Ricardo Arias, el líbero

Hubo una época en la que el número de la camiseta tenía sentido. Aún hoy los números identifican posiciones. Un nueve sigue siendo un nueve aunque un seis se haya difuminado y el diez no siempre sea la estrella. Arias era un cuatro cuando el cuatro era el líbero. 


Antes de que la sofisticación inundará el fútbol moderno y el dinero pudriera las camisetas existía una posición extraña. El líbero era alguien libre de marca en un fútbol donde la marca era la clave de sol. El fútbol se retroalimenta con su realidad. Por eso el líbero nace en una época histórica donde la relevancia de lo defensivo era el paradigma dominante. Tras la Segunda Guerra Mundial el concepto de no ataque gana terreno como ritual de higiene mental. Los horrores de la guerra condujeron a un Estado de Bienestar basado en la solidaridad defensiva, en una red tejida para evitar el ataque de la avaricia individual y la locura colectiva. La Guerra Fría fue el festival de fuegos artificiales de esa época histórica y justo ahí surgen los grandes líberos como Beckenbauer. El líbero representaba un estado libre y potente que acudía en refugio de las deficiencias e incoherencias del resto del sistema. El líbero era libre para poder atacar superando la defensa. La metáfora de un sistema estatal intervencionista que emerge para soliviantar una economía en depresión. Keynes era el líbero de la economía.

Ricardo Arias fue el gran líbero del Valencia. Parecía tener una especie de pereza filosófica estatal ya fruto de los primeros ataques neoliberales. En realidad quizá pudiera considerarse más un postlíbero. Intervenía exclusivamente cuando era imprescindible. Tapaba a sus marcadores. Iba al cruce. Parecía leer el partido desde una atalaya lejana, ajena, fría y alta. Parecía un espectador más con permiso para bajar al campo y cortar un balón.

El líbero gozaba de la prerrogativa de la guillotina del fútbol. El último jugador. Sólo ante el peligro. La decisión era él, el balón o yo. Uno de los tres debe desaparecer de la ecuación.

Mestalla esperaba los cruces de Arias para aplaudir y respirar. Un sprint potente partiendo de una casilla de partida lenta. Un caminar cansino con unas piernas arqueadas de western americano. Y después vuelta a la calma. El murmullo surgía cuando Arias pasaba de medio campo. Entonces las luces de Mestalla se apagaban y un foco le enfocaba solamente a él. Era inusual, inédito, insólito. Pasaba tan pocas veces que todo Mestalla lo comentaba.

El líbero era un ávido lector de partidos. Leía el ritmo y a veces ponía poesía. Cuando todavía se podía ceder el balón al portero. Cruce, recuperación y pase. A veces leía el partido para enfriarlo y otras para calentarlo. Desde atrás se podía repartir juego o repartir estopa. El exceso forma parte del fútbol. Un partido se para o se acelera. Y el líbero era el director de esa orquesta.

Arias era un macarra del área. Un mísil defensivo que el Valencia exhibía en su particular guerra fría. Cuando el Valencia era "bronco". Cuando el Valencia sabía que su arquitectura estaba hecha de obreros del fútbol. Cuando lo colectivo superaba lo individual. Cuando el lego del Valencia era de piezas grises. Cuando los futbolistas tenían barba o parecían sacados de Woodstock y no de Marvel.

Ricardo Arias, el líbero que se asomaba a la linea del centro del campo como el que se asoma a un abismo y regresa a su zona de confort. El primo de Zumosol de los dos laterales. El guardaespaldas del equipo. El detective del área. El verdugo de los extremos. El hombre de la triste figura que luchó contra los molinos de una liga que todavía podía ganar casi cualquiera. El sheriff de un poblado del Oeste donde los más duros bebían whisky a palo seco. El hombre que jugaba al fútbol con traje y corbata. Ricardo Arias, el líbero. 

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