¿Cuando derrapó Podemos?

El periodismo siempre será necesario. Las redes sociales cada vez dejan más claro que la gestión profesional de la información es un requisito indispensable de higiene democrática. La evolución del periodismo se está produciendo de muchas maneras. Existe un periodismo que navega en los nuevos océanos de datos para desvelar verdades que nos inundan de manera invisible. Existe un periodismo que vive del surfing de actualidad. Y existe un periodismo que se va forjando con más artesanía que industria que consiste en hilvanar hechos, evoluciones y cambios que la lupa del día a día no deja ver. 

El crecimiento de Podemos ha sido vertiginoso. Su velocidad de asimilación ha sido paralela,  de manera que damos como asentado a un partido que apenas tiene dos años. La velocidad de crecimiento, las expectativas depositadas y la adicción a la novedad hizo que fuera el periodismo de rabiosa actualidad el que se ocupara plenamente de él pero el otro periodismo ya hace su escarceos de análisis y detección de incoherencias.

El surgimiento de Podemos eclosiona en mitad de un aura de estrategia política. Un grupo de líderes encuentran una masa infrarepresentada y se suben a lomos de esa representatividad. No lo hacen de cualquier manera, lo hacen con una estrategia calculada. De inicio intentan representar los valores del 15M, estudian su composición y componen una balada pop que incluye los mejores estribillos. El movimiento 15M en su versión menos popular y más ideológica era un conjunto dispar y disperso de altermundismos de diferente calidad conjuntados con una especie de transversalidad revolucionaria de cambio sistémico. Podemos cocina ese plato y se sitúa en el ámbito de lo alternativo, incluso radical. Es un mundo en el que Iglesias se mueve con astucia y buena dialéctica (un magno compendio de videos de youtube lo muestran). 

En todo esto no hay que olvidar que Iglesias y Monedero han sido asesores (olvidando chavismos diversos) de Izquierda Unida con lo que cabe entender que el modelo político al que aspiran es una versión diferente de la coalición de izquierdas, una especie de actualización de sistema operativo para la izquierda donde se manejen otros vectores con más éxito como la centralidad y el interclasismo que parecían las obsesiones de Errejón. 

Esa primera versión del Podemos Beta se ve rápidamente refundada por la sopresa del éxito electoral de las europeas de 2014. La reconducción se hizo de una manera inteligente atenuando los vértices ideológicos más cortantes y rompiendo esquemas y marcos cognitivos en los que las etiquetas de los medios se sentían más cómodos. Iglesias decía aquello de no es igual hacer un programa para entrar que para gobernar. Esa técnica del despiste y bruma ideológica de la indefinición tenía caducidad. Por un lado, se fomentó el nacimiento del Podemos de derechas: Ciudadanos, que actuó de límite ideológico por la derecha. Por otro lado, las locales y autonómicas se abalanzaron sobre un partido adolescente (en crecimiento y maduración). 

La estrategia para afrontar las autonómicas y locales de nuevo se gestó desde la intelligentsia bajo una premisa básica: manchar la marca Podemos lo menos posible para llegar a unas generales como una marca blanca con nivel de rechazo bajo y nivel de adhesión alto, transversal e interclasista. Eran aquellos maravillosos años en los que Iglesias sonreía cuando le decían que un porcentaje de voto de Podemos bebía de ex votantes del Partido Popular. Eso era centralidad e interclasismo. El partido de la gente.
Para afrontar las municipales se traza una arquitectura de siglas y marcas instrumentales a modo de franquicia territorial que permite visualizar un cierto éxito en Barcelona y Madrid. La jerarquía de Madrid es experta en ciencia política y sabe que el arribismo es el mayor problema de un partido con demasiado crecimiento y pone aduanas a los turistas políticos. Las listas autonómicas sí que son de Podemos pero su actividad nacerá capada. Aún hoy, por ejemplo, Podemos no forma parte del gobierno de la Generalitat Valenciana, una cosa ciertamente inexplicable si no es desde el prisma de evitar el desgaste de la exposición a la crítica de gobierno. 

Toda esa estrategia está medida para manejar los niveles de rechazo desde la moderación de un mensaje tranquilizador (socialdemócrata) de "no somos el lobo" y los niveles de adhesión mediante los resortes emocionales clásicos de la épica izquierda (ilusión, futuro, vanguardia, cambio y entusiasmo). Todo el trayecto se hace difuminando el corpus ideológico, limitando la agenda temática a la agenda de la indignación, y gestionando la comunicación mediante la ruptura de agenda mediática con el terremoto de etiquetas políticas de Barrio Sésamo sobre "arriba y abajo". Hasta ahí se detectaba el laboratorio de ciencias políticas de la Complutense. 

Podemos y sus marcas satélites afrontan las generales ya con algunas hipotecas. Las principales son territoriales. Sus marcas locales son difusas y no están seguros de adherirlas a la ola del Podemos que habían previsto. Ese sucesor del PSOE, un partido socialdemócrata, reformista, unido, cohesionado y centralizado. Entonces se produce el derrape. 

Podemos derrapa hacia su origen. Iglesias y Errejón (Monedero ha desaparecido) saben el secreto de Maquiavelo. La política es básicamente la gestión del poder y el poder -textualmente- se asalta. El bunker de la Complutense sabe que uno de los defectos del ADN de la izquierda es la dispersión así que arman un engranaje de agregador de contenidos -muy de la era internet- que aún hoy perdura. Es una estrategia que consigue su objetivo: agregar contenidos. Suman pero lo hacen con cierto acento territorial. El perfil identitario -que estaba ausente en el Podemos inicial- aparece con cierta fuerza lo que sitúa a Podemos ya en el eje clásico español, es decir, territorial + ideológico. Además sus pactos postelectorales lo hacen todavía más deudor del eje clásico. Solamente pacta con partidos de izquierda lo que impide su indefinicion. Dejando aparte el desembarco mediático Podemos también ha ido haciendo que sus decisiones necesariamente lo sitúen en el tablero. 

El agregador funciona pero sin convertirse en sinérgico. Los votos caen en las urnas pero no son suficientes para seguir instalados en una cohesión basada en la propuesta y el futuro. Las costuras chirrían. Compromís se va dos veces al grupo mixto y los Podemos periféricos se agrupan en un grupo propio. Ya no se sabe si hay un Podemos o varios Podemos. La entrada de Izquierda Unida densa todavía más el eje clásico. 

Dicen que en política y en la vida hay un tiempo para rasgar y otro para tejer. El derrape funciona para rasgar; consigue resituar al resto de contendientes; consigue generar inquietud y desasosiego; consigue crear ilusión y entusiasmo. Las bases impulsoras de cualquier campaña funcionan, la arquitectura de naipes del patchwork político de la izquierda suma, incluso lo acaba haciendo con Izquierda Unida. Podemos hace que el resto ocupe su órbita grabitatoria. En eso puede que consistiera la centralidad. 

Sin embargo, el derrape no sirve para tejer después de cada contienda electoral. Cada nivel del castillo de naipes del agregador podemita depende de su nivel inferior. En otra época, no hace más de un año, Rivera e Iglesias podían entenderse como el eje del cambio. Hoy en día se excluyen e impiden la gestación de un gobierno tripartito Ciudadanos-Podemos-PSOE. 

Y la causa es el eje identitario, más que el eje ideológico. Un eje identitario que no es fundacional en Podemos. Las posiciciones identitarias postmaterialistas en España (nacionalismos-regionalismos-comunitarismos) son muy fuertes y limitan cualquier otro movimiento. Podemos ya no sabe sobre quien tiene ascendencia. En un viraje fuerte hacia el centro no sabe cuál sería su ejército. Su cohesión sigue estando en el "no". El intento de evitar que el PP de Rajoy siguiera en la jaula de la Moncloa. España busca un nuevo macho alfa pero Iglesias se encuentra con que no puede contar sus efectivos. La maniobrabilidad de Podemos se limita a mirar por el espejo de la izquierda y eso le hace abandonar la tan ansiada centralidad. Su posicionamiento de guiño identitario le hace sospechoso de fracturar España, como si España no estuviera ya fracturada. Eso configura a Podemos como partido tóxico para pactos. Un partido que mancha. 

El día que derrapó Podemos sentó las bases del actual bloqueo. Ahora se ve abocado a defender una ensalada de partidos, justo lo contrario de lo que siempre quiso cuando Iglesias dijo aquello de "hemos venido a ganar". Ahora la cuestión es ¿y qué pasa si no se gana? 

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