Pedagogía olímpica sobre catalanismo

Ya van dos las polémicas catalanistas en los Juegos de Río. Por un lado TV3 usó la bandera catalana junto a la de naciones como Bélgica y Francia para señalar que un ciclista de Barcelona había quedado quinto. Por otro lado un espectador del balonmano femenino lucía una camiseta de Barça y una bandera española que sustituyó por una catalana al verse enfocado en el videomarcador. 

No hace mucho que Puyol decía que era español en un anuncio y recibió comentarios de todo tipo. Te dan por todas partes. Tampoco parece entenderse el compromiso que muestra Piqué con la famosa consulta soberanista mientras le pone a su hijo la camiseta con el número 3 de la selección española.

Bajo todas estas "anécdotas" subyace una trágica incomprensión respecto a lo que representa y siente Catalunya. Todas esas ambivalencias identitarias en forma de muñecas rusas donde ninguna parece prevalecer del todo resulta incomprensible para el españolismo de la meseta. La naciones que han tenido un imperio tienden a entender las relaciones entre pueblos como relaciones de dominio-sumisión. Cualquier otra diléctica les parece ajena. Así se puede entender el Brexit del Imperio Británico pero también sobre todo se puede entender el profundo anticatalanismo que respira España desde casi siempre. Un anticatalanismo tan hegemónico que resulta invisible. Que no permite dar visibilidad por ejemplo al hecho de que varias de las selecciones olímpicas serían imposibles para España sin Catalunya.

Catalunya ha enfocado tradicionalmente su identidad de forma afirmativa, positiva y defensiva. Tradicionalmente ha respetado su pertenencia a España como una identidad inclusiva pero sumada y equilibrada a la suya propia. Catalunya identitariamente es fuerte y así se manifiesta, con una lengua propia viva y una sociedad civil y política más diversa y plural que el resto del Estado (Euskadi no cuenta). Si algo ha cambiado ha sido el ritmo de avance del resto de España en su pole position mundial.

Históricamente en el futuro podrá comprobarse que Catalunya simplemente quiso seguir avanzando mientras España entraba en uno de esos círculos decadentes tan frecuentes en trayectoria histórica. Desde la meseta se asiste con cierta perplejidad a esa identidad dispersa que hace que un aficionado defienda a España ante la afición de Montenegro pero quiera mostrar su doble identidad al mundo. Probablemente esa persona no sienta ninguna contradicción interna ni exclusión entre las dos banderas. Cualquier fabricante de banderas estaría de acuerdo. Los creadores de banderas quizá no. 

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