¿Quién protege a una montaña?

La cuestión de la renovación de la  autorización a la multinacional Lafarge para seguir extrayendo su materia prima en la montaña de Romeu es uno de los mejores tableros de ajedrez donde poder observar la partida del final de una era y el inicio de otra. Un mundo que se acaba y otro que empieza.



La actividad de la multinacional Lafarge es la mejor metáfora de actividad extractivista pura. Extrae su materia prima del corazón de un bien común: una montaña. La montaña es la mejor metáfora de la naturaleza como bien atacado por la voracidad humana. El cemento es el símbolo de la invasión de espacios naturales conquistados y enterrado bajo el hormigón y el asfalto.

Además Lafarge simboliza como nadie la mentalidad de mendicidad laboral del histórico núcleo industrial del Puerto frente a un medio ambiente que siempre salió perdiendo y que además está geográficamente en el núcleo de enfrente. Una vez más se pretende polarizar y someter un tema al carbono 14 de la segregación por motivos casi étnicos basados en un especie de ADN industrial que tiene que soportar todo tipo de costes de salud y ambientales. El segregacionismo continua intentando envenenar la convivencia en sus últimos coletazos de carencia de sentido existencial desde que la ley prácticamente prohibe las segregaciones municipales.

Todavía hay más símbolos y vectores en este tema del que apenas vemos manchas que no nos dejan ver el fondo del charco. El sindicalismo parece atrapado y secuestrado por la necesidad ontológica de sentirse parte de la empresa. El sindicalismo tiene que convivir necesariamente con la tensión entre medio ambiente y empleo. Y la fijación del perímetro no es fácil de trazar pero se entiende fácilmente cuando se habla de centrales nucleares. También las centrales nucleares creaban y crearían empleo pero hemos considerado que los intereses generales priman sobre esos hipotéticos empleos. El caso de Lafarge es nuclear y central, sin ser una central nuclear.

En el caso de Lafarge el movimiento de los trabajadores se mueve entre la necesidad de empatizar con las personas que sienten incertidumbre ante una posible pérdida del empleo y la timidez de saber que realmente la empresa parece tener tomada una decisión de declive técnico. La plantilla está desbocada por su preocupación y no deja las riendas de la racionalidad a quienes todavía podrían mantener la calma de una presión sindical saludable. La empresa parece usar al comité de empresa como rehén o escudo humanos en una táctica negociadora muy sucia que subasta la desesperación de las familias. Sin embargo, no parece haber indicios de racionalidad en esa conducta. Todo parece indicar que la actividad dará para 18 años más y dificilmente la media de edad de esa plantilla bajará de los cuarenta con lo que la jubilación parece prácticamente asegurada.
Convocar una manifestación por el empleo sin el logo de Lafarge es brindar al sol. Bosal se enorgullecía de su lucha. La posición sindical más sensata pasa por preparar la etapa final atando cabos. Lafarge languidecerá en un mundo que no puede incluir tanto cemento, por eso se sube a esa balsa para naufragos de incinerar de todo, porque su actividad principal se está agotando. Saber anticipar el cambio y buscar otro queso es una habilidad que no todos los ratones tienen. Muchos se quedan buscando el queso que les quitaron atrapados en una trampa tendida por Lafarge y que sus fotos de reputación social corporativa no han conseguido tapar.

Y finalmente el símbolo supremo del final del tardocapitalismo, la multinacional Lafarge que no quiere someterse al poder político. Las multinacionales se han convertido en las nuevas naciones soberanas por encima de los estados. Lafarge se siente retada por un pequeño ayuntamiento y ningunea la negociación con la guillotina de la imposición del miedo de cerrar la fábrica de Sagunto. Esa soberbia empresarial que impone y filtra informes de expertos comprados con dinero y contabilidades analíticas que hacen viable o inviable a gusto del directivo buitre una determinada franquicia territorial. Lafarge envenena la negociación con datos de parte y en el mundo de la postverdad cualquier cosa puede parecerlo. Se esconde detrás de los trabajadores para no dar la cara, se ausenta de las mesas de negociación. Juega sucio. Tan sucios como nos deja los coches, las ropas y los pulmones a las miles de personas que hemos vivido a su vera. No hay más que colgar una sábana blanca en la ventana y recogerla días después. No hay más que pasar un dedo por el coche.

Lafarge ya no cuadra en un modelo de ciudad que hemos trazado entre todos incluso con vaivenes políticos y que cristaliza en el momento actual con tres pilares: Parc Sagunt como plataforma logística, la declaración de Patrimonio de la Humanidad como eje turístico y la conversión a la plena sociedad de servicios de las zonas comerciales intermedias que fusionaran lo que no fusionó la política. En ese puzle la pieza de Lafarge carece de sentido y la empresa lo sabe. Todos los sabemos. Parece estar buscando una coartada para cometer sus habituales crímenes laborales. Parece querer buscar un motivo para justificarse. Y utiliza a sus trabajadores en una partida de ajedrez con las cartas marcadas y demasiados ases en la manga.

La empresa sabe que el declive está cerca en esta zona del mundo. Por eso somete nuevas zonas de extracción en otros países. Se mueve como los piratas allá donde están los barcos que transportan su oro barato. La empresa y su soberbia negociadora dilata los plazos pero nadie parece querer gritarle en la cara su desfachatez. La desfachatez de querer que su ventaja comparativa la paguemos entre todos. La desfachatez de que nos traguemos su competitividad por los pulmones. Una fea causa, una causa antipática.

Si quieren un día calibrar la dimensión del problema pueden entrar en Google Earth y comparar el tamaño del agujero de Romeu con el tamaño de Canet, de Sagunto o del Puerto. Y se darán cuenta de la magnitud de la catátrofe. Si la montaña fuera arena junto al mar todos estaríamos defendiéndola, porque la arena se llama turismo, porque la arena es donde juegan nuestros hijos, porque la arena forma parte de nuestras vidas pero y una montñana ¿Quién protege a una montaña?

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