Sector 27 / Rabah Madjer

Dice Rafa Lahuerta en La Balada del Bar Torino que la única manera de sobrevivir a lo indeseable y mezquino del fútbol moderno es la literaria. Recuerdo que de pequeño jugaba a un juego alternativo al Monopoly que se llamaba Futboly donde comprabas estadios en lugar de calles y ponías sillas o tribunas hasta intentar forrarte con el fútbol. Entonces me parecía divertido. La nostalgia es el refugio de los inadaptados.
Foto: Ciberche

Ser del Valencia a finales de los ochenta era casi una religión. La pertenencia surgía de la fe de un resurgimiento. No había ningún indicio racional de esperanza. Las glorias europeas de años atrás habían dejado paso a un descenso a segunda y una travesía del desierto que llevaría a una modesta tierra prometida: el regreso al lugar de pertenencia. La capital había dimitido y fueron las comarcas las que levantaron el Valencia de segunda división. Lo hicieron sin dinero y a golpe de autobús y paciencia. La receta de la esencia del Valencia siempre fue la misma: humildad y esfuerzo. En el 54 en la cima y en el 86 en el lodo.

En aquella época en la que se aplaudían las recaudaciones, como quien pasa el cepillo el misa y luego lo anuncia, tus ambiciones eran llegar a final de temporada aliviado y con alguna esperanza de algo. Se jugaban tres temporadas al mismo tiempo. La del partido del Madrid. La del partido del Barça. Y la de la liga sin apellidos bancarios.

En ese ambiente llegó Rabah Madjer. Como el lujo de una cena que no te puedes permitir pero que te hace sentir aspirante a rico. Las finales las veíamos por la tele y ya habíamos visto a Madjer marcar un gol de tacón al Bayern. Los dioses bajaban del Olimpo y además venían a Mestalla.

Por aquel entonces el Valencia era uno de los equipos que hacía buenos los resúmenes de Quique Guasch. Tres cuarto de entrada pero césped en perfectas condiciones. Madjer llenó Mestalla y el campo seguía en perfectas condiciones. Yo era un niño obsesivo y deslumbrado por un deporte que me regaló unas alas antes de que me pusieran los grilletes de la rutina. El Valencia había fichado a Madjer. En realidad Madjer venía cedido por seis meses pero preferíamos decir que lo había fichado. Y el domingo jugábamos contra el Athletic. Jugábamos todos porque la grada de Mestalla también jugaba los partidos en aquella época. Cada uno desde su estilo. Los abuelos críticos de tribuna, los niños entregados de la grada, la columna vertebral de los sectores altos y bajos.

Por aquel entonces las gentes que habitábamos la general de pie éramos la worker class de un equipo de media tabla. La grada General de Pie te permitía una cierta libertad de elección. Las alambradas que la rodeaban te recordaban tu estatus pero dentro de esa grada General de Pie eras libre de ser un pobre del fútbol donde tú quisieras. Después se convertiría en una elección, pero entonces estar de pie en una u otra parte era tu decisión. No sé si mi madre sabía que su hijo de 16 años se ponía a veces con los Yomus. Mi pañuelo de los Yomus siempre estaba en un doble fondo de un cajón de casa. Visto desde la perspectiva adulta puede que siempre lo supiera pero guardaba ese gran secreto con un niño que apenas se atrevía ni pedía nada fuera de lo común.

Al debut de Rabah Madjer acudí a General de Pie en la zona Yomus. Quizá otro día podamos divagar sobre lo que era ser Yomus en aquella época. El debut de Rabah era el acontecimiento del año en un club con pocas cosas que celebrar. Allí no se veía bien el fútbol pero se olía, se tocaba y se escuchaba mucho mejor. Cogí el mejor lugar que pude. Cerca de la valla de abajo era peligroso por las avalanchas. Lo mejor era ponerte debajo de una de las vallas intermedias. Eso te protegía un poco. No mucho. Pero algo.

El calentamiento del Valencia fue invisible. Todo mirábamos cada gesto que hacía Madjer. Cada malabarismo. Nuestra religión por fin encontraba un profeta. Ya teníamos nuestro macho alfa. Algo de lo que presumir. Algo de lo que hablar con los soberbios aficionados del Madrid o los condescendientes culés.

Mirar al argelino era soñar con un Valencia mejor. Con la perspectiva de la historia no deja de ser injusto que todos miráramos a la estrella prestada y nos olvidáramos del cielo de jugadores de casa que teníamos por el pasillo. Pero la memoria es justa y recuerda lo importante con más certeza que lo urgente. De Madjer apenas recuerdo un caño para salir de un atolladero en un corner. Y apenas recuerdo la avalancha del gol en el minuto quince. Una avalancha de gente conducida por una pasión. Un sentiment. 

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