La Forja del fútbol social

En el Puerto de Sagunto de los ochenta sobrevivir incluía una inmersión de humo en unos recreativos donde solo mirar era la opción más rentable. Nuestros padres luchaban por mantener su empleo intentando evitar el cierre de los Altos Hornos. Llevar un reloj calculadora estaba de moda a pesar de que apenas calculábamos nada. Los altos tipos de interés alimentaban las cuentas de una caja local que nos regalaba un equipaje de España y una carpeta verde para ir al colegio. Los Rotring luchaban por sustituir la pureza nostálgica de la pluma. La calle era un espacio conquistado por los niños. El imperio de los coches no había llegado. Los quioscos tenían una pared libidinosa y otra informativa donde se incrustaba El Caso para recordarte que el peligro siempre estaba en la portada. Y el fútbol se abalanzaba sobre nosotros con un mundial servido poco después de un golpe de Estado. Era una España que ya soñaba con Europa pero que distaba mucho de serlo. 




En aquel Puerto de Sagunto cada descampado era un estadio. Dos piedras servían de palos y el larguero dependía de la altura del portero. No te convenía elevar la pelota para no asumir el riesgo de una eterna discusión sobre la altura de la portería. Las zapatillas duraban un par de meses y las marcas no estaban en inglés todavía; la sed se combatía en los lavabos de los bares y las rodillas sangraban con tanta frecuencia que ya nadie se preocupaba.

En ese pequeño mundo sumergido e impermeable la única solución era concebir el fútbol como un elemento social de cohesión e integración. El fútbol como fenómeno inclusivo consiguió aplazar las adicciones de muchos, aplacar sus dolores más internos y completar las expectativas de otros. Dicen que la segunda generación de inmigrantes tiene problemas de identidad. El Puerto de Sagunto siempre tuvo una segunda generación de inmigrantes sin identificar. La Factory Town era un macroproyecto de fútbol de clase obrera donde todo se mezclaba.

La única opción era el intercambio local. Los mayores jugaban en la calle Asturias o en el Fornàs. Los pequeños jugábamos en el campo de La Forja. Había tantos niños involucrados que se podía hacer una liga. Era difícil encontrar alguien que no jugara al fútbol. Nos conocíamos por el nombre y el equipo. Supongo que yo era Carlos el de La Forja pero había nombres con el apellido del Casino, del CPO, de los Once Leones, de la Esperanza, y tantos otros derivados, escisiones...
Éramos nosotros y nuestro equipo, nuestro espacio primario de identidad, nuestro primer escalón de convivencia. Eso era el fútbol social, un lugar en el que convivir; una escuela de la vida; un voluntariado de educación deportiva; un marco de integración.

El fútbol social llegó a existir, tenía sentido en un lugar sin pijos donde no había césped ni natural ni artificial. El campo no era de nadie, el campeonato era una improvisación de arquitectura voluntaria, los registros de puntos, goleadores, tarjetas eran trazos de una intención de rigor. 
En el fondo nada de eso era importante, lo importante era el campo como catalizador de inquietudes, como imán de vocaciones, como biombo de separación de la realidad de una reconversión industrial que nos ponía frente al abismo. O un dique de contención frente a un mercado de nuevas sustancias evasivas que destrozaba vidas frente de tu casa. Y siempre un lugar de distracción, ilusión, entusiasmo, pasión y esperanza.

Por eso a nadie le importaba que las líneas estuvieran torcidas. A nadie le importaba que las medidas fueran los pasos de quien asumía la tarea. A nadie le importaba que las redes estuvieran rotas porque solamente servían para embellecer el gol de un niño que estando allí no estaba en otra parte.

Todo fue gracias a la generosidad de gente entregada, con más voluntad que conocimientos todavía, que buscaban camisetas y las guardaban, que rellenaban fichas que nadie podía falsificar porque nos conocíamos todos. El arbitraje era una maestría de la vida, un voluntariado de disciplina básica y abrazos en forma de tarjeta amarilla. Todo se formaba mediante una tela de araña milagrosa, un castillo de naipes con la resistencia del acero que fabricaban nuestros padres.

En aquel campeonato de La Forja todo era duro. El campo era duro, tenía más sentido jugar con zapatillas que usar botas pero el disfraz nos parecía imprescindible para aparentar lo que queríamos ser. El balón era duro, tan duro que elevarlo era una especialidad y rematarlo un atrevimiento. Las patadas eran duras, pero todavía no habían desembarcado masivamente las espinilleras. Las medias bajas seguían siendo el símbolo de la valentía, de la ausencia de miedo, del despojo irracional de la protección, de la naturalidad del riesgo. Como lo era toda nuestra vida. No había luz artificial con lo que nuestros ritmos eran tan urgentes como el atardecer. No había vestuarios lo que convertía nuestro equipaje en nuestra ropa. Y sin embargo funcionaba.

Pero allí fue donde crecimos. Aprendimos a negociar la altura del larguero. Aprendimos a asumir una función concreta. Aprendimos a comprometernos con lo colectivo. Aprendimos el respeto por el rival. Aprendimos que las caídas duelen para obligarte a levantarte. Aprendimos que todo el mundo es como se comporta en el campo. Aprendimos que nuestro primer carnet de identidad era una ficha deportiva con un sello imaginario, nuestro primer pasaporte para salir de casa. Aprendimos que el significado de rival y adversario acabaría pareciéndose al de compañero. Aprendimos que lo colectivo tiene vida propia más allá de la agrupación de individualidad. Aprendimos que la ayuda es un camino de doble recorrido. Aprendimos la impaciencia de esperar a salir, de calentar. Aprendimos que el sábado es solamente la función de un guión que se escribe entre semana. Aprendimos que la constancia y el esfuerzo son un trayecto que te lleva a todas partes.

Por aquel entonces nadie soñaba con la gloria. Solamente soñaba con divertirse un poco más, con un puente hasta insertarse en la vida obrera de un pueblo obrero. Quizá aplazar la conexión con la tierra pero no viajar al espacio galáctico. Éramos niños inmersos en un campeonato donde todos acabábamos siendo campeones.
Ahora entiendo por qué nos daban una medalla a todos cada vez que acababa la temporada. Era su manera de recordarnos que habíamos crecido ardiendo en la forja del fútbol social. 

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