades. Más o menos lo que su electorado espera. Que pase la tormenta para volver a decir orgulloso, yo soy votante del PP. 



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