Tarantino en el Congreso. Del me la bufa al pollo.

Una de las batallas que empieza a librar la izquierda es la batalla del lenguaje. Pensamos a través de las palabras que nos remiten a imágenes. Los determinantes condicionan el significado y por tanto las emociones asociadas. La izquierda, en sentido amplio, libra dos batallas del lenguaje. La primera batalla respecto a determinantes de positivización. Buenos ejemplos de esa lucha de optimización de los determinantes son tanto la evolución subnormal-disminuido-discapacitado-diversidad intelectual como las luchas de género en el lenguaje violencia doméstica-violencia de género, feminización inclusiva de las profesiones etc.

Sin embargo, hace poco ha comenzado otra lucha que la base social de la izquierda va a tener que afrontar con menos tibieza y más valentía. Se trata de la lucha con los determinantes negativos, es decir, aquellos que están estigmatizados por la tradición-costumbre como "tacos" o expresiones de mal gusto.

Desde el punto de vista personal, esta es una discusión que he tenido con mi padre muchas veces, los tacos son palabras, sirven en el contexto y el tono adecuados. Expresan una emoción determinada superior e inferior a otras. Sirven para eso, joder.

El primer eslabón de esa cadena fue pasar de los circunloquios a la linea directa. De "usted está faltando a la verdad" a "usted es un mentiroso". El segundo lo estamos abordando ahora. En pocas semanas han aparecido tres expresiones diferentes de tres políticos diferentes que nos conducen a meternos en el fango de la batalla por el lenguaje de los determinantes negativos. La primera fue el "me la bufa" de Pablo Iglesias, la segunda fue el "nos vemos en el infierno" de Gabriel Rufián y la tercera ha sido "montar el pollo" que viene secundada por Mónica Oltra y Compromís.

Inmediatamente la maquinaria conservadora se ha puesto en marcha para estirar el hilo de la educación de padre estricto de Lakoff que cuarenta años de fascismo en España han dejado como huella educativa en millones de personas. El planteamiento es si en el Congreso se tiene que hablar el lenguaje de la calle o no. Si el Congreso es un espacio libre de palabras malsonantes o no y quién determina lo que es malsonante. Se trata de decidir la entrada de Tarantino en el Congreso y en el debate político.

La izquierda debe ser valiente. Cada expresión se corresponde con un nivel de alerta. Y la definición de la categoría definida por el uso de un vocablo debe ser proporcional y adecuada pero sin complejos. Lejos queda aquella época en la que la izquierda carecía de formación y debía comprar el lenguaje finolis para expresarse y demostrar su proceso formativo. Ahora la izquierda está plagada de grados, licenciaturas, doctorados, másteres... Se trata de gente que sabe exactamente qué quiere precisar con cada expresión. Se trata de de usar el determinante adecuado. Ha llegado un momento en el que la actitud de Rajoy no es "indolente". Eso fue al principio. Ni pasiva. Ni paciente. Ni prudente. Ha llegado un momento en el que la expresión adecuada para Rajoy es que se la bufa todo (sin comillas). Ha llegado un momento en el que no se debe hablar de "falta de ejemplaridad" ni de "mala praxis política". Eso era al principio cuando no sabíamos lo que sabemos. Ahora es el momento de decirle a alguien que nos veremos en el infierno. Y finalmente, ha llegado un momento donde los valencianos no "hemos de ser más reivindicativos" o "nos tenemos que poner tots a una veu". Aquí lo que hay que hacer es montar un pollo porque esto es un puto cachondeo, se nos mearan en la cara un día.

En las películas de Tarantino tanto el uso del lenguaje como la violencia explícita están al servicio de un hilo argumental: la brutalidad de un tipo de sociedad. Es curioso que la misma gente que reclama "más educación" o ser más finolis sea tan poco exigente con los robos, los corruptores, los corruptos, la gentuza. Tienen la piel muy fina para unas cosas y la cara muy dura para otras. Robar con estilo parece aceptable, hablar sin estilo resulta inaceptable. ¡No te jode!.

Y eso es exactamente lo que hay que hacer, decirles en su puta cara las cosas. La calle debe entrar en el Congreso. Y sus expresiones, sus rastas, su forma de vestir debe invadirlo todo. Nunca más un congreso de etiqueta. El principio de la segregación política y el olvido de los representados es el uniforme y el diccionario. Hay que llevar a Tarantino al Congreso y si no les gusta: que se jodan.

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