Sector 27 / Ya no se hacen traidores como Pedja

Los medios de comunicación se afanan en encontrar inquisidores por Valencia para obtener una declaración contra Paco Alcácer. La narrativa del periodismo deportivo moderno se inspira en la ficción de una nostalgia apagada de cuando las cosas pasaban de verdad. Ahora todo es una especie de videojuego inanimado, una realidad virtual de cotizaciones futbolísticas, una colección de cromos inacabable que cada año cambia por completo.




Quieren hacernos creer que Paco es un traidor. Un traidor al que se le murió el padre en Mestalla. Un traidor que respira césped de Mestalla. Un traidor que lleva tatuado el escudo con la aguja de la ilusión de un niño en los campos de Paterna.

Paco se ha hecho mayor y ha visto cómo es el fútbol moderno. Paco sabe que el Valencia es la Pasarela Cibeles de un diseñador de jugadores. Paco sabe que el "Paco no está en venta" no sale del corazón sino que es una pose negociadora. Paco no puede ser el palo mayor de un barco donde todo está en venta. El Valencia simplemente es el Cash Converters de España. Paco sabe que en una liga con nombre de banco el único lenguaje es el dinero. En un fútbol sin raices cualquier árbol se cae. En un fútbol donde la gloria se restringe al oligopolio empresarial saltar es la única opción de ponerte en valor.

La épica del fútbol no se hace con efectos especiales. Los verdaderos traidores fueron repudiados sobre un campo de sentimientos fértiles y reales. Nuestro gran traidor siempre será Pedja.
Por aquel entonces el Valencia todavía no era una ETT para futuras estrellas. Aquel Valencia se alimentaba de una base de casa "low cost". Puro ingenio valenciano producto de una escuela montada en la era Tuzón que se limitaba a la captación del talento natural. Así es como somos los valencianos. Era la escuela del "pensat i fet". Para el Valencia de aquella época encontrar un crack suponía un esfuerzo de ingenio, una tortura previa de ensayo y error. Pedja era nuestro hallazgo, nuestro descubrimiento, nuestro tesoro. El Valencia necesitaba un estandarte, un preocupador previo a los partidos, alguien a quien darle el balón cuando nadie sabe qué hacer, un rompedor de ritmos.

La grada de Mestalla se hartaba de ver fichajes de ligas emergentes, el brasileño soñado, el hombre que vino del Este, los eternos argentinos. Pruebas no contrastadas, experimentos de mucho ensayo y mucho error. Sin embargo, Pedja había salido bien. Era nuestro éxito. Pero Pedja era frío. Serbia siempre quiso ser imperial y Pedja era serbio. La grandeza corría por sus venas y el Valencia fue esa primera novia que tuviste antes de hacerte famoso. Y así nos sentíamos, humillados, abandonados, después de habérselo dado todo, nuestro amor, nuestra admiración, nuestro aplauso y nuestro dinero.

Pedja decidió pagar la cláusula. No se fue traspasado por un club que hace cálculos constantes de pérdidas y ganancias. Paco es un activo movilizado material. Pedja era un símbolo. El símbolo de la lucha por encontrar el mapa del tesoro, el boleto de lotería premiado de tanto trabajo de Pasieguito. Pedja era un ladrón con un cómplice. El Madrid nos robaba el suministro de intranquilidad al rival, la esperanza de regate en corto. Debimos sospechar de un jugador que jugaba engominado. Su lugar natural no podía ser un estadio de "provincias". Tenía que acabar en un club engominado, un club pirata que esperaba a ver crecer las flores para cortarlas. Ya lo había intentado con Lubo.

Puede que fuera ese apellido del este de Europa que siempre da un toque de espía de la Guerra Fría. Puede que fuera la sensación de que nunca nos quiso con pasión como nosotros a él. Puede que fuera un intangible de marca de club lo que nos hizo empezar a odiar al Real Madrid.

Lo cierto es que la marcha de Paco ya no resuena en las calles de Valencia como la de Pedja. Porque es difícil ser un traidor a algo que ya no existe. Es dificil ser un traidor a un fantasma. Un club zombie que se retuerce en su tumba de Mestalla. Lo cierto es que, aunque lo intenten, ya no se hacen traidores como Pedja.

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