El Síndrome Lahuerta del fanatismo escéptico

Quien mejor ha retratado la penitencia del fanatismo escéptico deportivo ha sido Rafa Lahuerta en su libro La Balada del Bar Torino. Es un libro trenzado de tres hilos. Por un lado una autobiografía terapéutica limpia y pulcra, por el otro un monólogo interior de interrogantes existenciales, una especie de trivial de la maduración intelectual y personal, y finalmente una pasión desatada: el Valencia CF. 


Yo tengo el Síndrome Lahuerta. Me confieso de mi primer fanatismo: el Valencia. En mi modesta colaboración con el blog Últimes vesprades a Mestalla intenté describir lo que sentía un niño de catorce años al ver por primera vez las luces de Mestalla. Aquella luz blanca que iluminaba el cielo y que era una caja de exaltación, gritos, instintos y fe.

Quizá le dediqué demasiado tiempo al fútbol. No a jugarlo. Pero sí a mirarlo y admirarlo. Es una tendencia obsesiva que se desató así. Y seguramente me protegió de bosques más oscuros. Ojalá hubiera jugado más y mejor. Algunos de los momentos más felices que he vivido han sido dentro de un campo de fútbol. Si puedo describir la felicidad es como un balón elevado en el minuto noventa que peinas hacia atrás y el portero no consigue atajar. Y ganas el partido. Quizá eso sea la felicidad.

El Síndrome Lahuerta son unas arenas movedizas en las que cuanto más te mueves, más te hundes. Deambulas por Mestalla intentando fingir una nueva primera vez pero acabas refugiado en la soledad de una grada desde donde el fútbol se ve desde lejos y la ciudad se ve un poco más cerca.

Madurar es básicamente un proceso de decepción. Esto también forma parte del síndrome. Una decepción de una grandilocuencia que funcionó como refugio durante un tiempo. Una general de pie donde se fingía una ferocidad que casi nadie era capaz de sostener. El urbanismo del poble de Mestalla nos conducía a una épica de la salvación y el renacimiento. Para cuando llegaron los títulos ya sabíamos que no éramos imprescindibles. En la isla desierta había ya demasiada gente. Lo mejor de una secta minoritaria es su determinación y convicción, su esperanza en la existencia de una tierra prometida.

Crecimos en una causa perdida desde la raíces de la segunda división, donde cada nuevo fichaje era una apuesta de casino. Después vimos destellos de magia, vilipendiamos a nuestros gladiadores como en cualquier otro circo romano, soltamos lágrimas en la lluvia, y un día llegó el orgasmo de un doblete, el Olimpo de finales de Champions y la borrachera del ladrillo de un estadio que ha vivido demasiadas "últimes vesprades".

Invertimos demasiada ilusión demasiado pronto y quizá se nos gastó de tanto usarla. El exceso de ilusión conduce al idilio y lo idílico siempre decepciona. Leyendo a Rafa Lahuerta uno se da cuenta de que las causas son más bonitas que las personas que las defienden. Una mirada transversal de la ciudad y su equipo, sus amores y divorcios, sus radiografías y fotografías. Una mirada instrospectiva que sacude incoherencias y decisiones, los complejos que escondimos en el vestuario, las vidas alternativas que dejamos de vivir durante noventa minutos, las miradas al marcador de nuestras vidas para comprobar si íbamos bien y la banda sonora de nuestros descansos.

El síndrome Lahuerta es el que te conduce a meter el fútbol entre lineas, el que describe tu patria metida dentro del área defendiendo un resultado. El Síndrome Lahuerta todavía aplaude cuando dicen la recaudación en el descanso como el que contribuye a reparar un cataclismo. La épica del ave fénix, resurgir de las cenizas. No hay nada más valenciano. O quizá sí. La pólvora de la celebración de una alegría compartida por gente que ya no comparte casi nada. La presencia inexplicable de la pólvora prohibida.

El síndrome Lahuerta es que el une tu itinerario vital al calendario de liga. Es el mismo que todavía pone las banderas en el orden de la clasificación mientras esperas. Esperas. Siempre esperas. Miras a tu alrededor y ves un mundo dentro de otro mundo. Desordenado y caótico, con ritmos desacompasados de gente que compra la ilusión que tú vendiste hace años. Ahora buscas un destello, antes huías del miedo. Ahora cierras los ojos, antes no parpadeabas. Antes soñabas, ahora duermes. Porque aquello fue una hoguera en la que quemaste demasiados últimos minutos de descuento. Y sin embargo, algo te hipnotiza a meterte entre los túneles de ese mundo. Cavas túneles subterráneos con tal de estar en contacto con Mestalla. Cada vez que pasas con el coche miras de reojo lo que un día sentiste. Como una mujer admirada desde lejos, fuera de tu alcance, un amor de verano adolescente que pudo ser. Te gustaría volver a sentir una primera vez y detestas pensar que alguna será la última.

El Síndrome Lahuerta fue el origen del "sentiment". Un sufrimiento al borde de la histeria de una mezcla de frustración y esperanza mezcladas con poco hielo y una tónica demasiado amarga. Una generación obsesionada con la resurrección sociofutbolística de una tierra con demasiada luz y demasiado amor. Una generación que compró todas las acciones de "trellat" que pudo y poco a poco se dio cuenta de que Rafa tiene razón. Hay dos tipos de valencianistas: los que vienen a servir y los que vienen a servirse. Los primeros son humildes, pacientes y perseverantes, un poco criticones, pero leales hasta la muerte. Porque un hombre puede cambiar de todo excepto de pasión. Los segundos son los que escriben la historia reciente con letra de palco.

Gracias Rafa por contagiarme el Síndrome Lahuerta, por reecontrarme con mis decisiones, por inmiscuirte en mis sueños, por compartir mis pasiones. Enhorabuena por tu libro. 

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