Roberto, Rubert i Robert. Historia de un villano mal dibujado.

El periodismo deportivo dejó de gustarme cuando dejó de sorprenderme. Con la edad he entendido que los buscadores de sensaciones detectan las repeticiones con más facilidad que otras personas. Necesitan estímulos crecientes porque tienen demasiada memoria. Yo me cansé del periodismo deportivo en el momento que fui capaz de anticipar exactamente cada palabra tras un partido o un fichaje. Todo empezó a ser demasiado previsible. 


Una de las cosas más previsibles que el periodismo deportivo usa es la ficción narrativa de las etapas del héroe de Vogler. De alguna manera necesitan trazar todos sus matices: el mentor, el descenso a los infiernos, el retorno del héroe, la aceptación del reto, el traspaso del primer umbral. Últimamente se han empeñado en trazar el personaje del traidor para vender sus audiencias a las empresas de publicidad. La épica del traidor en el fútbol moderno es como intentar oler a cuero antiguo en el vestuario sabiendo que ya todas las pelotas son nuevas. Pero el circo del periodismo deportivo moderno lo intenta apoyado en la coartada de las redes sociales. Ahora le toca a Alcacer.

Escribía el otro día sobre el gran traidor valencianista (Pedja Mitjatovic) pero la lista de los "traidores" valencianistas tiene más nombres. Cada uno tiene sus matices, pero quizá uno de los más curiosos fue Roberto Fernández y su evolución hacia Rubert y luego Robert. No deja de ser una gran paradoja de la historia que sea Robert el que se lleve a Alcacer. De alguna manera está pidiendo a gritos que se recuerde su historia.

Roberto era la gran esperanza blanca -nunca mejor dicho- de un Valencia descendido y arruinado. La Batalla de València se azuzaba desde todas las trincheras. No estoy de acuerdo con Rafa Lahuerta sobre la neutralidad del Valencia como institución en aquella época. El club siempre ha sido un espejo de la comunidad que lo ampara. Y la masa enfurecida de esa época era una muy concreta, la indignación de la época viajaba en otra maleta. Otra cosa sería dirimir si el club fue víctima o instigador de la trama. Ahí le puedo dar la razón a Lahuerta. Se podría escribir una historia valenciana cosiendo la historia del Valencia con su contexto histórico.

Algo así pasaba con Roberto. Entonces todavía era Roberto. El descenso del Valencia dejó a una serie de directivos con la necesidad de cobrarse el dinero que habían puesto en el club. Era la gran dimisión de la burguesía valenciana de su club, una dimisión que volvería a aparecer en la conversión del club en sociedad anónima deportiva cuando las acciones no encontraban compradores de grandes paquetes.

Vendieron a Roberto para cobrar sus deudas. Entre ellos había insignes nombres del valencianismo futbolístico. Pero el Bunker Barraqueta tenía un relato mejor que se insertaba perfectamente en el robo de la paella y de las fallas por parte de los invasores "polacos". "Mos havien furtat a Roberto", de la misma manera que "mos havien furtat la paella i mos volien furtar les falles". Y su estrategia final era "no mos fareu catalans". Algunos de estos episodios todavían resuenan en las calles de la ciudad (estas últimas fallas sin ir más lejos).

Roberto se convirtió en un villano extraño. No se le podía culpar porque había sido traspasado. El proceso de victimización externa propio de cualquier colectivo que pretende cohesionar en el miedo necesitaba un villano mejor, más claro, más preciso, más diáfano.
El proceso autonómico era asimétrico y algunas autonomías tenían más sentido existencial que otras. Catalunya era de las que iba por delante y el Barça era una de sus señas de identidad. Se forjaba el villano perfecto. La soberbia e invasora Catalunya que acecha los tesoros de un indefenso Valencia C.F. vencido, hundido en el lodo de la segunda división, con un futuro incierto. Ese fue uno de los mejores marcos cognitivos que Lakoff hubiera podido detectar.

Nadie advirtió que un descenso a segunda era la mejor metáfora de una autonomía de segunda. La sede del mundial de Valencia para la selección española se hizo por algo. Los tanques del golpe de estado salieron en Valencia por algo. En Valencia se jugaba algo más que un partido. En Mestalla se jugaba también una partida política. El descenso a segunda fue un drama, un desastre deportivo y social, pero fue un alivio político para la afición de Mestalla. El Valencia ya no servía para "ofrenar glòries". La ciudad se escondió y aparecieron los pueblos y las comarcas. Quizá fue por eso que se tuvo que hacer cargo de la situación un industrial de la Vall d'Uixó, un castellonense solucionando al club de la capital: Arturo Tuzón.
Las cosas suceden como suceden y no pueden suceder de otra manera.

Tampoco nadie advirtió que realmente supimos que Roberto hablaba en valenciano cuando empezamos a ver TV3 de manera pirata. Entonces nos enteramos de que Roberto era en realidad Rubert. Con esa "o" cerrada que imperializa el catalán oriental escondiendo la mitad de su dialéctica. La "o" del final también caía como una venda frente a nuestros ojos. Era dificil que Roberto fuera un villano. Disfrazado de Rubert quizá.

Pero ya no hacen traidores como Pedja. Robert volvió pocos años después al Valencia recuperando solamente una "o". Entonces ya volvió como Robert con esa "o" de potencia valenciana. El centrocampista con remate que usaron para cobrar sus deudas. Un mal villano, que nunca lo fue. Para entonces "el colp de cap de Rubert" ya lo había hecho famoso Joaquim Maria Puyal. Fue esa relación de amor odio que nos hizo aprender el primer vocabulario en català sobre fútbol que después se desarrollaría con "el baló fa un ciri" de Miquel Àngel Picornell.

Son las dos versiones de un mismo relato Rubert i Robert. Roberto quedó en los libros de contabilidad de un club que tuvo una pesadilla de un año de la que despertó gracias a un "sentiment".
El mismo que hoy prostituyen.

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