¿Cómo aprende tu hij@ en Snapchat las reglas del precariado?

Snapchat es la red social dominante en el mundo adolescente. Su capacidad para escabullirse del mundo adulto convierte a los adolescentes en precursores de nuevos modos de comunicación que escapan a los códigos de los adultos. Cuando los adultos llegan los adolescentes ya se han ido en busca de nuevos espacios donde se sienten libres y sin vigilancia de los padres. 


A ello hay que unir la pereza tecnológica de los inmigrantes digitales (no nativos) que permite que los adolescentes crezcan en selvas salvajes inexploradas de carácter virtual. Es el caso de Snapchat donde muy pocos adultos entran y los adolescentes campan a sus anchas.

Los adolescentes dominan con mucha rapidez la técnica de uso pero no son capaces de dominar ni gestionar la experiencia de usuario. Tampoco los adultos parecen muy doctos en estos temas a tenor de las intervenciones en los grupos de Whatsapp más universales y comunes. En realidad, todos estamos improvisando qué tal va esto del alud tecnológico.

Snapchat crece y crece mucho y aunque los primeros colonos adultos ya han llegado, el mercado es básicamente adolescente. Para el que no lo sepa Snapchat empezó siendo una especie de Whatsapp donde los mensajes simplemente desaparecían un tiempo después de haber sido enviados sin dejar rastro. En el proceso de convergencia de todas las redes sociales al mismo modelo de red ha ido incorporando el resto de posibilidades que ofrecen las redes sociales (un muro y sugerencias de lectura básicamente).

Lo importante de Snapchat, por tanto, es su esencia efímera. En los procesos sociales difícil distinguir entre la causa, la correlación y la simultaneidad. Lo cierto es que millones de adolescentes están creciendo en la cultura de lo efímero. Mientras tanto, los adultos seguimos anclados en la acumulación de recuerdos y trayectorias. De hecho, Facebook nos trae recuerdos al muro. Partimos de la idea de que la memoria y los recuerdos acumulados son buenos en una traslación de nuestras clases de aquella historia lenta que transcurría en la época industrial.

Los chavales no. Sea por una razón tan sencilla como esconderse o sea por la razón que sea han aceptado el paradigma de lo efímero como un discurso hegemónico. Los recuerdos mueren, desaparecen, se evaporan. Quizá Zygmunt Bauman tenga que escribir algo sobre la nueva sociedad "gaseosa" en lugar de líquida. Lo cierto es que admiten que el instante fue un instante que lo capturaron y luego lo dejaron marchar.

Eso supone un cambio que profundiza en el instanteismo, en el presentismo y olvida la perspectiva diacrónica de la existencia sumiendo al pasado y al futuro en un lugar secundario; casi marginal.

En términos marxistas, infraestructura y superestructura siempre andan relacionadas. El nuevo precariado se ajusta mucho más al Snapchat que a cualquier otra red social. Contratos instantáneos, relaciones instantáneas, olvido del futuro, negación del pasado, pelotazos de start up, pelotazos de fama instantánea (viralidad). Todo acaba por parecerse. Snapchat parece la red que mejor interpreta un futuro lleno de instantes presentes que desaparecen y se evaporan.

Retorciendo el argumento hasta que confiese Snapchat facilita las conductas de abuso en la impunidad de la desaparición de las pruebas. Sexting o Bullying encuentran en Snapchat el campo perfecto. Es muy fácil mandar un mensaje violento si sabes que no dejará rastro. Desaparece el vínculo entre abusador y abusado. No hay pruebas. No hay cadena silogística. Un reflejo de la violencia estructural del mundo desigual, excluyente, instanteista y fanático que estamos creando.

De las dos escuelas clásicas sigue ganando el Carpe Diem, aquel disfruta el momento que dejó el Tempus Fugit aparcado en el garaje. Tempus fugit obligaba a reflexionar sobre la existencia del tiempo y de la manera de aprovechar su globalidad abstracta. Sin embargo, la sociedad del entretenimiento prefiere un Carpe Diem emocional, límbico, irracional pero aparentemente hedonista y muy divertido. Y sobre todo, rentable para el capital.


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