Política, medallas y las otras españas con minúsculas.

Son muchas las personas que pregonan el estribillo por el cual deporte y política no se deben mezclar. Son los groupies de la ideológica apolítica que se creen la letra de cualquier canción que suene en la discoteca de moda. Lo cierto es que el deporte vive inmerso en la política como cualquier otro ámbito de la vida aunque la asepsia política en un quirófano técnico para dirigir la sociedad sea un verso de reggaeton que hace bailar a todo el rebaño. 

La política sirve. Y las medallas son un buen indicador de la salud política de un país. Las medallas, su ausencia, su presencia, su distribución, son un chequeo médico sencillo, una radiografía precisa, una postal del próximo destino.

En el momento de escribir este artículo España ha conseguido siete medallas. No parece que vaya a resultar un éxito el resultado de estas Olimpiadas. Quizá nadie logre pensar que la desarticulación de la clase media en España tenga algo que ver. Hay deportes que son gratis pero hay deportes que requieren una clase media poderosa. Una clase media de verdad. No una aspiración consumista. No todo el mundo puede tener un barco, un caballo, un arco o una espada. El aumento de la desigualdad influye en los resultados. Influye en la productividad e influye en el medallero. Una élite de ricos obesos y viejos (modo caricatura off) no consigue medallas.

Analizar la distribución de las medallas es una foto finish perfecta de cómo es realmente este país llamado España. Hace unos minutos se ganaba una nueva medalla en 110 metros vallas. Orlando Ortega aparece en la noticia como un hispanocubano que ofrece nuevas glorias a España. Un migrante, como tantos otros que han venido aquí a buscarse la vida. Llama la atención el uso natural de hispanocubano. España tiene una gran capacidad de apropiación de la doble nacionalidad cuando le conviene. Es fácil ser y decir ser hispanocubano, como es fácil ser y decir italoargentino o hispanovenezolano (a mayor gloria de Albert Rivera al ser la mayor fuente de doble nacionalidad de estos últimos meses).

No han tenido la misma suerte Mireia Belmonte, Maialen Chourraut o Marc López cuya adscripción identitaria no ha sido mencionada. No han sido ni hispanocatalanes, ni hispanovascos ni catalanoespañoles ni vascoespañoles porque la España con mayúsculas no reconoce esa diversidad.

Sin embargo, resulta más que evidente en los nombres que España ya no es la meseta de Don Quijote sino una mezcla compleja de identidades en ordenes íntimos y personales. No hay más que ver la llegada de Maialen a su casa para comprobar que esa continuidad de identidades superpuestas existe en este país y que quienes más la viven como una contradicción son los habitantes de esa nave que menciona Antonio Baños en su libro. Una nave llamada Madriz que sobrevuela la acogedora ciudad de Madrid con las élites dirigentes a bordo.

Si Orlando representa la parte baja de las puertas de entrada Marcus Cooper o Marcus Waltz según donde lo mires representa otro tipo de españa con minúsculas. De padre inglés preBrexit y madre alemana preMerkel, Marcus es el fruto de esa mezcla europea que brilla tras el acuerdo de Shengen. Esa es otra españa con minúsculas. No  hay una sola España. Hay muchas maneras de mirarla y muchos puntos de vista.

No me olvido de Rafa Nadal, orgulloso y español hasta la médula. Bilingüe castellano-catalán por cierto. Madridista y sin embargo modesto, discreto, trabajador, luchador que consigue sacar todavía la furia española que también subsiste. Esa es también otra españa que huye de la soberbia, que acepta y pelea en los momentos malos, que no hace trampas, que no grita. También esa españa existe.

Y tampoco me olvido de la perspectiva de género. Ahora mismo son las mujeres las que maquillan (ironia on) un resultado de perfil bajo para España en unas olimpiadas. Son las mujeres gracias a todo el esfuerzo de empoderamiento, de políticas de igualdad que ha impulsado la izquierda en general y el feminismo en particular y que ha acabado por comprar la derecha como modelo de éxito.

No es el lugar para poner la lupa en el interés que despierta la vida privada de las deportistas y no de los deportistas pero de Maialen se ha destacado que lo haya conseguido tras ser madre. Esa también es otra españa, la españa en femenino que grita y duplica su esfuerzo para conseguir algún éxito.
Una medalla femenina en halterofília (levantar peso siempre fue de muy machotes) no deja de ser la mejor metáfora de las otras españas (con minúsculas).

Bruno Hortelano todavía no ha conseguido medalla pero se ha metido en la fiesta privada de Bolt en los 200 metros lisos. Bruno es hijo de científicos nómadas por el mundo. Su españolidad no reside en un territorio sino en una sensación de comunidad transmitida de padres a hijos. Basada seguramente en la necesidad de cualquier persona de comerse un anuncio de turrones El Almendro, de tener algún sitio al que volver. Bruno defiende una españa con autoestima cuando dice que le gusta la mentalidad del American Dream de pensar que eres capaz de cualquier cosa. En el país de la Santa Inquisición la innovación nunca fue bienvenida. Bruno nació y creció en los únicos lugares que pudo crecer para ser consciente de que podía ser blanco y muy rápido. Nadie le dijo que no podía hacerlo. Así que lo hizo.

Mientras tanto el escenario de todo esto (Brasil- Rio de Janeiro) nos recuerda como la globalización se ha convertido en el pirata del Caribe de nuestra época. Aborda todo aquel barco que sea susceptible de tener oro. El COI -com la FIFA- acuden al olor el dinero. Algunos llaman a Brasil país emergente. Creo que están en lo cierto, ahora mismo tienen una emergencia.


Bienaventurados los que creen en la casualidad porque de ellos será el reino de los cielos de la simplicidad. Lástima que las medallas no se puedan comprar con alguna mordida o se guarden en Suiza. Ahora mismo tendríamos muchas más. 

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